Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reflexiones. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de octubre de 2016

JUGANDO CON LA COMIDA

LA COMIDA, eso con lo que  SÌ se juega.

Un bien preciado que en lugar de honrarlo con el mejor de los cuidados, a menudo se desprecia o se castiga su disfrute.

La comida mueve el mundo, por carencia o por excedencia. Una necesidad básica convertida en lujo innecesario o en sobrealimentación ostentosa. Un despropósito digno de locura.

Vivimos en un mundo obsceno, en el que medio mundo se muere de hambre y el otro medio está hambriento por morir.

La extrema delgadez y la obesidad se reflejan en el mismo espejo, pero la comida no sólo sirve para tragársela o escupirla. Se juega con la función que se le otorga, que es múltiple y dispar.

Fascinante el doble uso que hacemos de ella: la usamos por placer, para regalar/nos... y para castigar/nos, también.

De niños se nos regala “tu comida preferida”, “el pastel de cumpleaños” “los caramelos si te portas bien” y a la par se nos castiga con “te quedas sin postre si te portas mal”y “si no te comes la verdura, no hay Play”

De mayores nos sofisticamos en la gratificación y en el castigo, aunque en esencia seguimos haciendo lo mismo: Nos deleitamos con suculentos manjares, nos regalamos comidas exóticas en maravillosos restaurantes, ofrecemos nuestros mejores deseos en una caja de bombones, obsequiamos los buenos gestos con un “yo te invito”, y a la vez, como en una esquizofrenia intratable, nos castigamos con dietas restrictivas privándonos de placer o calmamos la ansiedad con incesantes picoteos, saboteamos comidas familiares, mostramos enfado criticando el plato que nos sirven, o aún mejor, mostramos nuestro poderío dejándolo intacto como muestra irrefutable de nuestra resistencia pasiva.

¿No es maravilloso el uso ambivalente que hacemos de la comida?

La usamos para seducir, para dar las gracias, para celebrar, para negociar, para exhibirnos, para reconciliarnos, para despedirnos y también para robar el placer de su disfrute, la forma más perversa de castigo.

Entonces, ¿Podríamos concluir que usamos la comida para todo menos para alimentarnos?

Fascinante.












sábado, 10 de enero de 2015

LA TIRANÍA DEL POBRE DE MÍ

Le ocurría siempre lo mismo y no entendía porqué. El mundo era hostil con ella, sin duda.

Su historia de pareja no era para tirar cohetes, sino más bien, de traca. El marido, un hombre poco amable y de gran mezquindad, la trababa a patadas. No es que ella se quejara siempre, no, “pero es que, a veces, él se pasaba,” palabras textuales.

A menudo, Socorro, pedía auxilio. Pero lo hacía de una forma equivocada. Cuando uno ya no puede más (o decide no querer más) suele quejarse. Es un primer paso. Socorro lo sabía bien porque su vida transitaba entre este primer paso y la vuelta atrás.

Cuando Roberto, su marido, hacía algo que la disgustaba, Socorro acudía de inmediato a sus parientes y amigos, y les ponía al corriente de sus “fechorías”. Lo criticaba con saña y le atribuía toda la culpa de su mala vida. Ella, pobre infeliz, inconsciente de su responsabilidad en tolerar lo intolerable, vomitaba , sin saberlo, su propia hiel.

Y como ocurre con las indigestiones, una vez vomitas, te alivias y sigues tragando.

Socorro regresaba a su casa, aliviada, después de vomitar a parientes y amigos. Sentía la indignación de ellos como prueba de su verdad. Ellos estaban de su parte, y la cargaban de razón. Roberto era el malo, sin duda. 

La cosa se torcía cuando se reconciliaba con él. Ocurría que esos familiares y amigos, los mismos a los que acudía para señalar a Roberto como un dechado de virtudes cada vez que se le indigestaba, ya no estaban dispuestos a olvidar de nuevo. Y, entonces, Socorro se enfadaba. Pretendía que estuvieran a bien con el bendito de Roberto. Les exigía “borrón y cuenta nueva”, sin entender que ya eran muchos los borrones y demasiadas las cuentas.

“Ellos no me quieren bien, pobre de mi” se quejaba lastimera, intercalando críticas con soberano desprecio.

Y es que Socorro no pedía auxilio, exigía penitencia eterna.






lunes, 23 de junio de 2014

PENSÁNDOLO BIEN

Vivimos presos de las confusiones. Nos cuesta pensar. Aceptamos los condicionamientos sociales sin cuestionárnoslos siquiera. Malgastamos nuestra habilidad neuronal en pequeñeces de estrecha magnitud, cuando en realidad, somos seres pensantes con una mente extraordinaria capaz de logros inimaginables. ¿Qué hace que nos limitemos de forma tan escandalosa?

¿La comodidad, aunque sea incómoda? ¿Las falsas creencias acerca de nuestras aptitudes?

¿El miedo? ¿La resignación? No, la inconsciencia. Cuando se vive dormido, la vida se conduce sola, por inercia. Se reacciona a las circunstancias, no se decide, ni mucho menos, se crean las circunstancias que se requieren para el objetivo que se proponga.

No es raro oír a muchos confundir el sacrificio con la bondad, la responsabilidad con la culpa, el egoísmo con el derecho pleno. Y como somos lo que pensamos, acabamos haciendo lo que creemos, errados muchas veces.

Aprendamos a pensar, es nuestro deber en la escala evolutiva, ¿no?

Pensar es una habilidad que se aprende practicándola. Hagamos uso de ella. Invertir en cuestionarnos, es sin duda, el mejor regalo que podamos hacernos, a nosotros y a los otros.

Pienso que pensar que ya pensamos es no pensar demasiado...






jueves, 3 de mayo de 2012

SENTIRSE EN DEUDA


Mucho se ha dicho sobre la culpa, los culposos y los culpables.  Igualmente sobre sus víctimas, porque lo uno no existe sin lo otro, ni lo otro sin lo uno.  Condenados a vivir juntos hasta que el equilibrio los separe.


B.Hellinger elaboró una teoría sobre la culpabilidad, que de tan sencilla, duele.  

Y es que las relaciones se basan en un sistema de equilibrios, compensaciones y deudas. Dar y recibir, a partes iguales, en camino de ida y vuelta, mantiene el equilibrio. Cuando una de las partes da más, o quita más, el sistema se resiente en ambas direcciones. El que da,  espera recibir algo en compensación (gratitud, gesto, palabras o lo que sea que ayude a restablecer el equilibrio), y el que ha recibido, se convierte de inmediato en deudor, independientemente de que éste se sienta en deuda o no. De ahí los conflictos.

¿Pero quién está en deuda con quién? A veces, la línea es tan sutil que confunde.

Recordé esta teoría de la manera más tonta, como suelen pasar las cosas más interesantes.

Estaba a punto de cruzar por un semáforo en rojo (sí, lo siento, no soy japonesa) cuando un coche casi me embiste (ves, esto no les pasa a los japoneses). El conductor frenó bruscamente y yo reculé con más vergüenza que susto, levantando mi mano en señal de perdón. Me sentí “culpable“ (que no es lo mismo que serlo) y necesité “compensar” al hombre con un gesto de disculpa. Como el frenazo fue sonoro, necesité además, darle prioridad para que siguiera su camino. Yo esperaría mi turno, después de él y  así se habría restablecido el equilibrio en nuestra “relación vial”. Pero el hombre no aceptó mi ofrecimiento de darle paso y, por lo tanto, sin saberlo, estaba impidiendo que yo finiquitara mi deuda .En su lugar, me hizo una señal para que cruzara. Acepté, pero necesité “volver  a compensarlo” con un gesto de gratitud, que el hombre, esta vez, POR FIN, aceptó (con una inclinación de cabeza). Conseguimos reequilibrar el sistema, con resultado de bienestar para ambos. Para que eso acabara así, los dos tuvimos que hacer algo: yo compensar y él aceptar. Probablemente, si él no hubiera aceptado mi gesto de perdón, y me hubiera insultado mientras me negaba el paso, yo me hubiera sentido aún más culpable…sin poder hacer nada para expulsarme esa sensación.

Si trasladamos este “baile” a otras situaciones más dramáticas, encontraremos muchas:

Hijos que se sienten culpables por la desdicha de los padres y se autosacrifican (renuncian a lo que desean ser para convertirse en lo que sus padres desean que sea).

Mujeres o maridos que permiten abusos y humillaciones, en compensación por "el sacrificio" del otro en no abandonarlo/a.


El soldado que regresa de la guerra, amargado, rabioso... culpable. Se siente en deuda con los compañeros muertos, y no sabe como compensarlos  hasta que encuentra el modo: renunciando a su felicidad, deprimiéndose, enfermando, bebiendo…

Por otro lado, exigir la reparación al culpable, es también,  finiquitar la deuda. Es un acto responsable necesario. El culpable nos parece más culpable, y sus actos más graves, cuanto más indefensa es la víctima. Si la víctima exigiera reparación y no persisitiera en su victimismo, el sistema se reequilibraría, y no sería necesario que el entorno sintiera la necesidad de actuar en su nombre, aumentando el dolor, la culpa, el resentimiento, el sentido de injusticia… Y en consecuencia, creando más inocentes sufrientes y más malos malísimos.

Y es que, las víctimas no siempre son tan inocentes, ni los culpables tan culposos.

jueves, 6 de octubre de 2011

INMEDIATEZ Y FRUSTRACIÓN



-->
“No m ha cntestado el sms q le akbo d nviar, x lo tanto, stá klaro q pasa d mí”
Hace días que me ronda por la cabeza una pregunta absurda: ¿Las nuevas tecnologías nos acercan o nos separan? Me explico. Parece estupendo reencontrarse con viejos amigos a través del oráculo Facebook, disponer de un sistema Whatsapp para mensajearse con quien se preste, y acceder a Twitter para que en sólo unos pocos caracteres puedas clamar al mundo que has comido albóndigas a la jerezana. Impresionante. Internet es revolucionario, nos permite viajar, saber, buscar, encontrar… en unas décimas de segundo. Prodigioso.
Pero también existe la cara menos amable de estos inventos: su uso o mal uso o abuso…No sé.
Resulta que la inmediatez, que es el máximo valor atribuido a estos inventos, y por tanto su excelencia, se puede convertir, también, en un yugo. O mucho peor, en la guillotina, que sin contemplaciones (y también de forma admirablemente rápida) siega la cabeza de quien la pone debajo, o sea, de su bendito usuario.
Observo con alucinada perplejidad como la gente suelta perlas como la que encabeza este post:
“No me ha contestado el sms que le acabo de enviar, por lo tanto, está claro que pasa de mí”
Y en su desolada cabecita, resuena el eco de su voz que sigue así: “…porque claro, yo cuando me envían un sms lo contesto al instante, por lo tanto, si tarda en hacerlo quiere decir que no soy importante para él, y eso significa que estamos en crisis o peor aún, que él está queriéndome decir con eso de no contestar, que no quiere saber nada de mí.”
El conflicto está servido.
La inmediatez. Cuchilla de doble filo.
Hemos aprendido sin darnos cuenta, que las cosas que quiero las quiero ya. No hay espera negociable.
Hace unos días, y en medio de un concierto (de esos con orquesta) oigo a alguien susurrar:
”Oye, ¿y cómo habrá quedado el Barça hoy?”Ambos sujetos intercambian un arqueo de cejas y sin el menor escrúpulo, el preguntón saca su iphone. Con avidez pasmosa menea sus pulgares, y con alivio casi orgásmico resuelve el enigma (que sólo lo fue por unas décimas de segundo. No hubo tiempo para más.) Los amigos se miran complacientes (y complacidos). Satisfechos, no por el resultado del partido, sino por la rapidez con la que han sabido sacudirse esas milésimas de inquietud malsana que los corroía por no saber…Aún.
Y es que la frustración no gusta. Esperar a llegar a casa para saber, es esperar demasiado…Y uno no merece sufrir tanto.
Sencillamente peligroso. Aprender a esperar, a convivir con la frustración del no saber aún, me parece un bien precioso y necesario…Si es que uno no quiere acabar convirtiéndose en un paranoico-histérico-ansioso-obsesivo en otras dimensiones de su vida, probablemente más importantes, y en las que con toda seguridad será difícil obtener resultados inmediatos.
- Cariño, ¿podemos arreglarlo?
- No sé, dame tiempo…déjame pensar.
- ¿Pensar?¿Eing? ¿Qué? Pe..pe…pero…¡¡Pues si no lo sabes YA, quiere decir que…!!



Y se hizo la crisis…ya.

martes, 27 de julio de 2010

UN FUNERAL DE MUERTE



A la sencilla pregunta "¿Y a ti cómo te gustaría que te recordasen en tu funeral?" le sigue una respuesta casi unánime e igualmente sencilla: "¡Ostras! Pues no me he parado a pensar"


¿Cómo es posible que una información tan valiosa sea tan descaradamente ignorada?


