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domingo, 4 de noviembre de 2018

PERO EN EL FONDO ME QUIERE...


Tenía el aspecto de alguien culpable. No tanto porque lo fuera, sino porque lo parecía. Ese es el enorme poder de la actitud que uno asume.

Inés acudió a terapia porque decía no saber cómo complacer a su Don Juan. Su sufrimiento era enorme y sus síntomas depresivos.

Hiciera lo que hiciera parecía no satisfacerlo. A lo largo de los casi ocho años de relación (con algún descanso forzoso a voluntad de él), Inés había destinado su vida a consagrarlo. Su dedicación era absoluta, habiendo llegado a esa devoción sin darse cuenta, poco a poco, sacrificando día a día una porción de su libertad.

Dejó de frecuentar a sus amigas, de las que se fue apartando paulatinamente, al principio llena de razones y al final cargada de excusas. Luego dejó de ir a sus clases de baile, a sus paseos por la playa, y a todo aquello que no lo implicara a él.

A cambio de su disponibilidad a tiempo completo, Juan le devolvía desprecio y humillaciones, vejaciones, también. Golpes escupidos en forma de palabras que herían más que los puños. Inés, como buena devota, los encajaba poniendo la otra mejilla y suplicando perdón.

Cuando se conocieron, ella sufría de “Miopía inicial”, esa maldita dolencia que impide ver más allá de tus propias narices. En aquella época, Juan ya apuntaba maneras con gestos desagradables y alguna palabra fuera de tono, que ella se afanaba en puntualizar con un “ya pero en el fondo es muy majo”, como si hubiera que bucear en las profundidades de una persona para encontrar lo que se aprecia de ella.

Con el tiempo, la miopía inicial se convirtió en “Estrabismo tardío”, una suerte de mal que te permite ver bien todo lo que el otro hace por mezquino que sea. Una especie de alucinógeno que obliga a ver la realidad deformada.

Inés pasó de la duda razonable “¿seré yo quién está viendo las cosas como no son? a la sentencia condenatoria: “él tiene razón, yo tengo la culpa”

Se inocula el virus de la duda que dará lugar a la infección.

Los continuos reproches de Juan, la crítica, las burlas, la humillación, el silencio punitivo, la manipulación, la acusación...eran formas de abuso que buscaban mermar la integridad psicológica de Inés.

Juan era un abusador, un maltratador cuya seguridad emocional dependía de tener el control. Y cuando se busca subyugar no hay negociación ni compromiso. Mucho menos amor.

En una relación saludable y viva, no hay un yo observador e inalterable que está midiendo al otro. Hay reciprocidad. Un enriquecimiento y cuidado mutuo.

Inés aprendió a esquivar las batallas asumiendo su derrota. Se tragó la rabia, acusándose a sí misma, y añadió al dolor el autodesprecio, la forma más dramática de humillación porque proviene de uno mismo. Pronto aparecerían los síntomas depresivos que la llevarían a terapia.

Cuando se tiene el “yo” secuestrado, ¿Cuál es el pago por su rescate?

Pasar de la mirada centrada en ÉL: “Pero él dice, pero él piensa, pero él...él-él-él” a la mirada centrada en sí misma: “Yo opino, yo siento, yo creo, yo quiero...” será el pago necesario que le llevará a enfrentarse al aislamiento y a comprender la solitaria responsabilidad que tiene por su propia vida; que es ella quien la ha creado, y que es ella y sólo ella quien puede cambiarla.

Al final, con suerte uno aprende qué puede obtener de los otros, pero también, qué no puede obtener por más que se sacrifique.

sábado, 3 de marzo de 2018

S.O.S : LIBREMENTE PRISIONERA


Esta es la historia de Socorro, una mujer infelizmente casada.

Supo que su matrimonio sería un fiasco mucho antes de casarse, no obstante fantaseó con la idea de que las cosas cambiarían.

Como era de esperar el milagro no llegó y Narciso siguió siendo el tipo poco amoroso y frío que un mal día conoció. Era un hombre serio, inteligente y de buenos modales; un hombre de traje y corbata hasta en su casa.

A Socorro le sedujo su cortesía, un trato al que no estaba acostumbrada, y esa atención considerada la confundió con amor. El bueno de Narci no la sacó del error y juntos se enredaron en un despropósito de relación.

Ella pronto entendió que él no gustaba de cariños ni de besos, que los abrazos le tensaban, y el sexo era pura ficción. Los cuidados de amor nunca existieron pero tampoco el enfado o el malhumor. Convivían sin vivir juntos. Una suerte para él y una tortura para ella.

Con el tiempo Socorro se acostumbró a la soledad compartida y a pasear sus anhelos por la casa, haciendo de aquel piso sin alma su hogar y acariciando lo poco que tenía aunque viviera de prestado.

Allí se quedó, languideciendo, negándose a dejar lo que nunca tuvo. Esa fue su elección.

Porque no se puede escapar a la libertad de elegir. Siempre hay opciones, tantas como excusas; pero no queremos ser libres. Buscamos por todos los medios que sean otros quienes elijan por nosotros y nos liberen de nuestra libertad de elegir...Esta es la gran paradoja.

Nos resistimos a tomar decisiones porque eso implica elegir una opción y renunciar necesariamente a otras, perdiendo algún beneficio, por pírrico que éste sea.

