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lunes, 19 de octubre de 2015

AUTOINCULPACIÓN MANIPULADORA

El marido de su esposa, que resultó ser él mismo, descubrió que lo era cuando ella se lo dijo.

Antes de eso, y según me contaron, creyó ser el hijo de su mujer, para desconcierto de su señora, que en realidad no era su madre sino su esposa.

Un lío, vaya.

Roberto parecía un hombre cualquiera, un tipo razonablemente normal. Sin embargo, cuando intuía que se avecinaba viento del Norte (y con él su mujer), entonces, ocurría algo extraordinario: Como en el cuento de Alicia, nuestro protagonista se encogía más y más hasta casi desaparecer. Ante semejante prodigio, la mujer, que minutos antes se diponía a discutir con cierta vehemencia, se quedaba muda y sin argumentos “discutibles”.

Su marido se la había vuelto a jugar haciendo aquello que se le daba bien, adelantarse estratégicamente y arremeter con el arma más poderosa en la batalla marital: La autoinculpación. Una treta mucho más potente que la rendición, porque le añade el dramatismo de quien se ataca y hiere a sí mismo, obligando al otro a calmarlo y protegerlo.

La escena, a lo bestia y resumiendo, podría ser ésta:

- ¡Ay, ay, ay, ay!
-  Ea, ea, ea, ea...

Nunca infravaloréis a vuestro oponente (si es que entráis en guerra), y mucho menos si éste se proclama claro vencedor entonando el “mea culpa”. Os desarmará con su aparente derrota antes de que la trifulca se inicie, porque en realidad su debilidad es su fuerza. Si sois compasivos caeréis en la trampa y no sólo callaréis aquello que necesitabais decir, sino que además os sentiréis culpables siquiera por haberlo pensado.

¿No merece este giro acrobático una auténtica ovación?

Y si además, vuestra pareja de baile es hábil en el arte de la indefensión, seréis vosotros quienes acabaréis defendiéndolo a capa y espada y disculpándoos por vuestro “mal hacer”.

Touché.

Un buen movimiento para un mal resultado, porque evitar discutir no resuelve, oculta.

Con el tiempo y mucho sufrimiento, la mujer descubrió la Táctica Infantil del Desertor y dejó de alimentarla. Por consiguiente, el niño no creció (¿o sí?) y su marido regresó a casa.


Y colorín colorado...éste es el cuento que te he contado.





lunes, 24 de enero de 2011

¿CALLADITA ESTOY MEJOR?


“Las cosas no funcionan entre nosotros, pero nos llevamos bien porque no discutimos nunca

Frases como ésta rechinan en mis oídos como las uñas de un profesor arañando la pizarra; y hacen que mis labios emitan un ruidillo peculiar como de silbar hacia dentro. Qué sensación tan curiosa…lo de la pizarra. En la escuela se producía esa especie de sonidito bucal colectivo (que yo mantengo) como una breve aspiración hacia dentro, fruto de una sensación confusa, mezcla de susto y rabia, que apenas duraba un segundo, pero cuyo efecto arrollador conseguía congelar el momento y paralizar la clase. Unas risas al unísono, un instante de complicidad compartida, y vuelta al punto de partida. Un fugaz paréntesis que nos permitía despertar de la aburrida clase.

A día de hoy, frases como esa me despiertan otras cosas menos cándidas.

¿Dónde hemos aprendido eso? ¿Quién nos enseñó que discutir es malo?

Discutir es estupendo, altamente recomendable y muy saludable. Deberían prescribirlo los señores médicos. Ahorraríamos en fármacos antidepresivos, en ansiolíticos, y ni te cuento en aspirinas para el dolor de cabeza, o protectores estomacales para la acidez… En fin, que no sólo el tabaco es malo para la salud, vamos.

Me reitero: soy fan del arte de discutir y proclamo sus beneficios saludables. Eso sí, hay que saber discutir. Discutir no es enfurecerse como maníacos y escupirse a la cara sin saber a dónde apuntar ni con qué fin. Hay que aprender a discutir bien. Discutir es tener la libertad y capacidad para expresar al otro las diferencias de parecer sin agredir, sin someter. Discutir es plantear opciones distintas y valorarlas. Implica permitirse uno mismo y al otro, descubrir sus verdades, sin cortapisas ni tapujos, con honestidad y sin brutalidad. Todo un arte, sí.

Cuando las parejas se niegan la oportunidad de “discutirse”,se niegan a escucharse y se niegan como pareja. Se cierran posibilidades. Y se vive miserablemente en una absurda mentira de anhelos y reproches silenciados, en soledad compartida. En falsa calma. ¿Es eso llevarse bien?

Atreverse a discutir con la pareja es respetarse a uno mismo y a quien escogimos para compartir un proyecto de vida común. Es un acto responsable. Encontrar el modo de expresar al otro lo que pensamos y sentimos es señal de fortaleza y valentía, de coherencia y salud mental. Enfadarse es parte del trato, es una respuesta legítima basada en un reconocimiento y aceptación de los aspectos odiosos, molestos o enervantes de nuestra pareja, porque haberlos hailos, qué caray. Todos somos rematadamente “odiables”. Algunos le llaman “odio cooperativo” (Jane G. Goldberg) y lo defienden como parte del amor cooperativo y maduro, justificadísimo por los inevitables rasgos odiables del otro. El amor maduro no puede ser siempre bueno, cálido y maravilloso. Ni debe serlo.

Qué sentido tiene evitar el conflicto, si callarlo no hace que desaparezca, sino todo lo contrario, lo perpetúa y lo alimenta. Se invierte más energía en evitar decir algo (en andarse con pies de plomo), que en decir aquello que necesitamos decir y que sea escuchado.

Y después de la tempestad, vino la calma…