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viernes, 24 de julio de 2015

ALGO QUE DECIRTE

La acosaba día y noche. Poco a poco fue perdiendo la esperanza de sentirse a salvo. Presa del pánico se retiró de la vida recluyéndose en casa. Pensó que allí no la alcanzaría, que los cerrojos de la puerta evitarían que entrara, pero vendió su libertad a cambio de nada. El miedo impregnó cada estancia. Las paredes susurraban su nombre obligando al corazón a bombear con tal fuerza que temió no lo soportara. Sabía que llevaba tiempo acechándola, aunque tardó en reconocer su presencia. Buscó disculpar sus llamadas a medianoche, rehusó escucharla cuando ésta le suplicaba. La negó durante tanto tiempo que se negó a sí misma. Y ahora, allí se encontraban ambas, prisioneras inseparables como en dulce venganza.

-La vida se escapa-decía sollozando, mientras miraba furtivamente la libertad a través de la ventana.


-La vida te busca. No me rehuyas. Escúchame. Tengo algo que decirte, le decía sonriente su ansiedad, mientras se acercaba.  




jueves, 20 de noviembre de 2014

PRETENDIENTES

Hacemos mal pensando que hacemos bien. Qué paradoja.

Marta se había enredado en una historia complicada. Un novio poco saludable, y unos suegros aún menos deseables. Malos tratos, drogas, y un sinfín de desencuentros tóxicos, comenzaron a inundar la vida de la joven Marta. Apenas había cumplido los dieciocho y su aspecto correspondía al de alguien avejentado. Un rostro pétreo, unos andares pesarosos y un discurso aprendido: “No pasa nada, estoy bien”.

La chica se esforzaba en aparentar serenidad cuando sus niveles de ansiedad la delataron.

Sus padres, que observaban a diario su declive emocional y físico, estaban desesperados. Buscaron el modo de acercarse a ella, pero sólo obtenían una esforzada sonrisa acompañada de un “de verdad, no os preocupéis, si no me pasa nada”.

Indagaron, interrogaron a las amigas de Marta en busca de información que les ayudara a entender. No descubrieron más de lo que ya sabían: las historias de amor cuando dejan de serlo (si lo fueron alguna vez), se convierten en algo malo. Y ésta no era una excepción, a la que, para su desgracia, se añadía un retorcido juego familiar de exigencias ambivalentes por parte de la familia del novio hacia ella.

Nada enloquece más que el sufrimiento por amor, cuando éste no está. Si el otro lo sabe y es hábil, aprovechará la desdicha para minar hasta el recuerdo de lo que fue, y activará en el otro, con sutil maestría, la sensación siempre tiránica del “siéntete en deuda conmigo”, un pago que no se salda sin el perdón del otro.

Si Marta hubiera encontrado el modo de defenderse a sí misma de personas que no le hacían bien, sus padres, no hubieran sentido la necesidad de movilizarse para salir a su rescate.

Negarse uno mismo el propio cuidado, obliga a los otros a cuidarlo a uno. Con o sin permiso.

El resultado: “Cuanto más indefensa vemos a la víctima, el culpable nos parece más culpable, y la necesidad de actuar en su nombre será mayor. En consecuencia, se aumenta el número de inocentes sufriendo y la intensidad del dolor, del resentimiento y del sentido de injusticia”

Y así fue como Marta descubrió que pretendiendo no preocupar, preocupaba, y pretendiendo evitar, no evitaba.

Hacemos mal pensando que hacemos bien. Qué paradoja.



sábado, 9 de noviembre de 2013

CUANDO LO CORTÉS QUITA LO VALIENTE

"No es que ellos no puedan ver la solución, es que no pueden ver el problema" (G.K. Chesterton)



Acudieron a terapia religiosamente, casi con devoción cristiana. Suponían que la bienintencionada terapeuta no incurriría en temas espinosos que pudieran hacer peligrar su maravillosa relación marital. Al fin y al cabo, se supone que uno va a terapia para "arreglar" las cosas, no para discutir(las).