Cuando se rompe con la pareja, no se rompe sólo con ella sino con mucho más: se rompe con el hogar que se ha construido, con las cosas sencillas que nos acompañan en la cotidianidad, se rompe con amigos, con rutinas establecidas, con lugares, con proyectos...Con la vida conocida.

Dicen los que no saben, los que pervierten su vida llorándola, los que nunca vivieron vivos, dicen, con hilarante convicción, que “más vale malo conocido que bueno por conocer”.




(Foto: Pedro Figueras)

lunes, 6 de junio de 2016

HIJOS A PERPETUIDAD

Mucho sufrimiento debe encerrar un destete, cuando hay madres que se resisten tanto, así el bebé ronde ya los cuarenta. Hijos que sin haber llegado a adultos, ya lucen canas y permanecen niños.

Este es el caso de Rosaura.

Rosaura era la hija mediana de una familia acomodada. Disfrutó de los privilegios de una buena vida, si se entiende como tal, vivir a gastos pagados sin reparar en ello.

La madre, una mujer de armas tomar, ejercía el control supremo en la familia. Se le reconocía ese poder obedeciendo a sus demandas sin ninguna resistencia. Así pasaron los años y así creció Rosaura, atendiendo a cada petición de su madre, con obstinada diligencia. La madre, una buena central de operaciones, coordinaba la vida de sus hijas con absoluta dedicación.

Las hijas asumían su papel con aparente entusiasmo, incluso podría decirse que hasta con incuestionable aceptación.

Rosaura aprendió a ceder el poder de su vida a su querida madre, que le ahorraría el tedioso esfuerzo de tener que hacerlo ella misma. Tomar decisiones sobre qué estudiar, dónde veranear, o incluso cómo disponer de los fines de semana era un trabajo que delegaría en su madre. Y ésta, en su infinita bondad por facilitar la vida a la familia, disponía de la entera organización de las agendas de todos sus miembros.

La cosa empezó a torcerse cuando “la niña” se casó, y eso que el muchacho había pasado todos los filtros de la aprobación materna. Parecía un buen chico pero pronto se descubrió la verdad. El recíén llegado venía de un mundo tan extraño como hostil, en el que los padres respetaban el crecimiento natural de sus hijos, permitiendo e incluso alentando, su propia autonomía. Algo así como educar en libertad. ¡Habráse visto semejante dejación de responsabilidad materna! Refunfuñaba la buena de la suegra.

Los encontronazos fueron en aumento al llegar el primer bebé, porque no era el hijo de sus padres, sino el nieto de su abuela. Quede clara la diferencia...

Marcelo, el marido de Rosaura, batallaba en solitario, su derecho a ser marido y padre. Su esposa, más hija que madre o pareja, se dejaba arrullar por los mimos de mamá, mientras apartaba a codazos al incordio del marido, empeñado en reclamar su sitio. Imposible ir a la par en un matrimonio de tres.. Los triángulos, como el de las Bermudas, son peligrosos. Algo se pierde en ellos.

Cuánto más reclamaba Marcelo, más se oponía Rosaura. Y así se enredaron en un baile de malos pasos. Él resentido con la suegra. Ella defensora de su madre. Y la madre-suegra sin entender cómo tan dulce parejita acabó así...

“Con lo bien que se les veía”, decía atónita.











sábado, 19 de marzo de 2016

PROCRASTINAR EN PAREJA (llegando tarde)

Mario acudió a terapia con una demanda muy clara: “quiero cambiar algunas cosas en mi forma de ser porque sino la perderé”

No es extraño oír algo así en consulta. A menudo obedece a un “despertar tardío”.

Cuando la motivación para el cambio no proviene de uno mismo sino que es fruto de un ultimatum lanzado por la pareja, probablemente hace ya largo tiempo, entonces, el pronóstico suele ser poco halagüeño.

Sorprende como los adultos imitamos más de lo deseable el comportamiento infantil que hace años legitimó nuestra conducta. Es propio de los niños buscar excusas, simular estar enfermos para evitar ir al cole o posponer indefinidamente los deberes. Sin embargo, muchos adultos parecen no haber superado esta fase de evitación, que a día de hoy llamamos de un modo más sofisticado, procrastinación, que no es otra cosa que posponer una y otra vez las tareas o responsabilidades que solo a nosotros nos pertenecen.. Buscamos formas extravagantes para justificar nuestra dejación, atribuyendo a factores externos nuestra imposibilidad de hacer lo que tenemos que hacer. Excusas.

En la vida de pareja puede adoptarse un funcionamiento parecido: desoír las necesidades del otro, no tomar en serio sus deseos de que algo sea distinto, y no tomarnos el tiempo para hablarlo, discutirlo o negociarlo, es una forma de posponer los problemas. Ignorar las quejas o anhelos sólo implica falta de interés en el bienestar del otro, y por lo tanto, poco entusiasmo en vivir una buena vida en pareja.

A menudo, después de un tiempo de vivir en el “mañana lo haré”, y ese día no llegar nunca, suele ocurrir lo predecible, que la pareja se cansa de esperar, y sospechando lo improbable del cambio deseado, se acaba alejando emocionalmente, poco a poco, casi sin darse cuenta. Y entonces, su pareja descubre que apuró demasiado, y correrá a hacer, no motivado por su propia necesidad de cambio sino forzado por el miedo a la ruptura.