Por estúpida que suene, esta pregunta nos aclara muchas cosas acerca de nosotros y de nuestros anhelos, quizás secretamente guardados, por vergüenza o por miedo...quien sabe. O quizás obtengamos de ella una respuesta que hagamos pública sin reparos. Esa mísera pregunta nos posiciona en el mundo, y nos revela de una forma dolorosamente clara, nuestro deseo existencial. Como decía el sabio (¿o era la canción?)"¿De dónde vengo y a dónde voy?" La absurda pregunta nos conecta con nuestro yo más auténtico y nos muestra como un vulgar GPS, hacia dónde navegar. Nos ofrece la oportunidad de pararnos a pensar: ¿Y a mí qué caray me importa en esta puñetera vida?


Si nos tomamos unos minutos en meditarla, podemos sorprendernos.

Verás. Imagina la situación en toda su dimensión: La has palmado, y los tuyos te honran con un funeral de lujo; ya sabes, flores a tutiplén, velas aromáticas, inciensos empalagosos...Evento al que no faltará tu pareja, hijo, hija, hermana, hermano, padres y demás familiares, compañeros de trabajo, vecinos, algún cotilla y por supuesto, tus amigos (si los tienes, claro). Imagina por un momento a esas personas importantes en tu vida.


¿Qué te gustaría que dijeran de ti? ¿cómo te gustaría ser recordado? ¿qué cosas querrías que destacaran de tu persona? ¿El carácter? ¿tus habilidades? ¿tus puntos fuertes? ¿tu vida familiar? ¿tu sentido del humor? ¿tu éxito profesional? ¿tu esbelta figura?


Eso te va a dar algunas pistas acerca de lo que buscas en tu aventura de vivir.


Ahora regresa al mundo de los vivos y pregúntate, ¿qué es lo que realmente dirían de ti todas esas personas, si estiraras la pata HOY?


¿Se parece en algo a lo que desearías?


¿Qué persigues? ¿Vives la vida que te gustaría vivir? ¿Cuán de cerca o lejos estás? ¿y qué haces para acercarte/alejarte?

Tu vida es tuya y puedes fastidiártela tanto como se te antoje...¡Faltaría más!


Ahora, Lázaro, levántate y anda.

miércoles, 13 de enero de 2010

HÁBLAME DE TI


Siempre me han fascinado los refranes, las frases hechas, las muletillas que utilizamos al hablar, las palabras que se repiten invariablemente en determinadas situaciones…ya sabéis: “pero bueno”, “en fín”, “que se le va a hacer” , …Parecen tan inofensivas ¿verdad? Sin embargo, algo esconden…O mejor dicho, algo están queriendo decir sin decirse. Y es que hacemos difícil lo fácil. Insinuamos, medio decimos, medio ocultamos, parafraseamos…¡todo menos mensajes sencillos y claros!

¿Cuántas situaciones comprometidas nos ahorraríamos si habláramos con claridad? ¿Cuántos malos entendidos evitaríamos convertirlos en precisamente eso, malos entendidos?

El mundo de las palabras. Fascinante.

A veces, cuando escucho a alguien repetir con tanta insistencia algunas palabras o frases, me pregunto: ¿será consciente de que hace eso? Y a veces, me tienta señalárselo. Pienso que es importante tomar consciencia de lo que decimos (y de cómo lo decimos), porque nos da mucha información acerca de lo que pasa por nuestras cabezas y por nuestras entrañas. Parece una locura, ¿verdad? Somos lo que decimos…¿o creemos serlo?

“Es que soy tan impulsiva, tan visceral!”

Vaya, ¿entonces eres esclava de tus vísceras, en lugar de su dueña? ¿Es eso lo que estás queriendo decir?


“¡Es que yo soy así!”

¡Caray, amigo, pues deja de serlo! ¿eres rígido, inflexible e incapaz de aceptar el menor cambio? ¿es eso?

“Yo soy muy sincera. Digo todo lo que pienso”

¿Pero piensas todo lo que dices?

Luego, hay otras palabras, mucho más dañinas, que son aquellas que uno se autoatribuye, sin cuestionárselas siquiera, porque creció creyéndoselas, quien sabe si alguna vez le pertenecieron…

He visto personas absolutamente seguras de sí mismas al pronunciar cosas como “Es que soy tan egoísta” “soy tan poca cosa” “soy tan aburrida” “soy tan estúpido”…Y así una lista infinita. Que duda cabe que si nos repetimos muy a menudo estas “verdades” , formarán parte de nosotros.
Nos creemos lo que nos decimos.

El mundo de las palabras….Fascinante.

sábado, 25 de abril de 2009

TE MIRO PERO NO TE VEO


“¡No lo soporto! Es un imbécil. ¡Maldito engreído de mierda! ¡Además está paranoico, piensa que todos hablan de él, se cree tan importante, el muy capullo…”

¿Suena familiar? Me refiero a la crítica corrosiva que solemos hacer con total impunidad. Arrasamos al enemigo, le cortamos el pescuezo de un solo tajo, o si nos lo permite el amigo oyente a quien vomitamos las pestes (cómplice en la escucha, pasivo receptor de nuestra saña verbal, o activo compañero de malas lenguas) nos recreamos en la carnicería sanguinaria del degüello, y despedazamos a nuestra víctima lentamente, marcando las heridas y hurgando en ellas, sin prisa alguna, recreándonos. Es un arte. Lo paradójico del asunto es que después del ejercicio dialéctico, de la convulsión y el vómito, lejos de liberarnos o de sentirnos aliviados, nos aflora cierto malestar. ¿Y eso por qué? ¡Si el imbécil se lo merece! (por imbécil)…¡No, si el capullo soy yo porque encima me siento mal por haberlo criticado! ¡Esto es el colmo! ¡Después de cornudo, apaleado! ¡Qué injusta es la vida! ¡Pues se va enterar el muy lerdo! ¡Esto no va a quedar así…que le den! ¡Ya se lo encontrará!¡El tiempo pone a cada cual en su lugar…! ¡A cada cerdo le llega su san Martín! ¡Y en abril aguas mil! (aquí es cuando uno ya empieza a desvariar…)

¡Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!!!! El enorme nubarrón negro le persigue a uno, enredado en un torbellino de pensamientos contradictorios y destructivos.

La pregunta es: ¿Qué ha hecho el susodicho mal nacido para herirme tanto?

Si nos paramos a pensar un poco, veremos cuanto de lo que hemos atribuido “al mal nacido”, no es al otro a quien le pertenece, sino a uno mismo. La imagen “del otro” como un espejo, nos devuelve, cegándonos, el destello de aspectos propios que detestamos. Proyectamos. Desplazamos. Juzgamos.

Percibimos a los demás, a través de nuestros ojos (¿ilusión óptica?¿miopía? ¿ceguera?) y de nuestros pensamientos (¿positivos? ¿negativos? ¿coherentes? ¿incoherentes?), de nuestras creencias (¿rígidas? ¿flexibles?) de nuestros prejuicios (¿incuestionables? y de nuestras experiencias (¿aprendizajes adecuados? ¿adaptativos? ¿disfuncionales?).

A la vista está: infinidad de posibilidades. Cada cual ve lo que está en condiciones de ver.

“¡Pues si yo lo veo así es que es así!”...Percepción…qué peligroso.

Percibimos a la persona tal como la juzgamos, y el juicio lo hacemos a través de la imagen que construimos de ella, y que necesariamente no coincide con lo que la persona es. Interpretamos lo que vemos según los elementos de los que disponemos. Cabría preguntarse de vez en cuando: ¿esto es así o puede ser de otra manera? ¿Existen otras posibilidades?”

Quizás, entonces, descubramos que La Verdad no es tan verdadera…

viernes, 27 de marzo de 2009

OBVIAMENTE, NO



“¿Pero cómo puede ser que él me pregunte eso? ¡Es tan obvia la respuesta!”

María estaba tan sorprendida como indignada. No daba crédito. “¡Es que es tan obvio!”…Insistía. “Todo el mundo sabe que eso es así. ¡No puede ser de otra manera!” Y en esas estábamos, batallando en la consulta.

“A menudo olvidamos que las obviedades, muchas veces, sólo lo son para nosotros”...le dije con cierta guasa, mientras recordaba una anécdota algo ridícula:

Y es que hace unas semanas acudí con un amigo y colega a una conferencia. Entre los asistentes, estaba una terapeuta familiar a la que yo respeto profundamente. Había sido mi profesora durante dos años, y como me alegró mucho verla, me acerqué a saludarla. No sólo le planté un par de besos con todo el cariño y respeto del que fui capaz, ¡Sino que también le regalé un cabreo monumental! (ten alumnas para esto, debió pensar la mujer)

Hace unos meses, en un Congreso, esta excelente terapeuta de familia, dio una conferencia maravillosa en la que explicaba a modo de metáforas las relaciones de pareja. Fascinó a todo el auditorio con la brillante sencillez de su exposición. Me pareció tan original y útil esa forma de explicarlo que no dudé en utilizarla en este blog. Por supuesto, con la debida referencia a su creadora, de quien hice una presentación respetuosa y cariñosa.

De modo, que al coincidir con ella en esta ocasión, aproveché para “rendirle merecido tributo” y le comenté que tan interesante me pareció su ponencia en aquel congreso, que la recogí en mi blog. Obviamente, esperaba que se alegrara. ¿Podéis imaginar mi cara con una sonrisa de izquierda a derecha? ¡Pues ahora imaginad la suya, tan intensa como la mía pero en la dirección contraria! Su rostro amable se transformó (ya sabéis, como en los cómics, cuando el superhéroe con aspecto gentil se va transformando lentamente en un monstruo grande y verde que emite gruñidos terroríficos) Oh-oh…Algo no iba bien…¿Qué estaba pasando? ¿No se suponía que tendría que sonreír y sentirse orgullosa? Al fin y al cabo hice difusión de un trabajo suyo (debidamente referenciado) con la idea de que pudiera ser útil para quienes lo leyeran (como lo fue para mí). Obviamente eso sólo podía ser entendido así…¿O no? Durante unos segundos estuve en fuera de juego….Toc-toc..¿Hay alguien ahí? ¿Hablamos el mismo idioma? Su tono se volvió áspero y reconoció estar hasta las narices de que “le hicieran eso” y balbuceó algo sobre los derechos de autor…Es obvio que su mala experiencia en asuntos similares (apropiación indebida del curro ajeno), no le permitió descifrar mi gesto como lo que era: un tributo (no lucrativo) desde el respeto y la admiración. Y por mi parte, es obvio que obvié. Craso error.

Obviamente, me disculpé por mi atrevimiento, y prometí retirar el post de mi blog. Así lo hice. Es obvio que a veces no acertamos con los regalos, sobre todo cuando los hacemos pensando en clave errónea “¡Pues a mí me gustaría!”

lunes, 26 de enero de 2009

LO QUE TÚ DIGAS, CARIÑO


Carmen era una mujer joven, de treinta y pocos. Casada y con una criaturilla de apenas dos años. Su marido, un hombre serio, dominante y de poca conversación, trabajaba en un taller mecánico. Ella, aunque había cursado estudios universitarios y trabajaba como abogada en un bufete, decía no ser demasiado buena en su trabajo. No merezco estar en este bufete, porque no soy competente. No resuelvo las tareas de la forma más eficaz posible, y además, me falta empuje. No plantar cara”. Demasiados “noes”, pensé…

Carmen acudía a terapia por un “problemilla” de carácter sexual. Nada importante…sólo falta de deseo. “Mi marido dice que tengo un problema y por eso estoy aquí”.

Bueno…los problemas sexuales en la pareja, no suelen ser cosa de uno, sin embargo, es curiosa la frecuencia con la que uno se autoexcluye como parte del problema (y de la solución) ¡Ve tu y arréglalo! Cómo si de unas tuberías escacharradas se tratara…

En fin, nos pusimos manos a la obra, y al cabo de un par de sesiones reventó la tubería salpicando las pulcrísimas paredes de su casa ¡Vaya, con el problemilla! Demasiada obturación para un simple desatasque…

Carmen estaba casada con Mario, un buen hombre, aunque algo tosco.
Carmen lo eligió, de novio, porque le parecía “fuerte y protector”, con aquellos brazos gruesos que podían rodearla y apretarla fuerte hasta asfixiarla (de tanto amor…)
Mario la eligió para protegerla: pensaría por ella, hablaría por su boca y haría lo posible para que no le faltara de nada. La cuidaría como a una Reina.

Al principio, Carmen colaboró con el juego pactado: “Vale, lo que tu digas, cariño”. Pero al nacer el retoño, algo cambió. Carmen desviaba parte de su atención hacia el pequeño intruso, cosa que no fue muy bien recibida por Mario, quien había gozado de ese privilegio en exclusiva. Las discusiones por “¡Joder, Carmen, aún no está la comida en la mesa!”, “Ostias, Carmen, dile al crío que se calle de una puta vez”, cada vez eran más frecuentes.

