lunes, 6 de junio de 2016

HIJOS A PERPETUIDAD

Mucho sufrimiento debe encerrar un destete, cuando hay madres que se resisten tanto, así el bebé ronde ya los cuarenta. Hijos que sin haber llegado a adultos, ya lucen canas y permanecen niños.

Este es el caso de Rosaura.

Rosaura era la hija mediana de una familia acomodada. Disfrutó de los privilegios de una buena vida, si se entiende como tal, vivir a gastos pagados sin reparar en ello.

La madre, una mujer de armas tomar, ejercía el control supremo en la familia. Se le reconocía ese poder obedeciendo a sus demandas sin ninguna resistencia. Así pasaron los años y así creció Rosaura, atendiendo a cada petición de su madre, con obstinada diligencia. La madre, una buena central de operaciones, coordinaba la vida de sus hijas con absoluta dedicación.

Las hijas asumían su papel con aparente entusiasmo, incluso podría decirse que hasta con incuestionable aceptación.

Rosaura aprendió a ceder el poder de su vida a su querida madre, que le ahorraría el tedioso esfuerzo de tener que hacerlo ella misma. Tomar decisiones sobre qué estudiar, dónde veranear, o incluso cómo disponer de los fines de semana era un trabajo que delegaría en su madre. Y ésta, en su infinita bondad por facilitar la vida a la familia, disponía de la entera organización de las agendas de todos sus miembros.

La cosa empezó a torcerse cuando “la niña” se casó, y eso que el muchacho había pasado todos los filtros de la aprobación materna. Parecía un buen chico pero pronto se descubrió la verdad. El recíén llegado venía de un mundo tan extraño como hostil, en el que los padres respetaban el crecimiento natural de sus hijos, permitiendo e incluso alentando, su propia autonomía. Algo así como educar en libertad. ¡Habráse visto semejante dejación de responsabilidad materna! Refunfuñaba la buena de la suegra.

Los encontronazos fueron en aumento al llegar el primer bebé, porque no era el hijo de sus padres, sino el nieto de su abuela. Quede clara la diferencia...

Marcelo, el marido de Rosaura, batallaba en solitario, su derecho a ser marido y padre. Su esposa, más hija que madre o pareja, se dejaba arrullar por los mimos de mamá, mientras apartaba a codazos al incordio del marido, empeñado en reclamar su sitio. Imposible ir a la par en un matrimonio de tres.. Los triángulos, como el de las Bermudas, son peligrosos. Algo se pierde en ellos.

Cuánto más reclamaba Marcelo, más se oponía Rosaura. Y así se enredaron en un baile de malos pasos. Él resentido con la suegra. Ella defensora de su madre. Y la madre-suegra sin entender cómo tan dulce parejita acabó así...

“Con lo bien que se les veía”, decía atónita.











martes, 12 de abril de 2016

EXIGENCIA PARADÓJICA (pidiendo imposibles)

Hacemos cosas extrañas, en serio. Me fascina nuestra capacidad para el absurdo. Estamos entrenados en eso, y lo curioso es que no tenemos conciencia alguna.

A menudo acuden a terapia padres indignados con sus hijos, o parejas desesperadas, cuya queja suele ser: “Yo quiero que Fulanito haga X, pero además quiero QUE SALGA DE ÉL

Y los más soñadores añaden: “Y que lo haga con alegría, porque le apetezca, no porque se lo pido yo”

¿No es extraordinario? Analicemos el absurdo “que salga de él”

En el momento en que EXIGIMOS algo, ya estamos impidiendo su ESPONTANEIDAD. Por tanto, “que salga de él” es una petición de imposible ejecución.

Es una paradoja. Un absurdo. Una trampa.

Si pretendemos que el otro haga de forma voluntaria y espontánea lo que NO hace de forma voluntaria y espontánea, ¿no estamos pidiendo un imposible y castigando su incumplimiento?

Entonces el resultado no puede ser otro que la impotencia por parte del exigido, que no podrá cumplir la exigencia y la frustración por parte del exigente, que se sentirá “desoído”..Un cul-de-sac, vamos. Persistir en esta dirección es invertir en desazón y resentimiento. Es perderse en pretensiones.

Veamos este lío más de cerca:

¿Te nace a ti lo que no te nace?

Es decir, no nos contentamos con que el otro, atendiendo a nuestra petición y con demostrado esfuerzo, haga aquello que no le place (o no le nace), sino que ¿exigimos que le “nazca”? ¿No es de locos esa exigencia?

