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jueves, 11 de abril de 2019

SI EL QUE NO LLORA NO MAMA, EL LLORÓN ES UN MAMÓN


Érase una vez una historia del revés. Sus protagonistas los que menos hacen pero más ruido provocan. Los que menos aportan pero más se llevan. Los que más exigen y menos dan. Los que reclaman derechos sin obligarse a nada.

Los que saben llorar, maman. Y mucho. Aun sin merecerlo. Porque el que merece no llora.

Escenas obscenas por indecentes aquéllas donde
se premia al egoísta con el regalo de la atención y se desatiende al generoso con humillante desconsideración.

Los bebés, que ya nacen desconfiados, saben que si no lloran a lo mejor no maman, así que lejos de esperar pacientemente a la diligente madre, le recuerdan exigentes su incompetencia: ¡Ya estás tardando!Y la buena madre, programada para acudir de inmediato, deja lo que esté haciendo y corre desesperada a atender. Su atención se centra en la demandante reclamación, que dista mucho de ser una petición paciente o amable. Los bebés de eso no saben.

Pues aunque parezca asombroso, no por mucho mamar se crece más temprano...De hecho, muchos adultos siguen siendo bebés a pesar de ser unos grandes mamones...

Porque si el que no llora no mama, el llorón es un mamón...¿no?

Con el tiempo se especializan en dos tipos: Los que aprenden a usar el llanto como arma compasiva (uy, pobre); éstos son peligrosos, porque dejan a su paso una ristra de sufridos culposos que siguen empeñados en “dar más, porque lo que le estoy dando no es suficiente”.

Y luego están los que utilizan el llanto agresivo como piedra arrojadiza: Te voy a descalabrar si no me das lo que quiero. Estos son los litigantes, los que chulean exigiendo, los que amenazan con liarla o con su soberana indiferencia. Los que explotan y pisan, los que aplastan con su enorme yo.

Lo triste del asunto es que el mamón lo es porque puede, porque le funciona, porque le renta. Porque siempre habrá quien se desespere por atenderlo Y no es asunto de compasión, sino más bien de culpa si no se responde o de miedo si no se cumple...El mamón no es criatura inocente, manipula. Sabe del enorme poder de la exigencia pasiva, y la ejerce con absoluta impunidad. El que mucho mama tiene un apetito voraz, insaciable. Pide, pide, pide, pero no da. Sólo arrincona a quien exige si éste no responde según lo previsto, provocando culpa o miedo.

Lo curioso del asunto por lo absurdo es que, el que nada recibe y mucho da, acaba siendo el hambriento acostumbrado al ayuno, de manera que las migajas que reciba del mamón le sabrán a exceso inmerecido que agradecerá con infinita deuda.


Y si esto es así, ¿qué atención destinamos a quien es respetuoso, amable o paciente con nosotros?

Con toda seguridad, “no llamará nuestra atención”...

Entonces, ¿Lo tomamos en la consideración que merece?

¿O tratamos mal a quien nos trata bien y tratamos bien a quien nos trata mal?

Para echarse a llorar...¿no?


jueves, 30 de agosto de 2018

ENTREVISTA DE TRABAJO: ¿CUÁNTO VALGO?



Sorprende lo habituados que estamos a atribuir al otro más poder del que le corresponde, y al hacer esto, nos despojamos de nuestra dignidad y la entregamos sin necesidad de que nos la arrebaten.

Me contaba Laura, que había ido a una entrevista de trabajo después de un tiempo en el paro, y como es normal, llegó algo nerviosa:

La sala, pequeña y sin ventilación, hacía difícil no sentirse atrapada. La ropa escogida para la ocasión, menos ligera de lo deseable para un agosto bochornoso, tampoco se lo ponía fácil, pero allí estaba ella, dispuesta a ofrecer la mejor imagen al servicio del ansiado puesto de trabajo.

Laura contestó serenamente a cada pregunta que la gerente le hizo, y escuchó las exigencias que ésta le imponía en cuanto a sus obligaciones en la prestación del servicio, horarios y jornada. Pero nada oyó sobre las condiciones económicas que le ofrecía ni sobre el tipo de contrato ofertado.

Por educación, y como manda el protocolo, esperó pacientemente a que la gerente mencionara algo al respecto, pero no lo hizo; es más, añadió a la extensa lista de exigencias, una última, si cabe más escandalosa: exigía compromiso de permanencia en el puesto durante el año lectivo, a pesar de reconocer estar mal pagado y por tanto considerando seriamente la posibilidad de que pudiera irse cuando encontrara otra oferta mejor remunerada.

Parémonos aquí, ¿quién le hace un favor a quién? Es importante meditar bien la respuesta porque en ella radica la diferencia en cómo nos vamos a tratar a nosotros mismos y en cómo indicaremos al otro que esperamos que nos trate: con respeto o no.

¡Por supuesto que debería irse si encuentra otra oferta más interesante! Eso sería lo digno, lo deseable, lo saludable, pero no es lo habitual.

¿Qué hace que no sea así? La RESIGNACIÓN PASIVA, y atender más “a no quedar mal” ( ¿Con quién? ¿para qué?) que a los propios intereses que nos dignifican, cuando para colmo y paradójicamente, renunciando a ellos mostramos nuestra infravaloración y nos declaramos incompetentes para velar por nosotros. Y entonces nos convertimos en personas serviles y en modo alguno respetables. Perdemos mucho más que dinero. Perdemos la grandeza de merecer.

Afortunadamente, nuestra protagonista se atrevió a preguntar sobre la remuneración y el tipo de contrato, porque no es lo mismo un contrato de obra y servicio, que un contrato por duración determinada, que un contrato indefinido...Cuyas prestaciones son muy distintas. De igual modo hay que preguntar si en el salario ofertado las pagas extras están incluidas (prorrateadas) o bien van aparte (pagas dobles). Porque la diferencia económica es sustancial.

¿Preguntamos para saber a qué nos estamos comprometiendo? ¿Nos creemos con derecho a saber lo que nos ofertan para decidir responsablemente si aceptamos o no, o hacemos como los niños y dejamos que “la autoridad” decida por nosotros?

Volviendo al caso, la historia continúa con una sucesión de excusas y titubeos por parte de la gerente, que incapaz de responder a las preguntas de Laura, descarga la responsabilidad en otros: ”Bueno, yo esto no lo sé...lo llevan en la gestoría”mostrando cierto orgullo ignorante de ese que escuece al verlo.

El activo más importante que una empresa tiene son sus trabajadores. Sin ellos no hay empresa que valga. Siendo esto así, asombra la sumisión con la que nos posicionamos ante quien consideramos “autoridad competente”, sin siquiera pararnos a pensar que en una buena transacción ambas partes se benefician mutuamente.

Laura obtuvo el puesto de trabajo y para su suerte, pudo rechazarlo. Efectivamente otra vacante con mejores condiciones la estaba esperando.

sábado, 3 de marzo de 2018

S.O.S : LIBREMENTE PRISIONERA


Esta es la historia de Socorro, una mujer infelizmente casada.

Supo que su matrimonio sería un fiasco mucho antes de casarse, no obstante fantaseó con la idea de que las cosas cambiarían.

Como era de esperar el milagro no llegó y Narciso siguió siendo el tipo poco amoroso y frío que un mal día conoció. Era un hombre serio, inteligente y de buenos modales; un hombre de traje y corbata hasta en su casa.

A Socorro le sedujo su cortesía, un trato al que no estaba acostumbrada, y esa atención considerada la confundió con amor. El bueno de Narci no la sacó del error y juntos se enredaron en un despropósito de relación.

Ella pronto entendió que él no gustaba de cariños ni de besos, que los abrazos le tensaban, y el sexo era pura ficción. Los cuidados de amor nunca existieron pero tampoco el enfado o el malhumor. Convivían sin vivir juntos. Una suerte para él y una tortura para ella.

Con el tiempo Socorro se acostumbró a la soledad compartida y a pasear sus anhelos por la casa, haciendo de aquel piso sin alma su hogar y acariciando lo poco que tenía aunque viviera de prestado.

Allí se quedó, languideciendo, negándose a dejar lo que nunca tuvo. Esa fue su elección.

Porque no se puede escapar a la libertad de elegir. Siempre hay opciones, tantas como excusas; pero no queremos ser libres. Buscamos por todos los medios que sean otros quienes elijan por nosotros y nos liberen de nuestra libertad de elegir...Esta es la gran paradoja.

Nos resistimos a tomar decisiones porque eso implica elegir una opción y renunciar necesariamente a otras, perdiendo algún beneficio, por pírrico que éste sea.

Cuando se rompe con la pareja, no se rompe sólo con ella sino con mucho más: se rompe con el hogar que se ha construido, con las cosas sencillas que nos acompañan en la cotidianidad, se rompe con amigos, con rutinas establecidas, con lugares, con proyectos...Con la vida conocida.

Dicen los que no saben, los que pervierten su vida llorándola, los que nunca vivieron vivos, dicen, con hilarante convicción, que “más vale malo conocido que bueno por conocer”.




(Foto: Pedro Figueras)

sábado, 19 de noviembre de 2016

APISONADORAS

¿Cómo se llaman esas maquinarias pesadas que se utilizan para asfaltar las carreteras? Ésas que allanan el terreno aplastando a su paso las piedras...Ésas cuya función es facilitar el tránsito futuro a través de un arduo trabajo de alto coste y gran esfuerzo.

¿Una apisonadora?

Mari Dulce era una apisonadora.