El problema es que se llega tarde. Cuando él llegó, ella ya se había ido.

Y entonces sueles oírles decir: ¡Pero si AHORA estoy haciendo lo que me pedía!

Sí, pero AHORA es tu Mañana y para ella tu ayer...Demasiado tarde.






lunes, 19 de octubre de 2015

AUTOINCULPACIÓN MANIPULADORA

El marido de su esposa, que resultó ser él mismo, descubrió que lo era cuando ella se lo dijo.

Antes de eso, y según me contaron, creyó ser el hijo de su mujer, para desconcierto de su señora, que en realidad no era su madre sino su esposa.

Un lío, vaya.

Roberto parecía un hombre cualquiera, un tipo razonablemente normal. Sin embargo, cuando intuía que se avecinaba viento del Norte (y con él su mujer), entonces, ocurría algo extraordinario: Como en el cuento de Alicia, nuestro protagonista se encogía más y más hasta casi desaparecer. Ante semejante prodigio, la mujer, que minutos antes se diponía a discutir con cierta vehemencia, se quedaba muda y sin argumentos “discutibles”.

Su marido se la había vuelto a jugar haciendo aquello que se le daba bien, adelantarse estratégicamente y arremeter con el arma más poderosa en la batalla marital: La autoinculpación. Una treta mucho más potente que la rendición, porque le añade el dramatismo de quien se ataca y hiere a sí mismo, obligando al otro a calmarlo y protegerlo.

La escena, a lo bestia y resumiendo, podría ser ésta:

- ¡Ay, ay, ay, ay!
-  Ea, ea, ea, ea...

Nunca infravaloréis a vuestro oponente (si es que entráis en guerra), y mucho menos si éste se proclama claro vencedor entonando el “mea culpa”. Os desarmará con su aparente derrota antes de que la trifulca se inicie, porque en realidad su debilidad es su fuerza. Si sois compasivos caeréis en la trampa y no sólo callaréis aquello que necesitabais decir, sino que además os sentiréis culpables siquiera por haberlo pensado.

¿No merece este giro acrobático una auténtica ovación?

Y si además, vuestra pareja de baile es hábil en el arte de la indefensión, seréis vosotros quienes acabaréis defendiéndolo a capa y espada y disculpándoos por vuestro “mal hacer”.

Touché.

Un buen movimiento para un mal resultado, porque evitar discutir no resuelve, oculta.

Con el tiempo y mucho sufrimiento, la mujer descubrió la Táctica Infantil del Desertor y dejó de alimentarla. Por consiguiente, el niño no creció (¿o sí?) y su marido regresó a casa.


Y colorín colorado...éste es el cuento que te he contado.





sábado, 15 de agosto de 2015

¿SE PUEDE AYUDAR AL EGOÍSTA CON BUENAS INTENCIONES?

Justificaba sus malos modos. Angelina parecía tolerarlo aun con desgana. Verás, me decía, es que él no se da cuenta, no obra de mala fe. Y con ese argumento, que en realidad no lo era, acababa todas las discusiones con quien quisiera iniciarlas.

Deduje que algo no andaba bien...

Angelina rondaba los cuarenta cuando la vi por primera vez. Llegó a consulta con una demanda tan errada como inútil “Que mi familia y amigos dejen de ver a Jaime como una mala persona”

Jaime no estaba presente ni pretendía estarlo. Obviamente el problema lo tenían los otros, y entre los otros se contaba su mujer, Angelina.

La familia de ella, al parecer, estaba harta de soportar los malos modos de Jaime, traducidos en desplantes, malas caras, contestaciones irrespetuosas y una actitud altamente soberbia. Las comidas familiares hace tiempo que dejaron de serlo gracias a él. Jaime reventaba las celebraciones con cualquier excusa, asegurándose que sus malas caras y peor lengua dejaran claro su postura impertinente.

Angelina nadaba entre dos aguas esperando salir a flote pero se ahogaba. Sufría viendo actuar así a su marido, pero lo disculpaba con un nada convincente “es que él es así”.

Además ocurría algo curioso: mientras más se esforzaba ella en defenderlo, más los cabreaba.

Angelina explotó el día que le oyó decir a su padre que Jaime era una mala persona.

¡Mala persona! En la conciencia de cualquiera, mala persona es quien mata o roba...Pero también quien hace daño intencionadamente a otro...¿no?

“Pero Jaime no es mala persona...es que él es así, tiene un carácter fuerte y es testarudo, pero no se da cuenta...” éste era el pobre argumento de Angelina.

Pues claro que Jaime se daba cuenta de las consecuencias de sus actos, no era idiota. Pero supongo que en la mente de cualquiera, para tildar de “mala persona” a alguien se necesita atribuirle una buena dosis de maldad, pero...¿la intención de herir a alguien para salir uno victorioso, es propio de buenas personas? ¿Sacrificar el bienestar de los demás por puro placer egoísta, es propio de buenas personas? ¿Crear sufrimiento en tu pareja a cambio de alimentar tu ego, es propio de buenas personas?

Mirad alrededor de este tipo de personas y veréis cadáveres, aunque estos sólo sean emocionales.

Me pregunto si sólo los delitos de sangre son delitos y si el egoísmo no es el cimiento de la maldad...





martes, 23 de junio de 2015

¿SE PUEDE PERDONAR UNA INFIDELIDAD?