Carmen protestaba, pero en silencio. No se atrevía a hacerlo en voz alta. Nunca lo había hecho. Ni de pequeñita. Había aprendido a callar y obedecer (sus padres colaboraron en eso). Sus pensamientos eran otra cosa, aunque se cuidó muy mucho de que no emergieran demasiado, ¡No fueran a salírsele! Pero su rabia interior le quemaba, y su tristeza también. Los desencuentros verbales con Mario iban en aumento, y la tensión los ahogaba. Carmen, por extraño que parezca, no ardía en deseos de entregarse a su marido en la cama. Al principio, fingió, pero luego se le hizo imposible. Ideó excusas para evitarlo, hasta que Mario la obligó a ir a terapia para que “se curara”. Al fin y al cabo, ¡el problema era de ella! ¿Quién estaba inapetente?

En apenas tres sesiones, Carmen empezó a permitir a la brigada de limpieza, que succionara esas tuberías, permitiendo aliviar tanta presión interna. No fue fácil (ni limpio), tuvo que ensuciarse las manos. No hay otra forma. Así se libera el atasco.
Pero, los cambios no siempre benefician a todo el mundo…O eso temen algunos. De modo, que cuando Carmen empezó a permitir que su voz se oyera, Mario se asustó mucho.


“¿Y qué será de mí si tu ya no me necesitas porque te vales por ti misma, mi Reina? “¿Dónde encajaré yo?”


Los cambios asustan, porque nos conducen a lugares diferentes…Quién sabe si mejores, pero…¡Dan tanto miedo!

Carmen no volvió a la sesión.

lunes, 6 de octubre de 2008

MALDITOS CANALLAS

Hace unos días, estaba en el andén de una estación de metro. Esperando. A mi lado, un señor, ya entrado en años, con aspecto cuidado y elegante. De pronto, un grupo de unas diez o doce personas de origen africano, accedieron a la estación sin previo pago. Llevaban grandes y pesados bultos a sus espaldas. Imagino que son vendedores ambulantes del “top manta”. El señor menea la cabeza desaprobando la escena. Farfulla unas palabras que no alcanzo a entender. Lo miro y me mira. Esta vez me dice en voz más alta y clara “¡Se han colado!¡Es que se han colado!”


La realidad de cada cual, de cada cual es. Cada uno de nosotros vivimos en nuestro universo personal, a veces perdiendo de vista el mundo que nos rodea. La cotidianeidad dibuja nuestro micro-espacio individual, convirtiéndolo, muchas veces, en algo absurdo y marciano. Así de desconectados estamos. Nos dejamos llevar por nuestras inercias, por nuestras rutinas, por nuestro pensamiento, a menudo poco revisado y aún menos cuestionado. Como el señor del andén, cuya única preocupación en aquel momento, era reivindicar su enfado por tamaña atrocidad: aquellos individuos se habían colado; Los muy sinvergüenzas…El señor elegante miraba a los allí presentes, respetables ciudadanos, como diciendo ¿Es que no lo véis? ¿Tan ciegos estáis? ¿Es que puede haber alguien que no comparta conmigo semejante indignación? Donde vamos a llegar…


¿Acaso los allí presentes no estaban observando la misma escena reprochable, que el señor elegante y cabreado?


Pues no. Por extraño y marciano que al señor elegante pudiera parecerle, muchos de los allí presentes, no vimos a unos negros caraduras colándose en el metro. Vimos a unos cuantos hombres jóvenes, cuya historia de vida imaginamos tan pesada como sus pesadas cargas. Unos chicos asustados, que apresuraban el paso, con expresión de miedo y cansancio en sus caras. Unos hombres cuya preocupación diaria probablemente no incluye el pago de un billete a ninguna parte.


Si nos permitiéramos dudar un instante de nuestras opiniones o creencias, abriríamos la mente a otras posibilidades. ¿Qué nos lo impide…?

lunes, 1 de septiembre de 2008

HERENCIA FAMILIAR


No hace mucho oí una frase que me pareció curiosa: “Comenzamos caminando por la vida como copias, para acabar como originales”

Pues sí. Empezamos nuestras andanzas copiando a nuestros padres, como si fuéramos copias diminutas de su reflejo. De pequeños, observamos como exploradores curiosos. Nos quedamos con todo: copiamos gestos, caras, palabras, expresiones…Sin cuestionarnos nada: Ellos lo hacen y nosotros también. Crecemos así, sin darnos cuenta, y haciendo nuestras las costumbres, creencias, normas y rituales de “La Familia”. Que se cene a las 10h, con la tele puesta y sin hablarse, puede ser una “norma de la casa”. Nadie la escribió, pero todos la cumplen a diario. Tampoco está escrito en ningún lado, que no se pueda hablar de sexo abiertamente y sin tapujos, pero nadie lo hace. O que a la tortilla de patatas se la cubra con una espesa capa de mayonesa, sin embargo, en esa casa no se le ocurriría a nadie servirla de otra forma. Son maneras de hacer o de pensar que acabamos compartiendo con los nuestros, sin cuestionarnos siquiera, que existen otras maneras, otras posibilidades. De eso nos daremos cuenta, cuando escojamos pareja y decidamos volar a otro nido. Entonces nos damos de narices con nuestra herencia. ¿Qué le echas mayonesa a la tortilla de patata, so loca???? Te dice con la cara desencajada tu pareja. ¿Qué me quitas la tele para cenar y me pones musiquita de fondo, so cursi??? ¿Pero dónde se ha visto eso? Despertamos de nuestra fantasía de única realidad posible, y aprendemos que “el otro” también trae consigo su equipaje…Su aprendizaje, su familia, sus costumbres (que nosotros llamaremos “manías”, por supuesto), su mayonesa, su musiquilla… Y entonces, aunque soñamos con tener todo el armario ropero exclusivamente para nuestros vestidos y atuendos, al mirar de reojo (no sin cierto remilgo) a nuestro partenaire, entendemos que debemos hacerle sitio, para que éste pueda también dejar sus trastos ahí.

Y chocamos hasta negociar un territorio compartido donde convivan ambas herencias familiares, creando otra nueva y genuina. Pasamos de la copia al original.

lunes, 2 de junio de 2008

¡A LLORAR QUE SON DOS DÍAS!


Hace unos meses estuve en un velatorio. Esos lugares, los tanatorios, tienen una función social más allá de la aparente. Había una gran sala comunitaria, y en todo su perímetro, varias pequeñas salas funerarias donde cada familia rendía el último homenaje a su difunto. ¡Curioso lugar!-me dije- Desde la distancia del que no llora la muerte de alguien cercano, pude observar semejante fotografía: pequeños corros de gente apesadumbrada, rodeaban la enorme sala. Cada familia lloraba a su muerto, a la vez que se cruzaban atentas miradas con las personas de las salas contiguas. Nada une tanto como el saberse de verdad comprendido. El dolor compartido atraviesa muros. No importa la edad, sexo, raza o condición social. El punzante dolor por la pérdida de un ser querido, atraviesa diferencias cuales quiera que éstas sean.
Andaba yo cavilante en estos pensamientos, cuando observé dos situaciones tan idénticas como distintas: Sentada en un triste banco de la enorme sala, una viuda lloraba su pérdida. La rodeaban varias mujeres, que en un intento por “tapar” su dolor, le recriminaban cada vez con más insistencia: “¡No llores más, mujer! ¡Ya está, ya está! Sssssschtttt!” A lo que la viuda, con evidente angustia, respondía “¿pero cómo no voy a llorar? Él se ha ido…se ha ido…” Y se esforzaba por contener el llanto, sorbiéndose las lágrimas con esforzado suplicio. ¡Pobrecilla! Viéndose flaquear en tan dura demanda, suspiraba hondo, como conteniendo el tremendo pesar. La viuda sufría su dolor en silencio, por temor al insistente “Sssschhhhhssstttt…no llores más! Ya está, ya está!”

A pocos metros, la misma escena: otra viuda ¡Ésta tuvo más suerte!-pensé yo-mientras observaba cómo su familia lloraba con ella. Afortunadamente, sus allegados le permitieron expresar su pena. Sus lágrimas rodaban a mares, y su quejido rompía el solemne silencio de la sala. Su familia la abrazaba, acompañándola con un sereno “¡sí, cariño, es una pena…es una pena…!

Y es que cuando “el corazón” duele, los ojos ofrecen lágrimas. ¿Acaso hay intercambio más sabio, sano y natural?

lunes, 25 de febrero de 2008

titulitis doctoril



- Señor psicólogo, es que tengo Depresión.

- Estupendo, ¿podría usted enseñármela?



En estos tiempos que corren, vemos como una necesidad incuestionable poner nombre a todo. Creemos que todo es perfectamente clasificable, que todo merece una etiqueta que lo reconozca como tal y así poder guardarlo en su cajón correspondiente, en su portafolios correspondiente, bajo su rótulo correspondiente. ¿Qué nos ha enfermado tanto como para creer necesario controlarlo todo? ¿Es que la estupidez humana no tiene límites? ¿O acaso temerosos de no poder cuadrar el círculo inventamos sofisticados procedimientos para empujarlo y aprisionarlo en él, creyéndonos victoriosos por semejante hazaña?

Sin más rodeos, estoy hablando de los etiquetajes médicos. Andamos locos por ver síntomas donde no los hay, o poner nombre a cualquier “cuadro” que dé visos de parecer un nuevo trastorno…¡Al que habrá que bautizar, como no! ¡Pero que suerte tenemos! Y es que son como los champiñones, no dejan de aparecer (quiénes nos dedicamos a la salud mental tenemos trabajo garantizado). Cuando no es una depresión es una ansiedad, o una fibromialgia o un trastorno psicosomático como la copa un pino, ¡o vaya usted a saber!

No digo que no sea necesario encuadrar ciertos síntomas o trastornos para entender de qué estamos hablando, y poder intervenir eficazmente. Me quejo (y me rio más que me quejo) de todos esos grandes profesionales, doctores en su mayoría, cuyos discursos ininteligibles sólo contienen una retahíla de extraños términos que a oídos profanos en la materia suenan bien feo…como a algo muy muy enfermo.

A veces las cosas son más sencillas, ¿por qué ese afán por complicarlo todo? ¿la erótica del poder (de las farmacéuticas)? ¿Qué necesidad hay de devolver a la persona que expresa un malestar emocional, un tecnicismo patológico que lo encasille y cronifique? ¡Si es que uno entra en la consulta, triste, porque acaba de sufrir una ruptura de pareja y sale de allí con un rótulo luminoso en la cabeza que pone “Depresión Mayor”. Y el susodicho, convencido de que su malestar ya tiene razón de ser (la enfermedad médica de reconocido prestigio y no su ruptura matrimonial) se va a casa, igualmente triste, pero eso sí, con un buen recetario farmacológico bajo el brazo, como mandan los cánones del buen enfermo.

¡Por dios, que saquen a los locos para que entremos nosotros!
(Al respecto aconsejo leer la última entrada de
www.saberloquebusco.blogspot.com

lunes, 11 de febrero de 2008

NO LLORO, ME ENFERMO


“Los órganos lloran las lágrimas que los ojos no pueden derramar”.

Hace años leí esta frase por vez primera, y no podía imaginar entonces, que tantas veces la recordaría.

Somos lo que sentimos. Lo que vivimos y absorbemos como nuestro. Los sentidos nos guían en el vivir diario, y nos proporcionan valiosa información. Vemos, oímos, tocamos cosas que nos despiertan emociones. A veces gratas y a veces no. ¿Quién no ha sentido una punzada en el vientre cuando alguien de quien se espera una palabra cariñosa o un gesto amoroso, nos regala una mirada hiriente o un gesto de desdén? ¡Lloraríamos de pena, de rabia o de impotencia! Pero no lo hacemos. Y si callamos, ¿Por dónde se deslizan esas lágrimas atrapadas en nuestros ojos? Cada cuerpo busca su propia “salida de emergencias”…Una punzada en el vientre, unas cervicales tensas, o quizás un dolor de cabeza son algunas opciones.

“Los órganos lloran las lágrimas que los ojos no pueden derramar”.

¿Pero qué ocurre si aprendemos a desviar nuestro llanto y lo hacemos una y otra vez? Que pronto nuestro órgano elegido se colapsa y pide ayuda a otros órganos para que lo alivien de tanta carga. Y entonces, no sólo nos duele la cabeza cuando nos enfadamos, o nos sentimos tristes o angustiados, sino también las cervicales, y para contener semejante intensidad tensional apretamos fuertemente la mandíbula (para que no salga el dolor, ¿o la rabia?…) hasta que nos duele también. Y el dolor hace que uno se sienta incapacitado para muchas cosas, a veces, las más simples…Y eso nos hace sentir mal. Y sentirnos mal nos provoca ganas de llorar, y las lágrimas buscan por donde salir…y nos duele la cabeza, y se nos cierra el estómago…

Es un círculo perverso, donde en cada nuevo circuito, se añaden órganos distintos y nuevos dolores…Más rabia, más impotencia, más tristeza, más culpa, y más lágrimas atrapadas y más dolor.
Las somatizaciones siempre tienen su razón de ser.