Una mujer de cuarenta y muchos, con aspecto amable y paso firme, de las que pisan fuerte. Casada con alguien que parecía ser nadie y con dos hijos que eran mucho pero se creían poco.

Mari Dulce, haciendo honor a su nombre, era una mujer de rostro angelical, que no entonaba demasiado con sus movimientos algo toscos y una actitud resuelta en exceso, como sobreactuada. Una especie de contradicción andante. Una paradoja, si lo preferís.

Ese tipo de personas que parecen decir una cosa pero hacen otra.

Su historia familiar explicaría más tarde esa forma de funcionar arrolladora, y su predisposición frenética a adelantarse a los deseos de los demás para ofrecer la más exagerada de las ayudas. Al acecho de cualquier oportunidad para mostrarse servicial (que no servil).

Tanto ofrecimiento en apariencia desinteresado pudiera parecer honorable y gentil, si no se observa con detenimiento.

A la buena de Mari Dulce le movía un gran corazón, no cabe duda. Su interés por los otros era grande. No obstante, su necesidad de sacrificio demostrable era aún mayor, de ahí que se anticipara a ofrecer favores, incluso cuando no eran necesarios. Es más, a menudo no sólo no eran necesarios sino que eran inoportunos. Aún así, al adelantarse a la petición de ayuda, ponía a los otros en situación deudora.

Y ya se sabe que cuando uno se siente en deuda, busca saldarla, pero...¿y si no le dejan? Pues se crea una deuda perpetua.

Nuestra protagonista era experta en endeudar a la gente sin darse cuenta.

Reconoceréis a los deudores por su sensación culposa: “Es que me sabe mal decirle eso porque como lo hace de buena fe” “siempre está atenta a hacerme un favor aunque no se lo pida”

Y van creando a su paso más culpa que agradecimiento, lo cual les proporciona un inmenso poder.

Son apisonadoras: Allanan terrenos, es lo que saben hacer, sin darse cuenta que no todos los terrenos deben, necesitan o desean ser allanados.

Nuestra Mari Dulce se entrometía en las vidas ajenas apropiándose de ellas sin ser muy consciente. Escudada en una labor de ayuda y buena fe usurpaba el derecho de cada cual a decidir, negándoles la posibilidad de SER.

“Yo sé lo que necesitas. Ya lo hago yo por ti” era su mantra. Lo repetía a todos sin excepción, a sus hijos también. Entenderemos ahora que adelantarse al otro sin preguntar, no es ofrecer sino imponer. Una forma de sobreprotección, que lejos de proteger más y mejor, desprotege, invalida y niega. Una bomba que implosiona en el otro estallando de dos formas: con rebelión o con sumisión.


La primera hiere, la segunda mata.


Y es que hay dulces que amargan.







domingo, 25 de septiembre de 2016

"DE TAN BUENO, TONTO"

“De tan bueno, tonto”. Probablemente sea una de las mentiras más dañinas que el ser humano haya inventado.

Escudarse en la bondad para justificar el daño es una tendencia natural en los seres humanos porque buscamos librarnos de nuestra incompetencia como personas honestas, generosas y valientes, cuando lo que de verdad nos dibuja es el egoísmo, la pasividad y la cobardía.

Ésta es una frase nacida para tal fin.

Si algo sabemos hacer bien las personas es sacudirnos la propia responsabilidad bajo múltiples excusas, de las cuales en mi opinión, la más deleznable y mezquina es la que se pronuncia bajo las palabras “esto me pasa por bueno”, en lugar de “esto me pasa por cobarde”.

Son cosas distintas que se parecen poco.

Si observamos con detenimiento a personas que se parapetan bajo esta mentira, veremos el enorme beneficio que les reporta. Esconderse bajo una etiqueta amable, les permite acomodarse bajo la protección de otro, que asuma la acción que éstos esquivan. Y también los errores, claro, porque ¿el que nada hizo de nada es responsable, verdad?

 Pensemos.

No hacer nada por miedo o cobardía, ¿te exime de responsabilidad?

Existen parejas en los que uno de ellos es el “pobre, de tan bueno, tonto”, que aguanta humillaciones, ataques impertinentes o maltrato en cualquiera de sus variantes, y es curioso como suele gozar de la compasión de los otros. Sentirse “el bueno” de esa ecuación debe compensar el continuo atentado contra la propia dignidad. O no...No lo sé. Lo que sí sé es que de ningún modo esa actitud pasiva y permisiva es algo que tenga que ver ni remotamente con “La Bondad”. El desprecio por uno mismo no es bondad, la cobardía no es bondad, la pasividad no es bondad.

En mi opinión, esta actitud se regodea en la autocompasión complaciente. La tiranía del “débil” se oculta tras la falsa fragilidad...¿o falsa bondad?

Evitar vivir la vida sin atreverse no es honrado ni benévolo, sino todo lo contrario.