Esta entrada es una colaboración del Centro de psicología López de Fez, de Valencia , a quiénes agradezco su generosidad por compartir su artículo (www.centropsicologialopezdefez.es)



Perdonar una infidelidad es algo que poca gente afirma que haría, puesto que la mayoría cree que es muy difícil olvidar el hecho de descubrir a su pareja con otra persona.

Sin embargo muchas personas se sorprenderían con lo relativo que resulta el perdonar una infidelidad, puesto que para hacerlo (o no) antes debemos tener en cuenta una serie de factores. La tendencia de la gente y la opinión social es que la culpa siempre es toda del infiel, mientras que se defiende a la víctima a toda costa, y sin embargo puede darse el caso en que la propia víctima sea tan responsable de la infidelidad como el propio infiel. Por supuesto, esto no quiere decir, en ningún caso, que la infidelidad esté justificada.

Hay que analizar la situación de pareja en la que se ha dado la infidelidad: si la pareja no es feliz o una de sus partes se aleja de la otra, le cambia el carácter, evita tener relaciones sexuales, etc. tal vez esté tentando involuntariamente a su pareja a acercarse a otra persona para buscar lo que no consigue con su propia pareja. En estos casos es importante que la parte engañada también analice qué cosas podría haber hecho distinto para evitar la infidelidad en cuestión.

Después de una infidelidad lo que se pierde es la credibilidad y la confianza. Eso crea la necesidad en la pareja de no solo recuperar la confianza, sino en de resultar creíble, puesto que cualquier mínima duda hará que el engañado desconfíe. La clave para intentar superar la infidelidad reside en pasar todo el tiempo que se pueda juntos y ser transparentes, para poder reforzar la intimidad y el cariño dentro de la propia pareja, aunque como muchos expertos apuntan, esto requiere grandes dosis de voluntad y esfuerzo por parte del engañado.

Por otro lado, algo que según la terapia de pareja se debe evitar a toda costa son los interrogatorios. La persona engañada puede sentirse infravalorada e incluso con ansias de venganza, pero si persona ha elegido libre y conscientemente perdonar a su pareja debe intentar no dejarse llevar por el sentimiento de rabia y no someter a la pareja a un interrogatorio intensivo acerca de la infidelidad, puesto que cuanto más sepa acerca de la infidelidad más daño se hará y le resultará mucho más complicado perdonar la infidelidad.



domingo, 31 de mayo de 2015

YO PENSABA QUE...

    No la entiendo. Se queja por todo y sin motivos. No sé que hacer...Cuando llego a casa después del trabajo y la veo con esa cara tan agria, me pregunto qué le habrá pasado, pero no me atrevo a decirle nada, no vaya a ser que se rebote conmigo y la liemos. De modo que no le digo ni mu, me callo, y aguardo a que la cosa se calme. Pero no le quito ojo, claro. La observo con sigilo, sin que se dé cuenta, esperando encontrar alguna señal que me indique que la tormenta ya pasó. No puede quejarse de mí, porque la dejo tranquila, para no molestarla. Es que ni la miro. Me siento en el sofá y enciendo la tele, como si no pasara nada, para que vea que respeto su tiempo para “desenfadarse”. A menudo la situación es incómoda, porque tengo que ponerle mucho empeño en no cruzarme la mirada con ella, no se vaya a creer que la estoy mirando mal, cuando yo lo que quiero saber es si ya se le ha pasado...


    No lo entiendo. No se puede hablar con él. No sé qué hacer...Cuando llega a casa después del trabajo, y me ve enfadada o triste, ni siquiera se molesta en querer saber qué me pasa, es que ni me pregunta. Se va directo al sofá y enciende la tele, como si no pasara nada. Me ignora, no le importa cómo estoy o qué me ha ocurrido. Es que ni me mira. Siento que ya no le importo y no quiero vivir así...


martes, 28 de octubre de 2014

¿CULPABLE ES QUIEN SIENTE CULPA?

“No puedo decirle que la dejo. Me sentiría fatal por ella, pobre...”

¿Hay algo reprochable en el noble acto de la compasión? Al parecer no. Seguramente nos pondríamos de acuerdo en eso. Pero si te cuestiono tu verdadera motivación para evitar enfrentar una decisión difícil, como puede ser abandonar una relación que no te satisface, aunque ésta haya formado parte de tu vida en los últimos 30 años, probablemente quieras insistir en tu generosidad compasiva. ¿Y sabes por qué? Porque el autoengaño es más tolerable si se justifica con nobles voluntades. Por eso se llama “autoengaño”.

Sospecho que no es tu amabilidad para con ella lo que te frena, lo que te impide decirle lo que necesitas decirle, y en consecuencia, hacer lo que necesitas hacer.

El asunto es que temes la respuesta de ella, su tristeza o su enfado. No sabrías qué hacer con eso, porque es incómodo de agarrar, escurridizo y poroso. Tendrías que tragarte lamentos, reproches, llantos y hieles. ¿Y qué hay de las familias y amigos?.Esperar que lo entiendan y te apoyen, veces, es esperar mucho. Y uno teme sentirse solo.

