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domingo, 25 de septiembre de 2016

"DE TAN BUENO, TONTO"

“De tan bueno, tonto”. Probablemente sea una de las mentiras más dañinas que el ser humano haya inventado.

Escudarse en la bondad para justificar el daño es una tendencia natural en los seres humanos porque buscamos librarnos de nuestra incompetencia como personas honestas, generosas y valientes, cuando lo que de verdad nos dibuja es el egoísmo, la pasividad y la cobardía.

Ésta es una frase nacida para tal fin.

Si algo sabemos hacer bien las personas es sacudirnos la propia responsabilidad bajo múltiples excusas, de las cuales en mi opinión, la más deleznable y mezquina es la que se pronuncia bajo las palabras “esto me pasa por bueno”, en lugar de “esto me pasa por cobarde”.

Son cosas distintas que se parecen poco.

Si observamos con detenimiento a personas que se parapetan bajo esta mentira, veremos el enorme beneficio que les reporta. Esconderse bajo una etiqueta amable, les permite acomodarse bajo la protección de otro, que asuma la acción que éstos esquivan. Y también los errores, claro, porque ¿el que nada hizo de nada es responsable, verdad?

 Pensemos.

No hacer nada por miedo o cobardía, ¿te exime de responsabilidad?

Existen parejas en los que uno de ellos es el “pobre, de tan bueno, tonto”, que aguanta humillaciones, ataques impertinentes o maltrato en cualquiera de sus variantes, y es curioso como suele gozar de la compasión de los otros. Sentirse “el bueno” de esa ecuación debe compensar el continuo atentado contra la propia dignidad. O no...No lo sé. Lo que sí sé es que de ningún modo esa actitud pasiva y permisiva es algo que tenga que ver ni remotamente con “La Bondad”. El desprecio por uno mismo no es bondad, la cobardía no es bondad, la pasividad no es bondad.

En mi opinión, esta actitud se regodea en la autocompasión complaciente. La tiranía del “débil” se oculta tras la falsa fragilidad...¿o falsa bondad?

Evitar vivir la vida sin atreverse no es honrado ni benévolo, sino todo lo contrario.

“Es que por no hacer daño se calla...de tan bueno, tonto...pobre”

Entonces, ¿Es la Asertividad una actitud insolente, propia de mala gente?

Seamos buenos y valientes, no tontos y cobardes...








martes, 11 de enero de 2011

LA BONDAD MAL ENTENDIDA



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“Es tan buena nena, tan obediente y sumisa…Nunca se queja”

Con estas inquietantes palabras definía una mujer a su hermana. Ambas superaban los cincuenta.

¿Qué le lleva a alguien a elevar la sumisión y la obediencia a la suprema categoría de virtud? ¿Qué vida miserable le lleva a uno a tan tremenda confusión? ¿Qué cosas habrá visto sus ojos y sentido sus entrañas para llegar a tan desesperada conclusión?

Tremebunda afirmación, dicha con la aplastante convicción de quien no se cuestiona otras posibilidades. Triste. Desolador. Las palabras esconden tras de sí, las creencias más arraigadas, aquellas que forman parte de nuestra manera de ver y entender el mundo, y por tanto, de obrar en consecuencia. Somos lo que decimos. Brutal.

Para esta persona, no cabe duda alguna, que las mujeres honrosas son aquellas que callan y sufren en soledad el amargo sabor del más grande sacrificio: la renuncia de sí mismas. El silencio atronador de la invisibilidad. 

No hablo, no digo, no protesto…No soy. 

En esta historia que hoy cuento, su protagonista ni siquiera es ella, tan invisible es. Me inquieta la hermana que pronunció ese desquicie ¿Qué hay detrás de esas palabras? ¿Qué pudo pasar en su vida para decretar con tamaña rotundidad tan dolorosa creencia? 

Indagué. Exploré intentando entender…y entendí. 

Infancia dolorosa. Ojos que vieron cosas que no entendieron, o que no soportaron entender. Interpretaciones necesariamente erradas por supervivencia emocional.
Esta mujer de más de cincuenta, una vez fue niña, y vio cosas que no debió ver, y sintió cosas que no debió sentir. Hija de padre maltratador y madre sumisa, objeto de palizas y vejaciones, creció creyendo en la bondad de su progenitora y en la necesaria disciplina adoctrinante de un padre que vela por el bienestar de la familia. Así deben ser las cosas. 

Sentirse hija de un bastardo malnacido y de una madre incompetente debió de ser inasumible. Los hijos quieren a sus padres incondicionalmente, mal que les pese. Embellecerán, si es necesario,la escena del crimen; reescribirán su historia de héroes y villanos, confundiendo quien es quien, porque los lazos que nos unen a ellos, a nuestros padres, son invisibles pero férreos, y a veces atan más que unen.

Recordaba a su madre como una mujer bondadosa que para evitar la confrontación con un marido déspota, permanecía arrollidada, sacrificada, callada y dispuesta. Cuanto valor le otorgó esta hija a una madre ausente, a una madre-nadie, a una madre muerta. Su hermana también aprendió “esa virtud”, y como ferviente admiradora de una madre sufriente, la relevó de su cargo, asumiéndose también como experta receptora de reveses, y así fue como se casó con quien la cortejó, aceptando a cualquiera que quisiera quererla…o no. Quien era ella para pretender nada.

“Porque es tan buena nena, tan obediente y sumisa…Nunca se queja”