“Es que por no hacer daño se calla...de tan bueno, tonto...pobre”

Entonces, ¿Es la Asertividad una actitud insolente, propia de mala gente?

Seamos buenos y valientes, no tontos y cobardes...








martes, 12 de abril de 2016

EXIGENCIA PARADÓJICA (pidiendo imposibles)

Hacemos cosas extrañas, en serio. Me fascina nuestra capacidad para el absurdo. Estamos entrenados en eso, y lo curioso es que no tenemos conciencia alguna.

A menudo acuden a terapia padres indignados con sus hijos, o parejas desesperadas, cuya queja suele ser: “Yo quiero que Fulanito haga X, pero además quiero QUE SALGA DE ÉL

Y los más soñadores añaden: “Y que lo haga con alegría, porque le apetezca, no porque se lo pido yo”

¿No es extraordinario? Analicemos el absurdo “que salga de él”

En el momento en que EXIGIMOS algo, ya estamos impidiendo su ESPONTANEIDAD. Por tanto, “que salga de él” es una petición de imposible ejecución.

Es una paradoja. Un absurdo. Una trampa.

Si pretendemos que el otro haga de forma voluntaria y espontánea lo que NO hace de forma voluntaria y espontánea, ¿no estamos pidiendo un imposible y castigando su incumplimiento?

Entonces el resultado no puede ser otro que la impotencia por parte del exigido, que no podrá cumplir la exigencia y la frustración por parte del exigente, que se sentirá “desoído”..Un cul-de-sac, vamos. Persistir en esta dirección es invertir en desazón y resentimiento. Es perderse en pretensiones.

Veamos este lío más de cerca:

¿Te nace a ti lo que no te nace?

Es decir, no nos contentamos con que el otro, atendiendo a nuestra petición y con demostrado esfuerzo, haga aquello que no le place (o no le nace), sino que ¿exigimos que le “nazca”? ¿No es de locos esa exigencia?

Quizás lo que “el demandante”en realidad esté queriendo expresar, probablemente sin siquiera ser consciente de ello, sea algo así:

Querido Fulanito, quiero que hagas X (algún imperativo intransigente) sin que yo tenga que pedírtelo, porque no soporto sentirme mal (culpable) por forzarte a hacer algo que sé que no te apetece (o simplemente tu naturaleza no te permite hacer), pero que sin embargo, insisto en que hagas.

De modo que deseo me liberes de esa desagradable sensación y la única manera posible es que me complazcas cumpliendo mi fantasía, y lo hagas no sólo sin rechistar, sino además sintiendo de corazón el fervoroso deseo de hacerlo. Pero recuerda: nada de esfuerzos. Necesito ver que sale de ti de forma natural, con una innata disposición, sino no me sirve.

Y desde luego, espero que puedas reconocer el sufrimiento y sacrificio al que me sometes por tus reiteradas negativas a sentir y a hacer lo que yo te exijo.



Obviamente no hay mala fe detrás de este absurdo, sólo unas ganas infinitas de que las cosas (y las personas) sean como nos gustaría que fueran...pero la realidad es terca y muchas veces se resiste a nuestros deseos.



(la viñeta como no, de El Roto)

sábado, 19 de marzo de 2016

PROCRASTINAR EN PAREJA (llegando tarde)

Mario acudió a terapia con una demanda muy clara: “quiero cambiar algunas cosas en mi forma de ser porque sino la perderé”

No es extraño oír algo así en consulta. A menudo obedece a un “despertar tardío”.

Cuando la motivación para el cambio no proviene de uno mismo sino que es fruto de un ultimatum lanzado por la pareja, probablemente hace ya largo tiempo, entonces, el pronóstico suele ser poco halagüeño.

Sorprende como los adultos imitamos más de lo deseable el comportamiento infantil que hace años legitimó nuestra conducta. Es propio de los niños buscar excusas, simular estar enfermos para evitar ir al cole o posponer indefinidamente los deberes. Sin embargo, muchos adultos parecen no haber superado esta fase de evitación, que a día de hoy llamamos de un modo más sofisticado, procrastinación, que no es otra cosa que posponer una y otra vez las tareas o responsabilidades que solo a nosotros nos pertenecen.. Buscamos formas extravagantes para justificar nuestra dejación, atribuyendo a factores externos nuestra imposibilidad de hacer lo que tenemos que hacer. Excusas.

En la vida de pareja puede adoptarse un funcionamiento parecido: desoír las necesidades del otro, no tomar en serio sus deseos de que algo sea distinto, y no tomarnos el tiempo para hablarlo, discutirlo o negociarlo, es una forma de posponer los problemas. Ignorar las quejas o anhelos sólo implica falta de interés en el bienestar del otro, y por lo tanto, poco entusiasmo en vivir una buena vida en pareja.