Seguramente, lo que motiva tu inacción, tu evitación a la toma de decisión que mentalmente ya tomaste y emocionalmente ya superaste, es una de las sensaciones más aterradoras que un ser humano pueda sentir: LA CULPA. Saberse agresor en el dolor del otro es un freno maravilloso para no atreverse a hacer lo que uno necesita hacer, que es algo tan baladí como vivir la vida que uno quiere vivir. Libre y responsablemente.

La culpa nos hace prisioneros, convirtiéndonos en observadores pasivos de nuestra propia vida. Algo tan amargo que bien vale ocultarlo bajo el sagrado manto de la benevolencia y la compasión. El sacrificio abraza al rehén para mantenerlo cautivo.

Amigo, no le llames compasión, llámale culpa.




sábado, 9 de noviembre de 2013

CUANDO LO CORTÉS QUITA LO VALIENTE

"No es que ellos no puedan ver la solución, es que no pueden ver el problema" (G.K. Chesterton)



Acudieron a terapia religiosamente, casi con devoción cristiana. Suponían que la bienintencionada terapeuta no incurriría en temas espinosos que pudieran hacer peligrar su maravillosa relación marital. Al fin y al cabo, se supone que uno va a terapia para "arreglar" las cosas, no para discutir(las).

Pero supusieron demasiado, y demasiado siempre es mucho. Siempre.



Aquellos tortolitos que una vez fueron, quedaron atrapados en su dulce estampa. Estampados. Congelados en el miedo de ser descubiertos como cómplices de una infelicidad encubierta. Deshonestos con ellos mismos y con el otro, se cruzaban palabras amables, sonrisas cordiales y se daban la razón insistentemente, con movimientos de cabeza nerviosos, constantes, como lo hacían aquellos perritos que hace décadas habitaban en la parte de atrás de los coches.


Y es que lo cortés, a veces, sí quita lo valiente.


Tantos años evitando hablar de lo que de verdad importa, lleva al ostracismo: Sentirse solo aún viviendo muy acompañado.



Empeñarse en "no tocar temas" provoca cierta situación grotesca, sobre todo en un contexto de psicoterapia, donde lo que se esconde es precisamente lo que emerge. 

Una escena curiosa, más trágica que cómica.

Se invierte mucha energía en no decir lo que uno necesita decir a quien necesita decírselo. En lugar de eso, se finge estar bien y se malgasta un tiempo precioso en ocultar lo que ni merece ni debe ser ocultado. Parchear la angustia o el agravio o la rabia o lo que sea que uno sienta con respecto a su pareja por no atreverse a decir o a hacer, supone buscar atajos. Un buen amigo puede servir, aunque vomitar sobre él todas nuestras cobardías,sólo nos hará más conscientes de nuestra desdicha, nada más. El tiempo no cura nada, ni nada arregla, a no ser que uno haga algo con él. El tiempo sólo pasa.



Y la triste parejita descubrió más tarde que pronto, que el problema no es hablar y discutir y enfadarse y llorar y temer y preocuparse y sufrir...El problema, es precisamente no hacerlo.



Y aprendieron que cuando las palabras no se pronuncian, aunque no se digan, ahí están. Sólo se esconden, no se van. Y el tiempo no las borra, las reescribirá...


















ilustración:  El Roto
















viernes, 9 de noviembre de 2012

GRADOS DE DERROTA


No deja de ser curioso lo de algunas parejas. Llegan armados hasta los dientes. Puedes verlos entrar con paso firme y rostro exhausto, y es que llegan cansados pero dignos, dispuestos a batallar, sin treguas, sin respiro. Porque al enemigo, ni agua.

Se sientan alejados, cada cual en un extremo del sofá, simulando un ring.
No se miran. Me miran. Me habla el uno del otro como si el otro y el uno no estuvieran allí. Se acusan. Se escupen lindezas. Se recriminan. Mucha rabia y sobre todo dolor. El dolor disfrazado de rabia es punzante. Hiere, tira a matar.

Y transcurre el asalto entre campeones de la desdicha. Un izquierdazo por aquí, un gancho por allá. No se escuchan. Sólo se oyen a sí mismos buscando mentalmente qué decir para contraatacar, para ganar. Es lo que hacen los combatientes. No resuelven, perpetúan. Nadie quiere ser vencido sino vencer. Cargarse de razón, que no de razones, sin darse cuenta que la razón nunca tiene un solo dueño, como La Verdad. Y para colmo, ¿a quién importa?.

¿Es el otro el enemigo? Si se compite se busca vencer al vencido, sin pensar que hay que vivir con él.
Ese baile de boxeo, atacarse y defender, sin escuchar o proponer, o siquiera disculparse o intentar entender, es un baile penoso. Cansino. Yermo. Los luchadores aún no han descubierto que jamás uno vence. Jamás.

Si el otro se derrota, si está mal, si se hunde, el vencedor lo hace con él, porque vivir al amparo de la amargura no es vivir bien, por muy laureado que uno esté.

Pero la miel del triunfo se saborea, aunque nunca se haya probado ni se vaya a probar jamás.

El absurdo hecho verdad: Antes de empezar una batalla hay que asegurarse de que el enemigo no sea uno mismo…



Escena tomada de la película "La guerra de los Rose", director Dani De Vito


jueves, 16 de febrero de 2012

LA PAREJA: DESCIFRANDO CÓDIGOS


Hacerse el interesante siempre es una mala opción. Porque fingir requiere esfuerzo, dedicación y sobre todo, tiempo. No debió pensar eso Eva, cuando conoció a Gabi. Le pareció una buena estrategia de seducción mirar al chico sólo de reojo y cuando sabía que no la estaba mirando, procurando mostrar un gesto distraído, de estudiado desinterés. Y así fue urdiendo su estratagema para encandilarlo.

Y le pasó lo peor que le pudo pasar: que le funcionó. Después de muchos meses de persecución mutua, ella lo buscaba sibilinamente, insinuando pero no diciendo, mostrando pero no enseñando…Y él, ingenuo tontorrón, la perseguía abiertamente con más torpeza que tino, sufriendo las más de las veces, sonoros desplantes.

Aunque todos sus amigos le decían a Gabi que la diva estaba loca por sus huesos, éste dudaba. En su mundo, los mensajes eran claros: si te gusta se lo dices y se lo haces ver, y si no, pues lo mismo. Así se enredó en una historia larvada en ambigüedades.

Y se casaron. Y se sufrieron.

Gabi se cansó de esperar mensajes directos. Le había pedido infinidad de veces, oír en boca de ella alguna declaración de amor, corta y sincera. Algo que lo serenara en su búsqueda de señales que no llegaban.

Eva, se resistía a pronunciarlas, no porque le costara hacerlo, sino porque pensaba que si le decía “esas palabras”, dejarían de tener sentido…se perdería el amor. Se gastarían de tanto usarlas. Pero la verdad es que su temor era mucho menos romántico:

“Si se lo digo se relajará, se sentirá seguro de mí y entonces me dejará…Por lo tanto, esa seguridad suya no me conviene”

Una creencia que no contempla el hartazgo del otro, y en consecuencia, lo que pueda derivarse de él. Cada cual se harta como puede: los hay que toman atajos y son infieles, los hay que se sacrifican y deprimen, los que explotan, los que se vengan liándose con el trabajo o con un hobbie, y por fin, también los valientes, los que afrontan o se largan.

Gabi y Eva son co-responsables de lo que construyeron (o destruyeron).

Y es que, a lo bestia y resumiendo, en la vida siempre hay dos opciones: decir o no decir, hacer o no hacer…Y ser consecuente, o no, con la decisión que escogemos.



foto: http://vinilosdecorativos.net

jueves, 2 de febrero de 2012

SI ME QUIERES...


Andaba yo pensando en cómo nos gusta complicarnos la vida. Ponemos mucho empeño en hacer difícil lo fácil, en atascarnos donde no hay obstáculos y en dar vueltas en círculos infinitos esperando llegar a lugares diferentes; eso sí, sin desviarnos, ni una sola vez, del mismo camino.

De locos. De idiotas.

Esto viene a que el otro día presencié una escena, que no por familiar deja de ser menos absurda.

Una mujer joven, Carlota, me cuenta entre lágrimas, que su novio la hace sufrir. Se siente más enfadada que triste (aunque esto ella aún no lo sabe), porque dice que el muchacho no satisface sus deseos en el modo que a ella le gustaría. Y claro, no rendirse a sus pies, sólo puede significar una cosa: que no la quiere lo suficiente; porque si él la quisiera de verdad, correría raudo y veloz a sacrificar su vida, sin que hiciera falta, sólo por disfrutar el regalo de su dulce sonrisa. Eso es lo que hacen los novios, si te quieren de verdad, claro.

La historia que la joven cuenta, no es una historia de amor, sino de sacrificios, y sobre todo, de veneraciones y altares. Pero ella aún no lo sabe.

El muchacho vive en un pueblo distinto al suyo, los separan unos pocos kilómetros, con transporte público apenas unos minutos.

La joven (muy joven) quiere vivir en pareja, jugar a ser mayor, casarse pronto y tener hijos…Crecer rápido. El muchacho no tiene tanta prisa. No se conocen demasiado, sólo un puñado de meses juntos da tiempo para bien poco.

La chica decide que él ha de dejar su pueblo, a sus padres, a sus amigos…a su entorno en el que vive razonablemente a gusto, para trasladarse a vivir con ella, a un pueblo desconocido, sin amigos, sin padres, en un entorno nuevo y extraño. El chico, más asustado que confuso, le propone esperar un tiempo. Esta respuesta, que no es una negativa sino una postergación, es recibida por la joven como un rechazo de proporciones descomunales. Herida en su narcisismo y casi ultrajada.

Si él me quisiera no sólo lo habría dejado todo para venirse conmigo, sino que además estaría pletórico, feliz y celebrándolo. Por lo tanto, no me quiere”

Me asombra la capacidad que tenemos para idear ecuaciones tramposas; porque siendo coherentes con la premisa anterior, entonces Carlota debería deducir:

Si yo no acepto con la misma alegría la necesidad de mi novio de tomarse algo más de tiempo (o incluso de rechazar la oferta), entonces estoy afirmando que no le quiero”

Es fácil atraparnos en falsas ecuaciones de dudosa igualdad.

En su lugar, y puestos a ser ecuánimes, deberíamos gritar al mundo:

“Sólo mis necesidades importan. Al cuerno las tuyas (amor mío)!” Eso sí, se recomienda hacerlo con la mejor de las sonrisas…para seguir confundiendo y confundiéndonos.


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jueves, 17 de noviembre de 2011

PAREJAS IMPOSIBLES

“El amor es un ingrediente necesario pero no suficiente para que una pareja funcione”.