Pero supusieron demasiado, y demasiado siempre es mucho. Siempre.



Aquellos tortolitos que una vez fueron, quedaron atrapados en su dulce estampa. Estampados. Congelados en el miedo de ser descubiertos como cómplices de una infelicidad encubierta. Deshonestos con ellos mismos y con el otro, se cruzaban palabras amables, sonrisas cordiales y se daban la razón insistentemente, con movimientos de cabeza nerviosos, constantes, como lo hacían aquellos perritos que hace décadas habitaban en la parte de atrás de los coches.


Y es que lo cortés, a veces, sí quita lo valiente.


Tantos años evitando hablar de lo que de verdad importa, lleva al ostracismo: Sentirse solo aún viviendo muy acompañado.



Empeñarse en "no tocar temas" provoca cierta situación grotesca, sobre todo en un contexto de psicoterapia, donde lo que se esconde es precisamente lo que emerge. 

Una escena curiosa, más trágica que cómica.

Se invierte mucha energía en no decir lo que uno necesita decir a quien necesita decírselo. En lugar de eso, se finge estar bien y se malgasta un tiempo precioso en ocultar lo que ni merece ni debe ser ocultado. Parchear la angustia o el agravio o la rabia o lo que sea que uno sienta con respecto a su pareja por no atreverse a decir o a hacer, supone buscar atajos. Un buen amigo puede servir, aunque vomitar sobre él todas nuestras cobardías,sólo nos hará más conscientes de nuestra desdicha, nada más. El tiempo no cura nada, ni nada arregla, a no ser que uno haga algo con él. El tiempo sólo pasa.



Y la triste parejita descubrió más tarde que pronto, que el problema no es hablar y discutir y enfadarse y llorar y temer y preocuparse y sufrir...El problema, es precisamente no hacerlo.



Y aprendieron que cuando las palabras no se pronuncian, aunque no se digan, ahí están. Sólo se esconden, no se van. Y el tiempo no las borra, las reescribirá...


















ilustración:  El Roto
















lunes, 8 de octubre de 2012

¡NO HUYAS COBARDE!



La cobardía nos acompaña más de lo que desearíamos. A veces, se esconde de nosotros como un mal bicho y en su empeño por ocultarse, se agarra a nuestra espalda y nos empuja a hacer cuanto tememos.

Esto me recuerda a Martín, un tipo bonachón, que rondará los cuarenta, y cuyo miedo atroz a sentirse libre lo encadenaba. Desde siempre su vida había sido una colección, no muy amplia, de parejas. Mujeres solitarias necesitadas de alguien.

Martín nunca fue feliz. Vivía su vida siguiendo las coordenadas de su pareja de turno. “Mientras no esté solo, me sentiré acompañado,” pensaba casi a diario. Una cantinela que uno se repite cuando siente la necesidad de justificar o justificarse, aunque lejos de tranquilizar, inquiete. Malvivir ni siquiera es sobrevivir, es vivir mal. Y muchos no lo llevan bien. Martín era de esos.

Así fueron pasando los años y las mujeres. Las rupturas siempre llegaban. Parejas hartas de vivir solas aunque en compañía. Compañeros de piso, que no parejas.

Pero llegó el día que Martín se cuestionó a sí mismo. Miró atrás y vio un rastro de nombres de mujer. “¿He sido yo?” Se preguntaba temiendo la respuesta. Y empezó a cuestionarse. Como todo lo que se empieza y no se sabe, se cuestionó mal: “Es que he descubierto que no sé vivir en pareja”, me dijo. Aunque lo que aún debía descubrir es que no sabía vivir solo…

Cuando se huye de uno mismo, se corre tan aprisa que se tropieza. No hay dirección ni destino.