Quizás lo que “el demandante”en realidad esté queriendo expresar, probablemente sin siquiera ser consciente de ello, sea algo así:

Querido Fulanito, quiero que hagas X (algún imperativo intransigente) sin que yo tenga que pedírtelo, porque no soporto sentirme mal (culpable) por forzarte a hacer algo que sé que no te apetece (o simplemente tu naturaleza no te permite hacer), pero que sin embargo, insisto en que hagas.

De modo que deseo me liberes de esa desagradable sensación y la única manera posible es que me complazcas cumpliendo mi fantasía, y lo hagas no sólo sin rechistar, sino además sintiendo de corazón el fervoroso deseo de hacerlo. Pero recuerda: nada de esfuerzos. Necesito ver que sale de ti de forma natural, con una innata disposición, sino no me sirve.

Y desde luego, espero que puedas reconocer el sufrimiento y sacrificio al que me sometes por tus reiteradas negativas a sentir y a hacer lo que yo te exijo.



Obviamente no hay mala fe detrás de este absurdo, sólo unas ganas infinitas de que las cosas (y las personas) sean como nos gustaría que fueran...pero la realidad es terca y muchas veces se resiste a nuestros deseos.



(la viñeta como no, de El Roto)

sábado, 19 de marzo de 2016

PROCRASTINAR EN PAREJA (llegando tarde)

Mario acudió a terapia con una demanda muy clara: “quiero cambiar algunas cosas en mi forma de ser porque sino la perderé”

No es extraño oír algo así en consulta. A menudo obedece a un “despertar tardío”.

Cuando la motivación para el cambio no proviene de uno mismo sino que es fruto de un ultimatum lanzado por la pareja, probablemente hace ya largo tiempo, entonces, el pronóstico suele ser poco halagüeño.

Sorprende como los adultos imitamos más de lo deseable el comportamiento infantil que hace años legitimó nuestra conducta. Es propio de los niños buscar excusas, simular estar enfermos para evitar ir al cole o posponer indefinidamente los deberes. Sin embargo, muchos adultos parecen no haber superado esta fase de evitación, que a día de hoy llamamos de un modo más sofisticado, procrastinación, que no es otra cosa que posponer una y otra vez las tareas o responsabilidades que solo a nosotros nos pertenecen.. Buscamos formas extravagantes para justificar nuestra dejación, atribuyendo a factores externos nuestra imposibilidad de hacer lo que tenemos que hacer. Excusas.

En la vida de pareja puede adoptarse un funcionamiento parecido: desoír las necesidades del otro, no tomar en serio sus deseos de que algo sea distinto, y no tomarnos el tiempo para hablarlo, discutirlo o negociarlo, es una forma de posponer los problemas. Ignorar las quejas o anhelos sólo implica falta de interés en el bienestar del otro, y por lo tanto, poco entusiasmo en vivir una buena vida en pareja.

A menudo, después de un tiempo de vivir en el “mañana lo haré”, y ese día no llegar nunca, suele ocurrir lo predecible, que la pareja se cansa de esperar, y sospechando lo improbable del cambio deseado, se acaba alejando emocionalmente, poco a poco, casi sin darse cuenta. Y entonces, su pareja descubre que apuró demasiado, y correrá a hacer, no motivado por su propia necesidad de cambio sino forzado por el miedo a la ruptura.


El problema es que se llega tarde. Cuando él llegó, ella ya se había ido.

Y entonces sueles oírles decir: ¡Pero si AHORA estoy haciendo lo que me pedía!

Sí, pero AHORA es tu Mañana y para ella tu ayer...Demasiado tarde.






sábado, 27 de febrero de 2016

CONDUCTAS CONTRAFÓBICAS

Manuel era un chaval que rondaba los dieciséis. Llegó a consulta después de mucho pensarlo. Había considerado infinidad de veces la posibilidad de visitar a un psicólogo pero los miedos le echaban atrás en último momento. Después de muchos intentos se atrevió a atreverse. Y digo esto porque el valor que hay que reunir para sentarse frente a un desconocido, sabiendo que esa cita no será una alegre charla de café, requiere mucho atrevimiento y más valor.

Llegó unos minutos antes de la hora y parecía inquieto. Su aspecto me chirriaba pero aún no sabía porqué. Me saludó de forma amable aunque nerviosa y entendí que su incomodidad era natural en un contexto así.