¿Nos da miedo expresar lo que sentimos? ¿O quizás sabemos muy bien lo que sentimos pero no nos atrevemos a afrontarlo? Tal vez, entonces, tendríamos que tomar decisiones importantes…
Muchas personas que acuden a terapia, lo hacen acompañadas de sus múltiples males, que por fin, decidieron dotar de sentido.

jueves, 10 de enero de 2008

DOCTOR, ¿QUÉ ME PASA?

Ayer oí decir algo que me llevó a pensar largo rato:

“Detrás de todo enfado, hay una tristeza”

Es una constante en nuestras vidas. Las emociones mezcladas, difusas, confusas, enmarañadas. No distinguimos la mayor de las veces, lo que de veras sentimos. Nos cuesta manejarnos con nuestras emociones, identificarlas, ponerles nombre. Suelo hablar de esto porque me parece tan sorprendente como dramático. ¡Y tan humano! ¿Cómo dar la salida adecuada a la expresión de mis sentimientos si ni siquiera los reconozco? ¡Así de pobres somos! Cuando algo o alguien nos “subleva”, decimos que “no lo soportamos”. ¿Qué emociones se nos están rebelando? ¿Acaso nos sentimos amenazados? ¿O cuestionados? ¿Tal vez humillados? ¿O infravalorados? ¿Quizás castrados? ¿Asustados? ¿Inquietos? ¿Bloqueados? ¿Avergonzados? ¿Identificados?

Todas ellas son emociones distintas ¡Y de forma distinta deben gestionarse!

¿¿¿¿¿Qué pasa entonces si no sabemos lo que nos pasa????

Pues que probablemente daremos respuestas equivocadas.

No nos permitimos escucharnos de verdad, desde las tripas. Desde donde la razón no habla. Tal vez sea porque simplemente nunca nos entrenaron a hacerlo, o tal vez temamos lo que podamos encontrar allí. En todo caso, la inconsciencia no nos exime de la derrota:
mirando hacia otro lado no dejamos de sentir.

La vida es un proceso. Largo o corto, según se mire o se vea. Hay quien pasa por ella, de puntillas, despacio y temeroso, como ladrón que no quiere ser sorprendido en casa ajena. Huye de lo doloroso, no enfrenta. Aunque sin buscarlo, la desdicha encuentra.

“Detrás de todo enfado, hay una tristeza”

La tristeza como frustración. Como sensación de pérdida o de carencia. Quizás de fracaso o de logro truncado o inalcanzado. ¿Es frustración o tristeza lo que sentimos cuando algo muy deseado se nos escapa de las manos? ¿Y cuando no somos tratados como deseamos? ¿O correspondidos o amados?

De igual modo el enfado también enmascara frustración: por no ser valorado, reconocido, escuchado, tomado en cuenta…O por ser acusado, herido, maltratado, humillado, tratado con indiferencia…

Y cuando sentimos algo de eso, nuestro cuerpo nos alerta: el corazón se acelera, las tripas nos queman, y nuestra lengua escupe sapos y culebras…¡Nos han dado! Nos hirieron, nos frustraron, algo hemos perdido o no hemos alcanzado...

Será que detrás de todo enfado hay una tristeza…



martes, 8 de enero de 2008

NO ES IMBÉCIL. SÓLO ESTÁ PERDIDO





Cuando alguien “maltrata” habitualmente con comentarios hirientes o fuera de tono: ¡Está pidiendo a gritos que le ayudes a encontrarse! A recuperar el norte, a saber donde está, a situarse…A que le digas basta y le pongas límites. Es un grito desesperado a la frustración y a su pobre habilidad para gestionarla. Si somos capaces de verlo así, la relación con esa persona es posible que mejore (o al menos, que no nos siga perjudicando). Habremos cambiado de estrategia y generado un cambio. Ya no lo vemos como alguien temible, poderoso y hostil, sino como alguien tremendamente perdido, desnortado. ¿Qué le pasa a ese pobre hombre (o mujer)? ¿Qué le hace tan desdichado? ¿Qué miedos o inseguridades lo arrastran a ladrar así? ¿por qué enseña los dientes? ¿qué intimidades defiende? ¿Cuál es su misterio? ¿Qué esconde? ¿qué teme? Ese cambio en nuestra mirada, probablemente nos lleve a no caer en la provocación de responder con iguales formas, con lo que, probablemente, evitaremos enzarzarnos de nuevo, en una infructuosa escalada de acusaciones o venganzas (o quizás, descargaremos de nuestras espaldas, la pesada cruz que no nos pertenece). Tal vez, nuestro cambio de actitud genere un cambio de actitud en el otro, que seguramente dejará de vernos como una amenaza paranoide acechante o como un duro competidor a batir. ¿De qué sirve pelear contra quien se bate en retirada?

Como los niños cuando gritan, lloran o patalean…¡Te están pidiendo ayuda desesperada! Un SOS en clave paradójica (regáñame si no debo, aunque me enfadaré e insistiré en ello para asegurarme que de verdad no debo; pero tu sigue en tu empeño, no desfallezcas, ¿eh? que sino me confundo y no aprendo) ¡Te están exigiendo que les pongas límites! Necesitan saber hasta donde pueden llegar. Aprenden así, tanteando, las normas de supervivencia, de convivencia, de socialización con conocidos y extraños. En definitiva, aprenden cual es su lugar en el mundo. Y aprenden sobre el terreno, experimentando, probando, explorando. Recibiendo besos y regaños. ¿Qué hace que los niños, curiosamente, adoren a quiénes les imponen cierta disciplina, y castiguen a quiénes les permiten todo? Se sienten seguros con quienes les guían fijando límites. Les ayuda a distinguir entre lo permitido y lo prohibido; les ayuda a explorar el territorio de una manera segura, predecible. Al fin y al cabo, nos movemos por el mundo aprendiendo sobre nuestros pasos. Y si estos son guiados, lo agradecemos ¿no?

martes, 1 de enero de 2008

ATRAPADO EN EL TIEMPO


Bien podría ser el título de una película, pero no lo es. Nada de ficción. Verdad verdadera.

Muchas personas creen que el tiempo todo lo cura. Que basta con sentarse a esperar. Pasan los días, las semanas, los meses…Y aún las cosas siguen mal. “No habré esperado el tiempo suficiente” suelen pensar. Y ahí siguen, imperturbables, un día y otro más. Y sí, en verdad el tiempo todo lo cura,

¡Pero si se hace algo con él!

Algunas personas vienen a terapia después de haber agotado un largo camino de espera inútil. Se mantuvieron inmóviles, durante mucho tiempo, esperando ver cumplir el dicho popular. Quisieron continuar con sus vidas, seguir avanzando, esperando mágicamente ser liberados de su letargo, pero quedaron atrapados en una espiral sin final. Piensan continuamente en su problema, le dan vueltas sin parar, siguiendo siempre el mismo circuito recurrente, para acabar en el mismo lugar. No lo entienden, y aunque siguen buscando por el mismo camino equivocado, una y otra vez, nada encuentran. El ánimo decae, el humor se rancia. Se explican a sí mismos y a quien quiera oírlos, como un disco rayado, su desgracia. Los amigos o conocidos se hartan y se les oye decir “siempre estás igual, con el mismo rollo, las mismas quejas”. Nada. Decirlo en voz alta, ayuda en cierta medida, pero no calma. ¿Cuánto tiempo más ha de pasar?

No es el tiempo lo que se espera, sino la oportunidad de cambiar. No se precisan grandes cambios, sólo la capacidad de virar nuestro rumbo a un destino que nos sea más favorable.

Para muestra esta película Atrapado en el tiempo, de Harold Ramis.

Atentos a la frase del protagonista (Bill Murray) “¿Y qué pasa si no hay mañana? Hoy no lo ha habido”, dice después de revivir una y otra vez el mismo día de pesadilla, sin conseguir ponerle fin. Se eterniza en una resistencia férrea por cambiar lo irremediable, hasta que decide abandonar esa estrategia y aprovechar la oportunidad en propio beneficio. Dirige su energía hacia otra dirección más saludable. Al final sucede “Algo ha cambiado. Por pequeño que sea el cambio, ya no es lo mismo.”


jueves, 20 de diciembre de 2007

TOC TOC...¿HAY ALGUIEN AHÍ?


Quiero compartir con vosotros algo que me pasó ayer.

Estábamos mi ciática y yo en la sala de espera de un ambulatorio cualquiera. Ya sabéis, ese infame lugar donde los segundos parecen minutos y los minutos larguísimas horas. Pues ahí andábamos ambas, enzarzadas en una coordinadísima danza: ella me gritaba y yo le ladraba. La discusión empezó como se suele: con susurros contenidos que aumentan en escalada ascendente. Ni que decir tiene que mi vergüenza, pudor y compostura prefirieron esperar en la calle...

En esas que aparece un pobre hombre, sosteniéndose la mano con visible cara de espanto. Miraba hacia el techo, con ojillos quedos, cosa que yo interpreté como un rezo suplicante. ¡Pero me equivoqué! ¡Horror! ¡Tendríais que haber visto aquella mano, aquél "dedo-globo," que de tan hinchado había perdido hasta su forma original! ¡creedme si os digo que parecía un zeppelin de esos que flotan por el cielo... Entonces lo entendí, aquel hombre se agarraba con fuerza su mano y miraba temeroso al techo...¡por miedo a salir volando en cualquier momento!

Mientras tanto, la puerta de la consulta abierta de par en par. Médico y enfermera charlaban alegremente. Ningún usuario dentro. Sólo ellos y sus grandísimas verdades. Ahí estaban animados en una distendida conversación, no poco interesante, la verdad. Se quejaban del nuevo programa informático, y de cómo el nuevo protocolo impediría una gestión diligente. Criticaban con vehemencia la mala coordinación del centro y la burocracia administrativa. Defendían con rotunda seguridad sus posiciones: "¡es intolerable que los pacientes sufran las consecuencias de una pésima gestión! ¡perderemos más tiempo en rellenar las historias clínicas en el ordenador y será el paciente el que pague con su espera! ¡Es inaceptable! ¡Pienso hacer una queja formal!"

En la sala de espera, el reloj nos castigaba con un pesadísimo avanzar, pero ahí seguíamos nosotros, la extraña pareja: servidora aullando cual lobo en noche de luna llena, y el señor "helio" aferrándose a su silla para no salir volando...

Ahí está. La incongruencia hecha realidad. Los competentes profesionales tan absortos en su discurso lógico-verbal (cargado de razón y buenas intenciones) acabaron por hacer aquello que con tanta vehemencia criticaban: desatendieron a sus pacientes.

¿Cuántas veces nuestro discurso nada tiene que ver con nuestras acciones? ¿Nos escuchamos cuando hablamos? ¿somos conscientes de lo que decimos y hacemos?

EL SER HUMANO: EL ÚNICO ANIMAL CON EMOCIONES MEZCLADAS


Hoy me apetece desde este humilde espacio, homenajear a un buen compañero y mejor amigo, con el que he compartido trabajo en el último año, y sobre todo, muy buenos ratos de café.


Tal vez por la solemnidad de mis palabras, pueda pareceros que el susodicho en cuestión ha pasado a mejor vida…¡Pues así lo espero, sinceramente! Aunque sólo sea en este mundo terrenal…Amigo, te deseo suerte en tus nuevas andanzas, y lo más importante: que sigas avanzando, en la dirección que te propongas y sirviéndote de tu magnífica persona, que francamente, no es poco. Si me permites, te tomo prestada una de tus frases preferidas:

“¡Qué grande eres!”

Te echaré de menos.


El ser humano es el único animal que se sirve de una mezcla de emociones en el sentir de un mismo acontecimiento.

Como yo hoy, que me siento tan alegre, agradecida y tremendamente afortunada por haber sabido aprovechar la oportunidad que me brindó un casual cruce de caminos, como también triste, con cierta añoranza de lo que se sabe perdido. Es una mezcla confusa de sentimientos muy claros.

¿Habéis probado a describir con adjetivos cómo os sentís ante determinadas situaciones ? ¿Qué emociones están interviniendo? Os reto a que lo probéis, es un buen ejercicio para concienciarse del pobre dominio que tenemos sobre ellas..¡Apuesto a que no pasamos del “alegre, triste, enfadado y sorprendido”, y me atrevería a decir, que si rascamos un poco, dudamos hasta del adjetivo elegido…¿Qué decís?