Lo volví a ver al cabo de unos meses:

-          - Esta vez lo he hecho. YO he dado el paso. Me sentía insatisfecho en esta relación y se lo he dicho. Le he dicho lo que pensaba.
-          - Vaya un atrevimiento…¿y cómo ha ido?
-          - Pues le he dicho: “Te veo mal, insatisfecha, como si yo no te aportara lo que necesitas para sentirte bien, así que entendería que quisieras dejarlo…Y es que tú te mereces ser feliz…”
-          - O sea, pusiste en su boca lo que no te atreviste a soltar por la tuya…¡Huiste, de nuevo, por la puerta de atrás!

¡¡¡¡¡¡Cok-cok-co-Coooookkk!!!!!!!!!!!!!!!

Se oyó un cacareo en la sala. Alguien sufriendo un ataque de valentía o poniendo los huevos para darle la vuelta a la tortilla…





lunes, 21 de febrero de 2011

¡TODOS AL SUELO, COÑO!


El viernes, en el programa Millenium del canal 33, se hablaba del golpe de estado del 23F. Los invitados explicaban, en primera persona, sus vivencias en aquel histórico día.

Me fascinó el relato de la Sra.Anna Balletbò, por aquel entonces, diputada socialista (joven, mujer y embarazada) presente en el hemiciclo el día en cuestión.

Cuando el presentador preguntó a los tertulianos si temieron por su vida en algún momento, si sintieron miedo, la Sra. Balletbò sorprendió con una declaración absolutamente soberbia acerca de cómo funciona el mecanismo del miedo (y sus defensas) en situaciones de extrema necesidad.

Recordaba que aquel día, en el hemiciclo, cuando los militares entraron en la sala, ella, probablemente como todos los allí presentes, se sintió confusa, no entendiendo el alcance de lo que aún estaba por llegar. A los pocos minutos, y habiendo comprendido ya, sus mecanismos de defensa se pusieron a funcionar…¿Cómo? Buscando opciones de supervivencia. Cuando se oyeron los primeros tiros, en un acto impulsivo, de reacción inmediata, se encogió sobre sí misma, con la cabeza entre sus piernas, protegiendo su barriga…protegiendo a su hijo, mientras esperaba sentir la bala atravesar su cabeza.

En cuestión de segundos, y ante una situación altamente ansiógena, esta mujer hizo algo. Proteger con su cuerpo, a su hijo aún no nacido. Era todo cuanto podía hacer, pero también pudo no hacer nada. Ella optó por actuar, dentro de sus posibilidades.

Minutos después, decidió actuar nuevamente: agarró del brazo al militar armado, que tenía a su lado, y mostrándole su embarazo, le pidió salir de allí. El militar accede. Nuevamente actúa, y consigue salir hacia la calle y ponerse a salvo.

Esta mujer expresa con claridad como mientras tenía opciones de hacer algo, el miedo no avanzaba, no la invadía haciéndola prisionera. Mientras podía actuar, mientras tenía opciones de hacer algo, por insignificante que pudiera parecer, se sentía “que no perdía el control sobre su vida”, que aún podía tomar decisiones al respecto.

Fue cuando salió al exterior, que empezó a sentir sensación de pánico…Ya no podía controlar qué estaba pasando allí dentro…ya no podía hacer nada dentro de la sala. Pero volvió a actuar, haciendo en esa nueva situación, aquello que sí estaba en su mano hacer: llamó al Rey para informarlo y prosiguió con las gestiones políticas necesarias en una situación de crisis.

El miedo genera ansiedad. La ansiedad sobreactiva el cuerpo, demandando “hacer algo” para responder a la supuesta amenaza. ¿Hacer frente o evitar? Dos opciones posibles. Sólo una reduce los niveles de ansiedad…y, por tanto, de miedo. Curiosamente, aquella opción que parece momentáneamente “salvarnos”, nos hace rehenes. No nos libera sino que nos aprisiona…cada vez un poquito más. Hasta perder la libertad.

No puedo hacer nada…No puedo hacer nada…no puedo hacer nada…

¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer?