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domingo, 4 de noviembre de 2018

PERO EN EL FONDO ME QUIERE...


Tenía el aspecto de alguien culpable. No tanto porque lo fuera, sino porque lo parecía. Ese es el enorme poder de la actitud que uno asume.

Inés acudió a terapia porque decía no saber cómo complacer a su Don Juan. Su sufrimiento era enorme y sus síntomas depresivos.

Hiciera lo que hiciera parecía no satisfacerlo. A lo largo de los casi ocho años de relación (con algún descanso forzoso a voluntad de él), Inés había destinado su vida a consagrarlo. Su dedicación era absoluta, habiendo llegado a esa devoción sin darse cuenta, poco a poco, sacrificando día a día una porción de su libertad.

Dejó de frecuentar a sus amigas, de las que se fue apartando paulatinamente, al principio llena de razones y al final cargada de excusas. Luego dejó de ir a sus clases de baile, a sus paseos por la playa, y a todo aquello que no lo implicara a él.

A cambio de su disponibilidad a tiempo completo, Juan le devolvía desprecio y humillaciones, vejaciones, también. Golpes escupidos en forma de palabras que herían más que los puños. Inés, como buena devota, los encajaba poniendo la otra mejilla y suplicando perdón.

Cuando se conocieron, ella sufría de “Miopía inicial”, esa maldita dolencia que impide ver más allá de tus propias narices. En aquella época, Juan ya apuntaba maneras con gestos desagradables y alguna palabra fuera de tono, que ella se afanaba en puntualizar con un “ya pero en el fondo es muy majo”, como si hubiera que bucear en las profundidades de una persona para encontrar lo que se aprecia de ella.

Con el tiempo, la miopía inicial se convirtió en “Estrabismo tardío”, una suerte de mal que te permite ver bien todo lo que el otro hace por mezquino que sea. Una especie de alucinógeno que obliga a ver la realidad deformada.

Inés pasó de la duda razonable “¿seré yo quién está viendo las cosas como no son? a la sentencia condenatoria: “él tiene razón, yo tengo la culpa”

Se inocula el virus de la duda que dará lugar a la infección.

Los continuos reproches de Juan, la crítica, las burlas, la humillación, el silencio punitivo, la manipulación, la acusación...eran formas de abuso que buscaban mermar la integridad psicológica de Inés.

Juan era un abusador, un maltratador cuya seguridad emocional dependía de tener el control. Y cuando se busca subyugar no hay negociación ni compromiso. Mucho menos amor.

En una relación saludable y viva, no hay un yo observador e inalterable que está midiendo al otro. Hay reciprocidad. Un enriquecimiento y cuidado mutuo.

Inés aprendió a esquivar las batallas asumiendo su derrota. Se tragó la rabia, acusándose a sí misma, y añadió al dolor el autodesprecio, la forma más dramática de humillación porque proviene de uno mismo. Pronto aparecerían los síntomas depresivos que la llevarían a terapia.

Cuando se tiene el “yo” secuestrado, ¿Cuál es el pago por su rescate?

Pasar de la mirada centrada en ÉL: “Pero él dice, pero él piensa, pero él...él-él-él” a la mirada centrada en sí misma: “Yo opino, yo siento, yo creo, yo quiero...” será el pago necesario que le llevará a enfrentarse al aislamiento y a comprender la solitaria responsabilidad que tiene por su propia vida; que es ella quien la ha creado, y que es ella y sólo ella quien puede cambiarla.

Al final, con suerte uno aprende qué puede obtener de los otros, pero también, qué no puede obtener por más que se sacrifique.

sábado, 15 de agosto de 2015

¿SE PUEDE AYUDAR AL EGOÍSTA CON BUENAS INTENCIONES?

Justificaba sus malos modos. Angelina parecía tolerarlo aun con desgana. Verás, me decía, es que él no se da cuenta, no obra de mala fe. Y con ese argumento, que en realidad no lo era, acababa todas las discusiones con quien quisiera iniciarlas.

Deduje que algo no andaba bien...

Angelina rondaba los cuarenta cuando la vi por primera vez. Llegó a consulta con una demanda tan errada como inútil “Que mi familia y amigos dejen de ver a Jaime como una mala persona”

Jaime no estaba presente ni pretendía estarlo. Obviamente el problema lo tenían los otros, y entre los otros se contaba su mujer, Angelina.

La familia de ella, al parecer, estaba harta de soportar los malos modos de Jaime, traducidos en desplantes, malas caras, contestaciones irrespetuosas y una actitud altamente soberbia. Las comidas familiares hace tiempo que dejaron de serlo gracias a él. Jaime reventaba las celebraciones con cualquier excusa, asegurándose que sus malas caras y peor lengua dejaran claro su postura impertinente.

Angelina nadaba entre dos aguas esperando salir a flote pero se ahogaba. Sufría viendo actuar así a su marido, pero lo disculpaba con un nada convincente “es que él es así”.

Además ocurría algo curioso: mientras más se esforzaba ella en defenderlo, más los cabreaba.

Angelina explotó el día que le oyó decir a su padre que Jaime era una mala persona.

¡Mala persona! En la conciencia de cualquiera, mala persona es quien mata o roba...Pero también quien hace daño intencionadamente a otro...¿no?

“Pero Jaime no es mala persona...es que él es así, tiene un carácter fuerte y es testarudo, pero no se da cuenta...” éste era el pobre argumento de Angelina.

Pues claro que Jaime se daba cuenta de las consecuencias de sus actos, no era idiota. Pero supongo que en la mente de cualquiera, para tildar de “mala persona” a alguien se necesita atribuirle una buena dosis de maldad, pero...¿la intención de herir a alguien para salir uno victorioso, es propio de buenas personas? ¿Sacrificar el bienestar de los demás por puro placer egoísta, es propio de buenas personas? ¿Crear sufrimiento en tu pareja a cambio de alimentar tu ego, es propio de buenas personas?

Mirad alrededor de este tipo de personas y veréis cadáveres, aunque estos sólo sean emocionales.

Me pregunto si sólo los delitos de sangre son delitos y si el egoísmo no es el cimiento de la maldad...





jueves, 20 de noviembre de 2014

PRETENDIENTES

Hacemos mal pensando que hacemos bien. Qué paradoja.

Marta se había enredado en una historia complicada. Un novio poco saludable, y unos suegros aún menos deseables. Malos tratos, drogas, y un sinfín de desencuentros tóxicos, comenzaron a inundar la vida de la joven Marta. Apenas había cumplido los dieciocho y su aspecto correspondía al de alguien avejentado. Un rostro pétreo, unos andares pesarosos y un discurso aprendido: “No pasa nada, estoy bien”.

La chica se esforzaba en aparentar serenidad cuando sus niveles de ansiedad la delataron.

Sus padres, que observaban a diario su declive emocional y físico, estaban desesperados. Buscaron el modo de acercarse a ella, pero sólo obtenían una esforzada sonrisa acompañada de un “de verdad, no os preocupéis, si no me pasa nada”.

Indagaron, interrogaron a las amigas de Marta en busca de información que les ayudara a entender. No descubrieron más de lo que ya sabían: las historias de amor cuando dejan de serlo (si lo fueron alguna vez), se convierten en algo malo. Y ésta no era una excepción, a la que, para su desgracia, se añadía un retorcido juego familiar de exigencias ambivalentes por parte de la familia del novio hacia ella.

Nada enloquece más que el sufrimiento por amor, cuando éste no está. Si el otro lo sabe y es hábil, aprovechará la desdicha para minar hasta el recuerdo de lo que fue, y activará en el otro, con sutil maestría, la sensación siempre tiránica del “siéntete en deuda conmigo”, un pago que no se salda sin el perdón del otro.

Si Marta hubiera encontrado el modo de defenderse a sí misma de personas que no le hacían bien, sus padres, no hubieran sentido la necesidad de movilizarse para salir a su rescate.

Negarse uno mismo el propio cuidado, obliga a los otros a cuidarlo a uno. Con o sin permiso.

El resultado: “Cuanto más indefensa vemos a la víctima, el culpable nos parece más culpable, y la necesidad de actuar en su nombre será mayor. En consecuencia, se aumenta el número de inocentes sufriendo y la intensidad del dolor, del resentimiento y del sentido de injusticia”

Y así fue como Marta descubrió que pretendiendo no preocupar, preocupaba, y pretendiendo evitar, no evitaba.

Hacemos mal pensando que hacemos bien. Qué paradoja.



jueves, 27 de octubre de 2011

¿POR QUÉ LE LLAMAN AMOR CUANDO QUIEREN DECIR DEPENDENCIA?



“Hagamos un trato. Si tú me dices ven, lo dejo todo. Verás cuanto te quiero: dejaré de hacer todas aquellas cosas que me entusiasman…Por ti. Dejaré de decir en voz alta lo que necesito decir. Me apagaré a tu lado, pero sabré disimularlo tan bien, que ni siquiera lo notarás. Sabré fingir para ti. Sabré darte todo aquello que anheles aunque a mí me haga pedazos. Renunciaré a mis pequeños placeres para vivir los tuyos aunque los aborrezca. Dejaré de ser quien soy para ser quien yo creo que tú quieres que yo sea. Seré tu sombra…pero no será alargada, no temas. Caminaré siempre detrás de ti, atenta a tus pasos.

Y todo este sacrificio tan generoso estoy dispuesta a hacerlo sin pedirte nada a cambio…sólo que tú estés a mi lado. Que no me abandones. Que me permitas ser tu esclava para que tú puedas ser mi amo. Da igual si me explotas o te apiadas de mí, sólo te pido que me dejes estar contigo. No merezco más.”

Este es el mensaje que entiendo yo de la campaña de televisión de una conocida operadora de telefonía, a pesar de venderlo como amor sublime y desinteresado. Nada más lejos.

Empeñarse en que el otro nos quiera es atentar contra la libertad de hacerlo o no, y una muestra clara de egocentrismo infantil.

Y es que la fórmula que los genios creativos de esta campaña publicitaria nos venden es peligrosamente errónea:

Sacrificarse, siempre implica renuncia, y la Renuncia implica malestar, y el Malestar implica Infelicidad.

Y por mucha contención disimulatoria que se pretenda, al final, uno explota. Se puede explotar para fuera (rabia, bronca)o explotar para dentro (rabia, tristeza, depresión). Pero se explota y se explota mal. Seguro. Añadiendo al drama la exigencia del cobro por los servicios prestados: “Después de todo lo que yo he hecho por ti…y así me lo pagas” .

Y a tomar viento el amor incondicional, porque incondicional nunca fue.

Y es que pretender que sea el otro quien llene mi vacío, es pretender demasiado. Y además es cargarle la responsabilidad de nuestro bienestar, lo cual es de una mezquindad supina.

¿Y se supone que esto es amor? ¡Pues viva la deshonestidad emocional, la dependencia complaciente y la esclavitud en nombre del Amor! Qué despropósito.

Pero no sé porqué me indigno, al fin y al cabo, anuncios así nos abonan el terreno a los psicólogos. De hecho, deberíamos pagarles un canon…

miércoles, 21 de septiembre de 2011

VÍCTIMA Y VERDUGO


Hay quien hace suyo el himno pamplonés de fin de fiesta y martillea con El pobre de mí, cual mantra machacón, a quien quiera ponerle orejas.

Ese tipo de personas que abraza la compasión con furor cristiano. Pero la compasión del otro, por supuesto.

Los reconoceréis por su generosidad. Son tan desprendidos de sí mismos, que reparten quejidos lastimeros por doquier, allí donde vayan. Os regalarán horas y horas de penúrias sobre su mala fortuna. Os dirán que La Suerte jamás quiso acompañarlos (pronto vosotros tampoco). Personas sensibles a la propia desgracia. La suya siempre es más grande que la tuya. No los desafiéis con vuestras nimiedades. Sería obsceno.

Ni se os ocurra ofrecer ánimos, mucho menos alternativas de solución, o descargará sobre vosotros fuego enemigo, balas de punta hueca que no podréis esquivar.

Las oiréis silbar así:

“¿Pero cómo voy a hacer eso?” “¿Pero es que no ves que no puedo?” “¿Cómo se te ocurre?” “¿Es que no te das cuenta de cuanto sufro?”

Y las que se guardan en la recámara, ya sabéis, las mortíferas, aquellas que van directas al corazón, sin compasión:

“Y yo que me pensaba que me comprenderías…Pero ya veo que no…Con todo lo que yo me he sacrificado (por ti)…¡La vida es injusta! ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Todo me sale mal…”

(Momento drama con música de fondo: violines chirriantes y aporreo de piano in crescendo…voz en off molestamente chillona, olvidaros de la elegancia silenciosa)

Y resuena algo así:

“Mi vida es un erial

flor que toco se deshoja,

Y en mi camino fatal,

alguien va sembrando el mal

para que yo lo recoja” (G.A. Bécquer)

Momento apoteósico…El éxtasis: POBRE DE MÍ ¡!!!!!!!!!! (aquí empieza a sonar el himno “mántrico”)

A estas alturas, querido amigo o amiga, te hallas en un aprieto. Empiezas a flaquear, a sentir las punzadas de la culpa, al fin y al cabo, puede que esta insufrible sufridora te preocupe, puede que sea alguien querido, y te duela de verdad su dolor. Con toda seguridad, se cerciorará de que así sea. Le has fallado. Te has atrevido a proponerle “curación”, posibles salidas a su desesperación, en lugar de ofrecerle lo que te exige: que le permitas perpetuarse en su quejido, en su alarido lastimero, para que pueda seguir dando vueltas sobre sí misma, como el pez que se muerde la cola y se devora a sí mismo.

Y es que cada cual es responsable de la vida que decide vivir. Para bien y para mal. Acusar al otro de la propia desdicha es la prueba irrefutable de la propia incompetencia. Uno es lo que hace.

miércoles, 9 de marzo de 2011

LA DEPENDENCIA EN NOMBRE DEL AMOR


Séneca dijo “No hay esclavitud más vergonzosa que la que se asume voluntariamente”, y alguien añadió “y el autocastigo la forma más degradante de humillación porque proviene de uno mismo”.

Ambas recuerdan a algunas parejas que se construyen falsamente en nombre del Amor.

Disfrazar de Amor lo que en realidad es miedo o necesidad. Nada nuevo. Tabla de salvación que pueda rescatar al náufrago de una muerte imaginada y no por ello menos amenazante. Tabla de salvación para quien se siente perdido y solo. Tabla de salvación para quien nunca fue alguien para nadie y se descubre, un día, que existe, porque alguien pronunció su nombre.

Estar a salvo es sobrevivir, que no es lo mismo que vivir bien. Se busca seguridad y protección. Se le exige a la tabla de salvación que nos lleve a flote, que no a buen puerto. Sólo a resguardo. Se le exige que se haga cargo de nosotros porque nos declaramos incompetentes para nuestro propio cuidado. Delegamos nuestra supervivencia, ni siquiera nuestro bienestar. Del disfrute ni hablamos. Son parejas que se sufren, aunque en secreto. Que se viven en un sinvivir. Que conviven sin compartir, en soledad.

Sorprende su transitar. Sin pasión, sin alegrías. No merecen más. Incómoda seguridad.

En nombre del amor y de la falsa seguridad, cuanto mal.

Resignarse a mal vivir es una opción, pero no la única posible.