María y Pepe se conocieron hace algo más de diez años, casi por casualidad. Se vieron, se gustaron, se sedujeron y se liaron. Sexo, amor, amor y sexo. Como suele pasar en muchos casos, apenas se dieron tiempo para conocerse. Ambos llegaban a la vida del otro esperando llenar sendos vacíos. Muy jóvenes para esperar poco del otro y demasiado mayores para aprender nuevas formas de ver el mundo. Cada cual a su manera suponía mucho y soñaba más.

Pronto aterrizarían. Descubrirían que esperar que sea el otro quien llene el propio vacío no sólo es esperar demasiado, sino que además obliga y responsabiliza al otro del propio bienestar de uno. Y eso ya es el colmo.

Les unía algunas cosas importantes, como el gusto por la lectura, los viajes de aventura, charlar, los amigos, el buen comer…Y pensaron que el entendimiento era comunicación, y ellos sobradamente la tenían.

No tardó en llegar la crisis. María, una mujer resuelta, independiente, socialmente activa, reclamaba a Pepe compartir más tiempo juntos. María sabía de la afición de Pepe por recluirse en su despacho, disfrutando de su privacidad. Le encantaba leer, navegar por internet o pintar sus bocetos. Pero sobretodo, le gustaba hacerlo a solas, en la intimidad de su espacio.

María no necesitaba tanto espacio para ella, le bastaba entre semana para dedicarse a sus cosas, sus amigos, sus inquietudes, sus hobbies y demás. Pero el fin de semana “esperaba vivirlo en pareja”. Sin embargo, sólo lo esperaba ella. Pepe gustaba de disponer también del fin de semana para sí, declinando ofertas conjuntas muy a menudo.

María sufría esperando que Pepe estuviera disponible para ella, pero es que Pepe también sufría sabiendo lo que María esperaba y sintiéndose incapaz de regalárselo. Cuando alguna vez lo había hecho, los dos sufrían: él se sentía forzado y ella herida. Ambos enfadados y culpables. “Si él me quisiera querría compartir más tiempo conmigo” se quejaba María. “Si ella me quisiera respetaría mi necesidad de estar solo”, se quejaba con amargura Pepe.

Su relación había sido tortuosa desde los inicios. Se querían y por eso insistían una y otra vez. Vivieron largas charlas donde se preguntaban y se respondían, donde se recriminaban y se lastimaban, donde se lloraban y se reintentaban. Buscaban nuevas formas de vivirse juntos, pero fracasaban. “No entiendo”, decían. “Pero si nos queremos, ¿cómo es posible que nos hagamos tanto daño, que malvivamos de esta manera?”.

Sencillo: necesidades diferentes, y forma de entender la pareja también distinta.

Pepe y María se entendían estupendamente cuando estaban juntos, pero es que compartían poco según la necesidad de ella y demasiado según la necesidad de él. Cuando uno de los dos “se sacrificaba” por el otro, ambos se sentían mal. El sacrificio implica renuncia, y en ese estado no se disfruta, se sufre. Y el otro viendo sufrir al sacrificado, se siente también mal. “Así no quiero” decían.

Pero es que si no es así, no es posible.

Con los años y muchas lágrimas, aprendieron que el amor es un ingrediente necesario pero no suficiente para funcionar bien y vivir mejor. Y por fin, se respetaron. La separación fue su precio. Final tristemente feliz.

jueves, 27 de octubre de 2011

¿POR QUÉ LE LLAMAN AMOR CUANDO QUIEREN DECIR DEPENDENCIA?



“Hagamos un trato. Si tú me dices ven, lo dejo todo. Verás cuanto te quiero: dejaré de hacer todas aquellas cosas que me entusiasman…Por ti. Dejaré de decir en voz alta lo que necesito decir. Me apagaré a tu lado, pero sabré disimularlo tan bien, que ni siquiera lo notarás. Sabré fingir para ti. Sabré darte todo aquello que anheles aunque a mí me haga pedazos. Renunciaré a mis pequeños placeres para vivir los tuyos aunque los aborrezca. Dejaré de ser quien soy para ser quien yo creo que tú quieres que yo sea. Seré tu sombra…pero no será alargada, no temas. Caminaré siempre detrás de ti, atenta a tus pasos.

Y todo este sacrificio tan generoso estoy dispuesta a hacerlo sin pedirte nada a cambio…sólo que tú estés a mi lado. Que no me abandones. Que me permitas ser tu esclava para que tú puedas ser mi amo. Da igual si me explotas o te apiadas de mí, sólo te pido que me dejes estar contigo. No merezco más.”

Este es el mensaje que entiendo yo de la campaña de televisión de una conocida operadora de telefonía, a pesar de venderlo como amor sublime y desinteresado. Nada más lejos.

Empeñarse en que el otro nos quiera es atentar contra la libertad de hacerlo o no, y una muestra clara de egocentrismo infantil.

Y es que la fórmula que los genios creativos de esta campaña publicitaria nos venden es peligrosamente errónea:

Sacrificarse, siempre implica renuncia, y la Renuncia implica malestar, y el Malestar implica Infelicidad.

Y por mucha contención disimulatoria que se pretenda, al final, uno explota. Se puede explotar para fuera (rabia, bronca)o explotar para dentro (rabia, tristeza, depresión). Pero se explota y se explota mal. Seguro. Añadiendo al drama la exigencia del cobro por los servicios prestados: “Después de todo lo que yo he hecho por ti…y así me lo pagas” .