Atrajo mi atención sus intentos, más torpes que graciosos, para mostrarse simpático, porque contrastaban con una naturaleza más bien seria. Y entonces entendí: deseamos ser quiénes no somos, ni seremos. Ese es el drama.

Manuel acudió a terapia porque “quería cambiar”. Se describía como un chico serio en exceso, más bien introvertido, con pocos amigos, y anhelaba convertirse en alguien hablador, extrovertido, simpático y ocurrente, “un tipo divertido, vaya, de esos que gustan a todos,” según me dijo.

Sin ahondar más en el caso, cualquiera podía intuir que su objetivo no era realista. No se puede ir contra natura (ni falta que hace). Una persona introvertida, tímida en exceso, con dificultad para relacionarse y escasas habilidades sociales, probablemente nunca se convertirá en el rey de la fiesta, pero repito, ni-falta-que-hace. Ése fue nuestro trabajo en terapia.

Aceptar, que no resignarse, a ser quien se es, mejorando aquellos aspectos mejorables, es el mayor cambio terapéutico que se pueda soñar. Un auténtico desafío.

¿Dónde aprendió Manuel a desear ser otro? ¿Quiénes le animaron a rechazarse? ¿Qué admiraba de su ideal? ¿Era, de verdad, un deseo suyo, o bien lo tomó prestado de alguien? ¿De dónde sacó que los reyes de la fiesta “gustan a todos”?

Como suele ocurrir en estos casos, el problema de Manuel no era su timidez o seriedad, sino lo que él hacía con ella. Las acciones que llevaba a cabo para ocultarlas eran precisamente las que provocaban el alejamiento de los otros chicos, cuando no su rechazo. Las soluciones que intentó se convirtieron en el problema.

Manuel entendió mal “el cambio”, porque “hacer algo diferente” no significa “hacer todo lo contrario”.

En sus ganas por ser aceptado y reconocido por los demás chavales, Manuel se dirigía a ellos con actitud altiva, incluso fanfarrona. Buscaba cualquier oportunidad, aunque no se diera, para insertar un chiste o comentario jocoso, que no provocaba las risas esperadas, sino más bien, burlas y rechazo.

Pretendiendo ser, mostraba claramente lo que no era. No hay nada peor que impostar si uno no nació actor...Porque, sencillamente, chirría.






miércoles, 9 de diciembre de 2015

10 PASOS PARA LA IMBECILIDAD


¿Soy un buen candidato a imbécil...o ya ejerzo?


  1. Centra tu atención en aquellos consejos que se resuman en 10 pasos.
  2. Búscate un gurú (aunque no te lleve allí donde quieres ir, quizás te lleve al huerto...)
  3. Exige al mundo lo que tú no eres capaz de dar.
  4. Olvídate de las pequeñas cosas de la vida, las grandes lucen más.
  5. Empodérate aunque sólo sea gritando. La fortaleza debe ser eso.
  6. Opina de todo aunque no sepas de nada. Lo importante es decir lo que se piensa...y no pensar lo que se dice.
  7. Borra de tu vocabulario el “gracias o por favor”, te hará parecer que los demás te deben pleitesía.
  8. Hazte abanderado de cualquier cosa, creerás que eres alguien.
  9. Mírate al espejo y si no te gusta la imagen que te devuelve...¡apaga la luz!
  10. Si has llegado aquí, es que no has leído el primer punto...

Y si después de cumplir con estos sencillos pasos vuestro pecho no revienta de orgullo, no cejéis en el intento, seguid practicando, que el imbécil se está forjando...

(extraído de la obra “El elogio del imbécil, ese personaje que nunca soy yo”)




lunes, 19 de octubre de 2015

AUTOINCULPACIÓN MANIPULADORA

El marido de su esposa, que resultó ser él mismo, descubrió que lo era cuando ella se lo dijo.

Antes de eso, y según me contaron, creyó ser el hijo de su mujer, para desconcierto de su señora, que en realidad no era su madre sino su esposa.

Un lío, vaya.

Roberto parecía un hombre cualquiera, un tipo razonablemente normal. Sin embargo, cuando intuía que se avecinaba viento del Norte (y con él su mujer), entonces, ocurría algo extraordinario: Como en el cuento de Alicia, nuestro protagonista se encogía más y más hasta casi desaparecer. Ante semejante prodigio, la mujer, que minutos antes se diponía a discutir con cierta vehemencia, se quedaba muda y sin argumentos “discutibles”.

Su marido se la había vuelto a jugar haciendo aquello que se le daba bien, adelantarse estratégicamente y arremeter con el arma más poderosa en la batalla marital: La autoinculpación. Una treta mucho más potente que la rendición, porque le añade el dramatismo de quien se ataca y hiere a sí mismo, obligando al otro a calmarlo y protegerlo.

La escena, a lo bestia y resumiendo, podría ser ésta:

- ¡Ay, ay, ay, ay!
-  Ea, ea, ea, ea...

Nunca infravaloréis a vuestro oponente (si es que entráis en guerra), y mucho menos si éste se proclama claro vencedor entonando el “mea culpa”. Os desarmará con su aparente derrota antes de que la trifulca se inicie, porque en realidad su debilidad es su fuerza. Si sois compasivos caeréis en la trampa y no sólo callaréis aquello que necesitabais decir, sino que además os sentiréis culpables siquiera por haberlo pensado.

¿No merece este giro acrobático una auténtica ovación?

Y si además, vuestra pareja de baile es hábil en el arte de la indefensión, seréis vosotros quienes acabaréis defendiéndolo a capa y espada y disculpándoos por vuestro “mal hacer”.

Touché.

Un buen movimiento para un mal resultado, porque evitar discutir no resuelve, oculta.

Con el tiempo y mucho sufrimiento, la mujer descubrió la Táctica Infantil del Desertor y dejó de alimentarla. Por consiguiente, el niño no creció (¿o sí?) y su marido regresó a casa.


Y colorín colorado...éste es el cuento que te he contado.





lunes, 7 de septiembre de 2015

DRAMÁTICAMENTE CÓMICO

Es curioso, puede que nos pasemos la vida acumulando años y soplando velas y no por ello crezcamos. Hacerse viejo no es sinónimo de madurez. Corren por ahí niños atrapados en cuerpos ya vividos y adolescentes desafiando a las arrugas y a los michelines. Es un espectáculo tragicómico, ¿no? A mí me lo parece. ¿ESTAR donde uno no ES dónde te sitúa?

No estoy hablando de espíritus jóvenes encerrados en cuerpos burlados por el paso del tiempo, sino en adultos que no lo son porque crecer les queda grande.

Observo con pasmosa inquietud escenas que antes veía con cierta gracia. Quizás esté envejeciendo mientras el mundo rejuvenece...Las nuevas tecnologías empujan sin miramientos hacia una forma de relacionarnos extremadamente pueril. En mi opinión, claro.

No voy a negar las excelencias de la era digital, sólo señalar sus obscenas a la vez que divertidas formas de enredarnos en un mundo disparatado por lo infantil y bobo.

Cuando oigo a personas de cierta edad relatar con absoluta seriedad su drama mayúsculo por haber sido expulsadas de algún grupo de WhatsApp, me pregunto si mi respuesta ha de ser igual de solemne.
Podría ponerme seria y justificar esa reacción infantil y desproporcionada normalizándola, acusando al miedo natural que nos suscita la mirada escrutadora de los otros, la lógica sensación punzante del rechazo (¿o de la soberbia?) al saberse expulsado, y la rabia justificada al constatar la complicidad pasiva de los llamados “amigos”. Podría decir todo eso para tranquilizar, sí, pero no sería sensato ni terapéutico, ni sano. A pesar de que es rematadamente cierto.

Como también lo es vivir un drama donde se actúa una comedia y no darse cuenta.
A menudo somos más víctimas de nosotros mismos que de nuestras circunstancias.Y si no somos capaces de verlo, lloraremos en lugar de reír.

Por más miles de años que el ser humano sople velas, hay algo que no cambia aunque se esfuerce: Queremos pertenecer al grupo a la vez que nos encanta ser individuos únicos. Un amargo equilibrio que no se endulza con el paso de los milenios. Mira tú por donde, mucha tecnología de última generación y seguimos buscando lo mismo que nuestros ancestros los monos.

No llevamos bien que nos expulsen del paraíso, y eso enciende las más apasionadas de las reacciones. Los dramas cósmicos empequeñecen al lado de una inmisericorde expulsión.

Y nos las tomamos tan en serio que pedimos a gritos que nos inunden de programas televisivos donde se “nomine a alguien”, ansiosos por sufrirlo o celebrarlo según la simpatía que nos suscite el desafortunado de turno.


Tiene gracia (o no)





sábado, 15 de agosto de 2015

¿SE PUEDE AYUDAR AL EGOÍSTA CON BUENAS INTENCIONES?

Justificaba sus malos modos. Angelina parecía tolerarlo aun con desgana. Verás, me decía, es que él no se da cuenta, no obra de mala fe. Y con ese argumento, que en realidad no lo era, acababa todas las discusiones con quien quisiera iniciarlas.

Deduje que algo no andaba bien...

Angelina rondaba los cuarenta cuando la vi por primera vez. Llegó a consulta con una demanda tan errada como inútil “Que mi familia y amigos dejen de ver a Jaime como una mala persona”

Jaime no estaba presente ni pretendía estarlo. Obviamente el problema lo tenían los otros, y entre los otros se contaba su mujer, Angelina.

La familia de ella, al parecer, estaba harta de soportar los malos modos de Jaime, traducidos en desplantes, malas caras, contestaciones irrespetuosas y una actitud altamente soberbia. Las comidas familiares hace tiempo que dejaron de serlo gracias a él. Jaime reventaba las celebraciones con cualquier excusa, asegurándose que sus malas caras y peor lengua dejaran claro su postura impertinente.

Angelina nadaba entre dos aguas esperando salir a flote pero se ahogaba. Sufría viendo actuar así a su marido, pero lo disculpaba con un nada convincente “es que él es así”.

Además ocurría algo curioso: mientras más se esforzaba ella en defenderlo, más los cabreaba.

Angelina explotó el día que le oyó decir a su padre que Jaime era una mala persona.

¡Mala persona! En la conciencia de cualquiera, mala persona es quien mata o roba...Pero también quien hace daño intencionadamente a otro...¿no?

“Pero Jaime no es mala persona...es que él es así, tiene un carácter fuerte y es testarudo, pero no se da cuenta...” éste era el pobre argumento de Angelina.

Pues claro que Jaime se daba cuenta de las consecuencias de sus actos, no era idiota. Pero supongo que en la mente de cualquiera, para tildar de “mala persona” a alguien se necesita atribuirle una buena dosis de maldad, pero...¿la intención de herir a alguien para salir uno victorioso, es propio de buenas personas? ¿Sacrificar el bienestar de los demás por puro placer egoísta, es propio de buenas personas? ¿Crear sufrimiento en tu pareja a cambio de alimentar tu ego, es propio de buenas personas?

Mirad alrededor de este tipo de personas y veréis cadáveres, aunque estos sólo sean emocionales.

Me pregunto si sólo los delitos de sangre son delitos y si el egoísmo no es el cimiento de la maldad...





viernes, 24 de julio de 2015

ALGO QUE DECIRTE

La acosaba día y noche. Poco a poco fue perdiendo la esperanza de sentirse a salvo. Presa del pánico se retiró de la vida recluyéndose en casa. Pensó que allí no la alcanzaría, que los cerrojos de la puerta evitarían que entrara, pero vendió su libertad a cambio de nada. El miedo impregnó cada estancia. Las paredes susurraban su nombre obligando al corazón a bombear con tal fuerza que temió no lo soportara. Sabía que llevaba tiempo acechándola, aunque tardó en reconocer su presencia. Buscó disculpar sus llamadas a medianoche, rehusó escucharla cuando ésta le suplicaba. La negó durante tanto tiempo que se negó a sí misma. Y ahora, allí se encontraban ambas, prisioneras inseparables como en dulce venganza.

-La vida se escapa-decía sollozando, mientras miraba furtivamente la libertad a través de la ventana.


-La vida te busca. No me rehuyas. Escúchame. Tengo algo que decirte, le decía sonriente su ansiedad, mientras se acercaba.  




sábado, 18 de julio de 2015

LA CURA DE YALOM

El 31 de julio se estrena la película documental sobre Irvin D. Yalom, un psiquiatra que revolucionó el abordaje terapéutico abriendo las posibilidades de tratamiento psicológico, al trabajo con grupos. Pero ésta, no es tanto una película sobre el personaje ilustre, sino sobre su persona.


Una visión en paralelo, donde su vida y profesión, nos muestra las luces y sombras de las que todos somos portadores. Hace un recorrido reflexivo pero valiente y emotivo, sobre los grandes enigmas de la vida, también vividos en su propia carne. Los miedos sentidos como amenaza, las huellas imborrables de unos padres poco nutricios, el empeño en superar sus deficiencias, que tal vez nos llevarán a reproducirlas, el anhelo por encontrar en la vida lo que no se sabe que se busca, los roles con los que nos comprometemos en la vida: ¿somos más pareja que padres? ¿Más padres que pareja? y un sin fin de planteamientos reflexivos no aptos para espectadores pasivos.