A menudo, después de un tiempo de vivir en el “mañana lo haré”, y ese día no llegar nunca, suele ocurrir lo predecible, que la pareja se cansa de esperar, y sospechando lo improbable del cambio deseado, se acaba alejando emocionalmente, poco a poco, casi sin darse cuenta. Y entonces, su pareja descubre que apuró demasiado, y correrá a hacer, no motivado por su propia necesidad de cambio sino forzado por el miedo a la ruptura.


El problema es que se llega tarde. Cuando él llegó, ella ya se había ido.

Y entonces sueles oírles decir: ¡Pero si AHORA estoy haciendo lo que me pedía!

Sí, pero AHORA es tu Mañana y para ella tu ayer...Demasiado tarde.






sábado, 15 de agosto de 2015

¿SE PUEDE AYUDAR AL EGOÍSTA CON BUENAS INTENCIONES?

Justificaba sus malos modos. Angelina parecía tolerarlo aun con desgana. Verás, me decía, es que él no se da cuenta, no obra de mala fe. Y con ese argumento, que en realidad no lo era, acababa todas las discusiones con quien quisiera iniciarlas.

Deduje que algo no andaba bien...

Angelina rondaba los cuarenta cuando la vi por primera vez. Llegó a consulta con una demanda tan errada como inútil “Que mi familia y amigos dejen de ver a Jaime como una mala persona”

Jaime no estaba presente ni pretendía estarlo. Obviamente el problema lo tenían los otros, y entre los otros se contaba su mujer, Angelina.

La familia de ella, al parecer, estaba harta de soportar los malos modos de Jaime, traducidos en desplantes, malas caras, contestaciones irrespetuosas y una actitud altamente soberbia. Las comidas familiares hace tiempo que dejaron de serlo gracias a él. Jaime reventaba las celebraciones con cualquier excusa, asegurándose que sus malas caras y peor lengua dejaran claro su postura impertinente.

Angelina nadaba entre dos aguas esperando salir a flote pero se ahogaba. Sufría viendo actuar así a su marido, pero lo disculpaba con un nada convincente “es que él es así”.

Además ocurría algo curioso: mientras más se esforzaba ella en defenderlo, más los cabreaba.

Angelina explotó el día que le oyó decir a su padre que Jaime era una mala persona.

¡Mala persona! En la conciencia de cualquiera, mala persona es quien mata o roba...Pero también quien hace daño intencionadamente a otro...¿no?

“Pero Jaime no es mala persona...es que él es así, tiene un carácter fuerte y es testarudo, pero no se da cuenta...” éste era el pobre argumento de Angelina.

Pues claro que Jaime se daba cuenta de las consecuencias de sus actos, no era idiota. Pero supongo que en la mente de cualquiera, para tildar de “mala persona” a alguien se necesita atribuirle una buena dosis de maldad, pero...¿la intención de herir a alguien para salir uno victorioso, es propio de buenas personas? ¿Sacrificar el bienestar de los demás por puro placer egoísta, es propio de buenas personas? ¿Crear sufrimiento en tu pareja a cambio de alimentar tu ego, es propio de buenas personas?

Mirad alrededor de este tipo de personas y veréis cadáveres, aunque estos sólo sean emocionales.

Me pregunto si sólo los delitos de sangre son delitos y si el egoísmo no es el cimiento de la maldad...





viernes, 12 de junio de 2015

JUGANDO A PERDER


  • ¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí? Preguntó Alicia.
  • Eso depende de a dónde quieras llegar- contestó el Gato.
  • A mí no me importa demasiado a dónde...explicó Alicia
  • En ese caso, da igual hacia a dónde vayas- interrumpió el Gato.
    (Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll)



Le había tocado la lotería. Por capricho del destino o designio del universo, quién sabe, un día cualquiera, un día no muy distinto a los varios miles de días anteriores a ése, la vida decidió que la suerte llevaría su número.

Cuando Alicia chequeó su boleto aquella mañana, no daba crédito. Imposible. Su deseo no podía hacerse realidad porque violaría las leyes de la probabilidad. Entre los millones de personas que habrían jugado ese día, ¿cómo era posible que le hubiera tocado a ella?

Los juegos de azar son bien curiosos: se apuesta para ganar pero si eso ocurre uno se repite “no puede ser” “debe haber un error” “es imposible”.

(El ser humano es misterioso...)

Después de revisar distintas páginas de prensa buscando el error, se dio por vencida, y no le quedó otra que reconocerse clara vencedora en la millonaria competición por el camino a la felicidad.

En ese instante se imaginó feliz y soñó. Se compraría una buena casa, con piscina, claro, porque es lo que todo el mundo desea ¿no? Y se compraría un cochazo, que aunque no le interesaban nada los vehículos, supuso le haría sentir bien. Y viajaría, aunque no sabía donde, porque nunca fue muy viajera. Y se iría a las mejores firmas de ropa y no repararía en gastos, a pesar de que gustaba de tejanos y aborrecía el mundo de la moda...

Su vida, por fin, cambiaría totalmente. Dejaría de vivir esa vida plana, aburrida, sin proyectos ilusionantes, ni motivaciones más allá de los pequeños placeres cotidianos, más arraigados en la costumbre que en el propio deleite.

Pero no fue así. Su vida gris no cambió de color. Sólo oscureció.

Se suponía que la felicidad había llamado a su puerta pero no la estaba sintiendo. ¿Cómo era posible?¡Por Dios, le había tocado la lotería! ¡Eso era más dinero del que jamás podría pulirse, ni ella ni sus generaciones venideras, si las hubiera! Podía tenerlo todo...Pero lo único que tenía era dinero. Apostar tu felicidad a un número, es arriesgar demasiado.

Así fue como la euforia de sus expectativas fue cayendo en picado con el paso de los meses.

Alicia no vivió nunca en el país de las maravillas, de modo que no supo ver la madriguera cuando la tuvo delante. Se quedó en la puerta, esperando que la diosa fortuna la rescatara de su prisión. Hizo lo que sabía hacer: esperar que alguien o algo llenara su vacío. Pero el vacío de cada cual, a cada cual pertenece. Y más tarde que temprano uno descubre su trampa.

Alicia esperó que la maravillaran en lugar de escoger ella cómo maravillarse. Cedió el poder de su bienestar y descubrió, que las jaulas, jaulas son, aunque de oro sean.

Probablemente, si Alicia hubiera escogido vivir una vida razonablemente buena, llenándola de personas, cosas y experiencias agradables, nutriéndose de ilusiones y proyectos más o menos motivantes, el día que hubiera tentado a la suerte en la lotería y ésta le hubiera respondido, quizás, entonces, ya llena de mucho, hubiera esperado menos de tanta fortuna, y quizás entonces, el dinero
se convertiría en una bendición. Parece bastante probable...¿no?

¿Nos la jugamos?



sábado, 10 de enero de 2015

LA TIRANÍA DEL POBRE DE MÍ

Le ocurría siempre lo mismo y no entendía porqué. El mundo era hostil con ella, sin duda.

Su historia de pareja no era para tirar cohetes, sino más bien, de traca. El marido, un hombre poco amable y de gran mezquindad, la trababa a patadas. No es que ella se quejara siempre, no, “pero es que, a veces, él se pasaba,” palabras textuales.

A menudo, Socorro, pedía auxilio. Pero lo hacía de una forma equivocada. Cuando uno ya no puede más (o decide no querer más) suele quejarse. Es un primer paso. Socorro lo sabía bien porque su vida transitaba entre este primer paso y la vuelta atrás.

Cuando Roberto, su marido, hacía algo que la disgustaba, Socorro acudía de inmediato a sus parientes y amigos, y les ponía al corriente de sus “fechorías”. Lo criticaba con saña y le atribuía toda la culpa de su mala vida. Ella, pobre infeliz, inconsciente de su responsabilidad en tolerar lo intolerable, vomitaba , sin saberlo, su propia hiel.

Y como ocurre con las indigestiones, una vez vomitas, te alivias y sigues tragando.

Socorro regresaba a su casa, aliviada, después de vomitar a parientes y amigos. Sentía la indignación de ellos como prueba de su verdad. Ellos estaban de su parte, y la cargaban de razón. Roberto era el malo, sin duda. 

La cosa se torcía cuando se reconciliaba con él. Ocurría que esos familiares y amigos, los mismos a los que acudía para señalar a Roberto como un dechado de virtudes cada vez que se le indigestaba, ya no estaban dispuestos a olvidar de nuevo. Y, entonces, Socorro se enfadaba. Pretendía que estuvieran a bien con el bendito de Roberto. Les exigía “borrón y cuenta nueva”, sin entender que ya eran muchos los borrones y demasiadas las cuentas.

“Ellos no me quieren bien, pobre de mi” se quejaba lastimera, intercalando críticas con soberano desprecio.

Y es que Socorro no pedía auxilio, exigía penitencia eterna.






jueves, 22 de noviembre de 2012

WHATSAPP: NADA QUE DECIR


Observo, preocupada, ciertas obsesiones. Hábitos adquiridos, que de forma más rápida que lenta, se instauran en la vida de muchos. La tecnología punta y los avances exprés en materia de comunicación son un ejemplo, como el archiutilizado "whatsapp”.

La exigencia de inmediatez y la frustración de no satisfacerla al instante, hace de este canal de comunicación un medio aparentemente ideal, aunque no lo sea.

Es habitual ver a la gente, por la calle, caminando y whatsappeando, esperando el turno en alguna tienda ejercitando el pulgar, o en la cola del cine…O dentro del mismo, para tortura de algunos, durante el visionado de la película. Se ha convertido en algo normal, que no extraña, que se acepta y se comparte. Y tiene sus ventajas, obviamente. No voy a enumerarlas. Como suele decirse, el medio es fantástico, otra cosa es el uso que se haga de él.  Aunque la verdad sea otra.

Lo que empezó siendo una moda adolescente ha cobrado vida en la adultez madurita, con el mismo entusiasmo obsesivo y catatónico. Un éxito comercial, sin duda. Nuevamente, se creó una necesidad donde no la hay. Y la compramos, sin cuestionarnos qué nos están vendiendo y para qué. Tragamos, consumimos con voracidad insaciable, digerimos mal y vomitamos.

Cada día llega más gente a consulta con malos entendidos comunicacionales, provenientes del maravilloso whatsapp. Y es que son muchos quienes viven en él. Se enamoran a través de mensajes escritos, se desenamoran, se decepcionan, se desafían, se cabrean, se dejan, se vuelven a querer, se odian, se vuelven a dejar… Y lo que es más sorprendente, a la par que absurdo, sin siquiera sentir la necesidad de verse, ni de tocarse, ni de decirse, ni de mirarse. Quizás ése sea su éxito y su fracaso.

Los malos entendidos son habituales, como lo es la no resolución de los mismos, ¿para qué si está clarísimo lo que el otro me dice y su intención? " Fulanito me dijo je je je en una clara señal de burla…Menganito tardó más de media hora en contestarme…eso quiere decir que no le importo ¿no?"
 Actos insignificantes que se elevan a categorías supremas.

Y es que lo que uno dice y lo que el otro entiende, a veces, ni es lo mismo ni se parece.

Asombrosa paradoja: un exceso de comunicación que incomunica, y no sólo a los participantes activos del tecleo obsesivo, sino también a éstos en su entorno real. 

No es raro ver a dos personas aparentemente juntas ( porque comparten una mesa y café), con sendas miradas puestas en sus pantallas móviles respectivas, en una actitud de ausente presencia. Sólo en cuerpo presente, sí, como los muertos, pero en vida, que es más triste si cabe.

Estar pendiente del móvil a todas horas, en cualquier lugar, no importa con quién estés ni para qué. Relaciones virtuales que no son relaciones, sólo intercambios impulsivos, de consumo rápido, perfecto para inapetentes. Sin arriesgar demasiado, y sin embargo, arriesgándolo todo.

Con los adolescentes quizás ocurra como nos pasó a nosotros con los walkman, que nos recluíamos en nuestra música y nos aislábamos del mundo, como una forma de vivir nuestros pensamientos, a solas, sin más compañía que nuestros ídolos, pero a otras edades, quizás sean otros los motivos…Y no sé si muy alegres.

Pasear por la calle viendo cabezas gachas, con serio riesgo de descoyuntarse las cervicales,  además de hostiarse con quienquiera que se cruce en sus caminos, me lleva a pensar que, bien mirado, esta moda duradera es una suerte para los fisioterapeutas, y por qué no, para nosotros, los psicólogos. Quizás debería verlo con más optimismo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

TRÁGICAMENTE CÓMICO


Provengo de una familia altamente dramática, donde se confunden graciosa y penosamente, dos géneros novelescos: el drama y la comedia.

Este trueque en el contexto de cualquier escena, provocará sin duda, situaciones de una perplejidad asombrosa, que le llevará a uno a preguntarse por su cordura.

Se dan aquellas escenas divertidas a ojos profanos, y desgarradoras a los propios ojos.
¿Quién no ha presenciado algo así? Situaciones ridículas de tan dramáticas, en las que el cerebro se colapsa sin saber muy bien como procesar…¿Me río por no llorar?

Personajes centrados en sí mismos, observadores catatónicos de su grandísimo ombligo, donde su exagerado sufrimiento o su desmesurada búsqueda del propio bienestar,  protagoniza todos los seriales. Trivializando lo dramático o dramatizando lo trivial, muy lejos de hacer divertida la vida, la complica y mucho.

Escenas explosivas, de grandes aspavientos, muecas retorcidas, portazos. Actuaciones aderezadas con un toque de amarga humillación. El otro, no sólo no me entiende, sino que además, se burla. Y es que, quien observa el espectáculo, gustaría de unas palomitas y algún refresco, aún a riesgo de atragantarse.

Situaciones absurdas en las que se sufre graciosamente a ojos ajenos (y a los propios, si fuéramos capaces de vernos en un espejo y en retrospectiva). Fruto de este sufrimiento histérico es la siembra del soberbio “yo siempre digo lo que pienso” (pero nunca pienso lo que digo)…¿Acaso no es ésta la mayor parodia de uno mismo? Creer en semejante memez nos convierte en un personaje ridículo de serie Z, una especie de justiciero torpón que se rompe la cara contra los malos, y que luego descubrirá que no lo son…Pero será tarde, como en una comedia de enredos al más puro estilo vodevil.

Quien funciona así, en modo tragi-cómico, funciona así para casi todo, y eso lleva a situaciones y a historias de un dramatismo, a veces, quijotesco.


Y es que, a menudo, confundimos qué género novelesco rige en nuestra vida…¿Cambiaría algo si descubriéramos que aquello que nos aflige, en realidad, es ridículamente tronchante o estúpido? ¿Y si fuera al revés? ¿Si la historia cambia, cambian también sus personajes? ¿Vivirían  la historia de un modo muy distinto? Y si vivir es, resumiendo y a lo bestia,“hacer” o “no hacer”, “decir” o “no decir”, ¿Harían o dirían éstos algo diferente? ¿Y algo diferente llevaría a un lugar distinto?
¿Y ese lugar distinto, puede que sea el que se persigue con tanta desesperación?

Como en una película, tal vez cambiando el foco, enfocaríamos mejor…




viernes, 26 de agosto de 2011

CUESTIÓN DE ACTITUD


Sir Ernest Shackleton fue uno de los grandes exploradores que ha conocido el mundo. En 1914 inició una expedición a la Antártida, acompañado de una tripulación de veintisiete hombres. Tras cinco meses de travesía, su navío, el ya mítico Endurance, quedó atrapado en el hielo, y sus tripulantes, abandonados a su suerte.

Aquella fue una aventura de lucha diaria por la supervivencia, en la que no sólo debían combatir las inclemencias del tiempo y la dureza de los glaciares, sino también convivir con otros enemigos, quien sabe si más poderosos, el tedio y el miedo a morir.

Aunque todos ellos eran hombres duros, ajados en el arte del sufrimiento, necesitaron de alguien extrañamente optimista para que pudiera recordarles, sin mencionarlo, las posibilidades de éxito. Una empresa difícil cuando el objetivo de la expedición se sabe fracasado, y la nueva meta a alcanzar obliga a un desafío aún mayor: regresar a casa sanos y salvos.

Atrapados en medio de la nada, en un paisaje de tortuosos y gigantescos icebergs, rodeados de una delirante calma, y conscientes de que el barco jamás volvería a zarpar, los ánimos podían flaquear peligrosamente. Vivir en la incertidumbre. Para enloquecer, para desfallecer, para desistir, para abandonarse y dejarse morir.

Pues si alguna vez hubo en la historia un ejemplo de supremacía, es sin duda el de este hombre, Sir Ernest Shakleton, que con su actitud dura pero sosegada, generosa y, sobretodo, calladamente optimista, supo liderar a un grupo de hombres, para que sobrevivieran al desánimo del “estamos perdidos, no hay nada que hacer” y lo actuaran como “estamos perdidos, hagamos algo para no enloquecer”. Idearon disciplinas diarias para ordenar el caos de la nada en un tiempo sin relojes, crearon competiciones estúpidas que ayudaran a aguzar el ingenio y a permitirse unas risas, y destinaron sus días con sus largas noches, a preparar el siguiente día.

Y la lucha del Hombre contra la Naturaleza acabó como tan pocas veces acaba, en merecidas tablas. La naturaleza les robó casi dos años de sus preciosas vidas, pero ni un día más. Aquel 29 de mayo de 1917, la epopeya llegó a su fin, y esta odisea a buen puerto. Toda la tripulación, los veintiocho del Endurance, llegaban a la costa de Inglaterra, de regreso a la vida. Gracias a este hombre que valoraba la actitud por encima de la habilidad.

“Por encima de todo, Shackleton juzgaba a alguien por el grado de optimismo que proyectaba. El optimismo, había dicho, es el verdadero valor moral. A los que no poseían este don, los miraba con transparente desprecio (...)” (Caroline Alexander. Atrapados en el hielo)

En una ocasión, al encargado de vigilar y racionar los alimentos de la despensa, lo sorprendió atesorando raciones para su propio uso personal, y lo que le dio a entender con ese gesto ruin, no era sólo una actitud mezquina, egoísta e insolidaria, sino algo mucho peor en una situación extrema como aquella, le dio a entender que era un pesimista morboso, y que no confiaba en que tendrían suficientes provisiones para el futuro; de modo, que a partir de entonces, lo miró con ojos despreciativos. Condenaba, más que cualquier otra debilidad, la actitud frente a la vida, de descarado y mezquino pesimismo.

¿Qué sería de los intrépidos expedicionarios sin el “Hagámoslo, ¿y por qué no?”

La actitud optimista acerca a las personas y las puede llevar lejos, incluso a sobrevivir.

La actitud pesimista aleja a las personas y las puede llevar lejos, incluso a dejarse morir.

Y no hay que pensar sólo en los célebres exploradores...