Y a tomar viento el amor incondicional, porque incondicional nunca fue.

Y es que pretender que sea el otro quien llene mi vacío, es pretender demasiado. Y además es cargarle la responsabilidad de nuestro bienestar, lo cual es de una mezquindad supina.

¿Y se supone que esto es amor? ¡Pues viva la deshonestidad emocional, la dependencia complaciente y la esclavitud en nombre del Amor! Qué despropósito.

Pero no sé porqué me indigno, al fin y al cabo, anuncios así nos abonan el terreno a los psicólogos. De hecho, deberíamos pagarles un canon…

lunes, 2 de mayo de 2011

CRISIS DE PAREJA. BONITO ICEBERG


“Quiero que las cosas vuelvan a ser como antes”

Cuando oigo esta frase, pronunciada casi idénticamente por bocas diferentes, sólo se me ocurre una respuesta “No, hombre de dios, no…Puestos a cambiar, que las cosas vuelvan a ser mejores que antes, ¿no? Sino, ¿qué sentido tiene una crisis?”

Si hay que sufrir, que al menos sirva para dar un golpe de timón en una nueva dirección, más estupenda y saludable. Vamos, digo yo…


Cuando una pareja entra en crisis, normalmente la inicia uno de los dos, y el otro responde al shock inesperado (que nunca lo es), rezando y suplicando que las cosas vuelvan a ser como antes.

“Corramos un (es)tupido velo…como si esto no hubiera pasado”


Es la crisis más penosa, porque sólo uno de los miembros, el que ha explosionado, el que ha revelado lo indecible, el que por fin se ha liberado de la mordaza, el que ha decidido no seguir con la pantomima del malvivir, o del sobrevivir, decide romper el malogrado equilibrio, la comodidad incómoda. Es una lucha en solitario.

Curiosamente, quien hace el movimiento del “se acabó, ya no quiero seguir así” es a ojos de muchos, quien inicia la batalla, el malo o la mala de la película, el culpable. Aunque cabría preguntarse cuánto tiempo debió estar gestándose en los subterráneos de la relación, en la trastienda de la pareja, ese malestar, esa insatisfacción mútua. Porque como un iceberg, la crisis es sólo la punta, lo que emerge, lo que se ve. Y para que llegue a la superficie, a flote, a hacerse visible y evidente, ha sido necesario un volumen considerable de hartazgo, penúria, insatisfacción, deshonestidad, incomunicación, deslealtad, carencia, soledad y vacío. Por supuesto, invisible a ojos ajenos.


Nadie sorprende a su pareja con un “se acabó, esto no funciona”. Para llegar a este nivel se ha tenido que recorrer un laaaaaargo camino. Probablemente un camino silencioso, que se ha andado por separado, quizás a velocidades distintas y tomando algún atajo, y sobretodo evitando. Evitando hablar de las cosas que de verdad importan.

Las crisis son oportunidades de cambio. Necesarias y estupendas. Si fuera médico las recetaría a troche y moche. Aún a riesgo de que muchos no sepan apreciar lo valioso de vivirlas. Las crisis bien manejadas son excelentes antídotos para la pareja, oportunidades de decirse aquello que de verdad necesitan decirse. Pedirse aquello que de verdad necesitan pedirse, y vivirse aquello que de verdad necesita vivirse. Oportunidad fantástica para “zarandearse uno al otro” y resituarse juntos en el proyecto común que se hayan atrevido a dibujar.

Es del género tonto desperdiciar tanto sufrimiento, miedo e incertidumbre, para volver al mismo punto de partida en lugar de avanzar a nuevos horizontes.

“insert coin. Game over…”

miércoles, 9 de marzo de 2011

LA DEPENDENCIA EN NOMBRE DEL AMOR


Séneca dijo “No hay esclavitud más vergonzosa que la que se asume voluntariamente”, y alguien añadió “y el autocastigo la forma más degradante de humillación porque proviene de uno mismo”.

Ambas recuerdan a algunas parejas que se construyen falsamente en nombre del Amor.

Disfrazar de Amor lo que en realidad es miedo o necesidad. Nada nuevo. Tabla de salvación que pueda rescatar al náufrago de una muerte imaginada y no por ello menos amenazante. Tabla de salvación para quien se siente perdido y solo. Tabla de salvación para quien nunca fue alguien para nadie y se descubre, un día, que existe, porque alguien pronunció su nombre.

Estar a salvo es sobrevivir, que no es lo mismo que vivir bien. Se busca seguridad y protección. Se le exige a la tabla de salvación que nos lleve a flote, que no a buen puerto. Sólo a resguardo. Se le exige que se haga cargo de nosotros porque nos declaramos incompetentes para nuestro propio cuidado. Delegamos nuestra supervivencia, ni siquiera nuestro bienestar. Del disfrute ni hablamos. Son parejas que se sufren, aunque en secreto. Que se viven en un sinvivir. Que conviven sin compartir, en soledad.

Sorprende su transitar. Sin pasión, sin alegrías. No merecen más. Incómoda seguridad.

En nombre del amor y de la falsa seguridad, cuanto mal.

Resignarse a mal vivir es una opción, pero no la única posible.