En definitiva, un paseo por su vida, que permite adentrarnos en la nuestra, evidenciando la grandiosidad y a la vez, la pequeñez de la diversidad humana. No somos tan distintos...”Bienvenidos al género humano”.





martes, 23 de junio de 2015

¿SE PUEDE PERDONAR UNA INFIDELIDAD?

Esta entrada es una colaboración del Centro de psicología López de Fez, de Valencia , a quiénes agradezco su generosidad por compartir su artículo (www.centropsicologialopezdefez.es)



Perdonar una infidelidad es algo que poca gente afirma que haría, puesto que la mayoría cree que es muy difícil olvidar el hecho de descubrir a su pareja con otra persona.

Sin embargo muchas personas se sorprenderían con lo relativo que resulta el perdonar una infidelidad, puesto que para hacerlo (o no) antes debemos tener en cuenta una serie de factores. La tendencia de la gente y la opinión social es que la culpa siempre es toda del infiel, mientras que se defiende a la víctima a toda costa, y sin embargo puede darse el caso en que la propia víctima sea tan responsable de la infidelidad como el propio infiel. Por supuesto, esto no quiere decir, en ningún caso, que la infidelidad esté justificada.

Hay que analizar la situación de pareja en la que se ha dado la infidelidad: si la pareja no es feliz o una de sus partes se aleja de la otra, le cambia el carácter, evita tener relaciones sexuales, etc. tal vez esté tentando involuntariamente a su pareja a acercarse a otra persona para buscar lo que no consigue con su propia pareja. En estos casos es importante que la parte engañada también analice qué cosas podría haber hecho distinto para evitar la infidelidad en cuestión.

Después de una infidelidad lo que se pierde es la credibilidad y la confianza. Eso crea la necesidad en la pareja de no solo recuperar la confianza, sino en de resultar creíble, puesto que cualquier mínima duda hará que el engañado desconfíe. La clave para intentar superar la infidelidad reside en pasar todo el tiempo que se pueda juntos y ser transparentes, para poder reforzar la intimidad y el cariño dentro de la propia pareja, aunque como muchos expertos apuntan, esto requiere grandes dosis de voluntad y esfuerzo por parte del engañado.

Por otro lado, algo que según la terapia de pareja se debe evitar a toda costa son los interrogatorios. La persona engañada puede sentirse infravalorada e incluso con ansias de venganza, pero si persona ha elegido libre y conscientemente perdonar a su pareja debe intentar no dejarse llevar por el sentimiento de rabia y no someter a la pareja a un interrogatorio intensivo acerca de la infidelidad, puesto que cuanto más sepa acerca de la infidelidad más daño se hará y le resultará mucho más complicado perdonar la infidelidad.



viernes, 12 de junio de 2015

JUGANDO A PERDER


  • ¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí? Preguntó Alicia.
  • Eso depende de a dónde quieras llegar- contestó el Gato.
  • A mí no me importa demasiado a dónde...explicó Alicia
  • En ese caso, da igual hacia a dónde vayas- interrumpió el Gato.
    (Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll)



Le había tocado la lotería. Por capricho del destino o designio del universo, quién sabe, un día cualquiera, un día no muy distinto a los varios miles de días anteriores a ése, la vida decidió que la suerte llevaría su número.

Cuando Alicia chequeó su boleto aquella mañana, no daba crédito. Imposible. Su deseo no podía hacerse realidad porque violaría las leyes de la probabilidad. Entre los millones de personas que habrían jugado ese día, ¿cómo era posible que le hubiera tocado a ella?

Los juegos de azar son bien curiosos: se apuesta para ganar pero si eso ocurre uno se repite “no puede ser” “debe haber un error” “es imposible”.

(El ser humano es misterioso...)

Después de revisar distintas páginas de prensa buscando el error, se dio por vencida, y no le quedó otra que reconocerse clara vencedora en la millonaria competición por el camino a la felicidad.

En ese instante se imaginó feliz y soñó. Se compraría una buena casa, con piscina, claro, porque es lo que todo el mundo desea ¿no? Y se compraría un cochazo, que aunque no le interesaban nada los vehículos, supuso le haría sentir bien. Y viajaría, aunque no sabía donde, porque nunca fue muy viajera. Y se iría a las mejores firmas de ropa y no repararía en gastos, a pesar de que gustaba de tejanos y aborrecía el mundo de la moda...

Su vida, por fin, cambiaría totalmente. Dejaría de vivir esa vida plana, aburrida, sin proyectos ilusionantes, ni motivaciones más allá de los pequeños placeres cotidianos, más arraigados en la costumbre que en el propio deleite.

Pero no fue así. Su vida gris no cambió de color. Sólo oscureció.

Se suponía que la felicidad había llamado a su puerta pero no la estaba sintiendo. ¿Cómo era posible?¡Por Dios, le había tocado la lotería! ¡Eso era más dinero del que jamás podría pulirse, ni ella ni sus generaciones venideras, si las hubiera! Podía tenerlo todo...Pero lo único que tenía era dinero. Apostar tu felicidad a un número, es arriesgar demasiado.

Así fue como la euforia de sus expectativas fue cayendo en picado con el paso de los meses.

Alicia no vivió nunca en el país de las maravillas, de modo que no supo ver la madriguera cuando la tuvo delante. Se quedó en la puerta, esperando que la diosa fortuna la rescatara de su prisión. Hizo lo que sabía hacer: esperar que alguien o algo llenara su vacío. Pero el vacío de cada cual, a cada cual pertenece. Y más tarde que temprano uno descubre su trampa.

Alicia esperó que la maravillaran en lugar de escoger ella cómo maravillarse. Cedió el poder de su bienestar y descubrió, que las jaulas, jaulas son, aunque de oro sean.

Probablemente, si Alicia hubiera escogido vivir una vida razonablemente buena, llenándola de personas, cosas y experiencias agradables, nutriéndose de ilusiones y proyectos más o menos motivantes, el día que hubiera tentado a la suerte en la lotería y ésta le hubiera respondido, quizás, entonces, ya llena de mucho, hubiera esperado menos de tanta fortuna, y quizás entonces, el dinero
se convertiría en una bendición. Parece bastante probable...¿no?

¿Nos la jugamos?



domingo, 31 de mayo de 2015

YO PENSABA QUE...

    No la entiendo. Se queja por todo y sin motivos. No sé que hacer...Cuando llego a casa después del trabajo y la veo con esa cara tan agria, me pregunto qué le habrá pasado, pero no me atrevo a decirle nada, no vaya a ser que se rebote conmigo y la liemos. De modo que no le digo ni mu, me callo, y aguardo a que la cosa se calme. Pero no le quito ojo, claro. La observo con sigilo, sin que se dé cuenta, esperando encontrar alguna señal que me indique que la tormenta ya pasó. No puede quejarse de mí, porque la dejo tranquila, para no molestarla. Es que ni la miro. Me siento en el sofá y enciendo la tele, como si no pasara nada, para que vea que respeto su tiempo para “desenfadarse”. A menudo la situación es incómoda, porque tengo que ponerle mucho empeño en no cruzarme la mirada con ella, no se vaya a creer que la estoy mirando mal, cuando yo lo que quiero saber es si ya se le ha pasado...


    No lo entiendo. No se puede hablar con él. No sé qué hacer...Cuando llega a casa después del trabajo, y me ve enfadada o triste, ni siquiera se molesta en querer saber qué me pasa, es que ni me pregunta. Se va directo al sofá y enciende la tele, como si no pasara nada. Me ignora, no le importa cómo estoy o qué me ha ocurrido. Es que ni me mira. Siento que ya no le importo y no quiero vivir así...


martes, 12 de mayo de 2015

SALVADOR, SÁLVATE DE TI MISMO

Parecía un triunfador y se esforzaba en parecerlo, aunque su actitud extremadamente cordial lo delataba. Salvador era un tipo amistoso, de aquellos que gusta gustar. Necesitado de reconocimiento y valoración, su empeño iba dirigido a ese fin.

Era un personaje gracioso, de esos que divierten en las fiestas y agrada de su compañía. Siempre dispuesto a contar la anécdota más fascinante, envuelta en un halo de absoluta credibilidad. Esas historias delirantes pero fantásticas, narradas en primera persona, captaban admiración.


Cualquiera que le prestara demasiada atención a su eterna sonrisa, pudiera pensar que la vida no le había ido nada mal: un hombre resuelto, al parecer exitoso, popular en su barrio, admirado...igual que su padre.

Sin embargo, una mirada más observadora se sorprendería de que alguien tan sociable gozara de tan pocos amigos, apenas un par, si somos generosos. Acercarnos a su historia nos llevaría a entenderlo:

Hijo orgulloso de un padre  triunfador, adicto a aquellos éxitos que llevaran consigo un reconocimiento público. Salvador creció señalado como "El hijo de", tal fue su suerte, que vivió sintiéndose en deuda perpetua con semejante carga. Una condena que aceptaría sin fianzas.

Siendo el hijo de alguien aprendió a vivir la vida de nadie.

Y es que quien vive bajo la sombra alargada de un padre brillante está condenado a brillar, aunque su luz sea robada.

Salvador invirtió toda una vida en parecerse a él, y el precio fue renunciar a su persona, tan poderosa es la lealtad al apellido que uno hereda. Construyó poco a poco, con más renuncia que destreza, una imagen suya de cartón piedra, un reflejo vacío que el espejo no le devolvería. Un doloroso fraude, más para sí mismo que para el mundo, porque quien pretende ser, no es y la propia naturaleza acaba por descubrir el engaño.

Y llegó el día en que se descubrió agazapado, ocultándose para no ser descubierto, y entonces entendió.

Entendió que el reverso de la cara es la cruz, y que el coste de una vida vacía por falsa es demasiado alto hasta para los farsantes. Y añoró el sabor de lo auténtico que nunca conoció. Y soñó con poder contarle a alguien sus miedos, sus mentiras..y se sintió solo y asustado.

Y se refugió en el alcohol. La alternativa requería honestidad y valor...








jueves, 9 de abril de 2015

¡DAME LA RAZÓN!

Aquella pareja pedía a gritos una reconciliación. Su batalla dialéctica era tan apasionada que levantaba miradas entre los allí presentes. ¿Cómo no hacerlo? Los comensales del pequeño restaurante parecíamos estar invitados a formar parte del espectáculo. Al fin y al cabo, si uno grita no puede esperar que no se le oiga, menos aún que se le ignore... A los pocos minutos, me atrevería a decir que los espectadores nos habíamos repartido posiciones, los unos amparando al santo varón, y los otros abrazando a la sufrida esposa. Se podía oír los murmullos en algunas mesas, que no tardaron en hacer de aquella escena, su tema de conversación. Al rato, la pasión al esgrimir argumentos de culpabilidad o inocencia se había extendido por las mesas como un virus...¡Fantástico! Una prueba evidente de que LA VERDAD no tiene dueño.

Desde mi cómoda distancia, me permití observar la escena con auténtico asombro. Juzgar es fácil.
Esforzarse en comprender requiere mucho músculo, materia gris en movimiento. Agotador...

Somos seres fascinantes. Auténticas máquinas al servicio de una lengua insaciable que no se detiene ni para tragar saliva. Hacedores de hipótesis disfrazadas de verdades ¡Pero con qué arte que las manejamos! ¡Qué vehemencia! ¡Qué autoridad! Somos grandes. Me rindo a nuestra capacidad...

¿Qué sabíamos nosotros de aquella pareja? ¿qué información manejábamos sobre su historia? Ninguna, pero eso no impidió que se les juzgara por lo aparente. Y para colmo, cada cual había interpretado lo ocurrido según sus ojos vieron y su cerebro procesó.

Lo gracioso del asunto es que los invitados al espectáculo reprodujimos el mismo patrón que los protagonistas de la escena, embriagados por la necesidad de ser reconocidos públicamente como “tenedores de la razón”. Y es que no nos basta con sentir que la tenemos, necesitamos que nos la reconozcan, y claro, el otro lo hará o no.

¿Y cómo se queda uno cuando le niegan “ese derecho”?

Al rato volví a interesarme por la pareja y los busqué con la mirada. Allí seguían, pero más en cuerpo que en alma. Y es que pelear, cansa. No hay empeño más estéril que forzar al otro a reconocer su error, más aún si el error es nuestro.

Se invierte energía que no resuelve nada, invitando a la impotencia a ser testigo silencioso de una estúpida batalla. Y la impotencia es muy potente, cuando se pone a trabajar arrasa e invita a su vez a la desesperanza. Un círculo perfecto, de pronóstico predecible.


Tener o no tener razón, ¿de verdad es ésa la cuestión?