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lunes, 6 de junio de 2016

HIJOS A PERPETUIDAD

Mucho sufrimiento debe encerrar un destete, cuando hay madres que se resisten tanto, así el bebé ronde ya los cuarenta. Hijos que sin haber llegado a adultos, ya lucen canas y permanecen niños.

Este es el caso de Rosaura.

Rosaura era la hija mediana de una familia acomodada. Disfrutó de los privilegios de una buena vida, si se entiende como tal, vivir a gastos pagados sin reparar en ello.

La madre, una mujer de armas tomar, ejercía el control supremo en la familia. Se le reconocía ese poder obedeciendo a sus demandas sin ninguna resistencia. Así pasaron los años y así creció Rosaura, atendiendo a cada petición de su madre, con obstinada diligencia. La madre, una buena central de operaciones, coordinaba la vida de sus hijas con absoluta dedicación.

Las hijas asumían su papel con aparente entusiasmo, incluso podría decirse que hasta con incuestionable aceptación.

Rosaura aprendió a ceder el poder de su vida a su querida madre, que le ahorraría el tedioso esfuerzo de tener que hacerlo ella misma. Tomar decisiones sobre qué estudiar, dónde veranear, o incluso cómo disponer de los fines de semana era un trabajo que delegaría en su madre. Y ésta, en su infinita bondad por facilitar la vida a la familia, disponía de la entera organización de las agendas de todos sus miembros.

La cosa empezó a torcerse cuando “la niña” se casó, y eso que el muchacho había pasado todos los filtros de la aprobación materna. Parecía un buen chico pero pronto se descubrió la verdad. El recíén llegado venía de un mundo tan extraño como hostil, en el que los padres respetaban el crecimiento natural de sus hijos, permitiendo e incluso alentando, su propia autonomía. Algo así como educar en libertad. ¡Habráse visto semejante dejación de responsabilidad materna! Refunfuñaba la buena de la suegra.

Los encontronazos fueron en aumento al llegar el primer bebé, porque no era el hijo de sus padres, sino el nieto de su abuela. Quede clara la diferencia...

Marcelo, el marido de Rosaura, batallaba en solitario, su derecho a ser marido y padre. Su esposa, más hija que madre o pareja, se dejaba arrullar por los mimos de mamá, mientras apartaba a codazos al incordio del marido, empeñado en reclamar su sitio. Imposible ir a la par en un matrimonio de tres.. Los triángulos, como el de las Bermudas, son peligrosos. Algo se pierde en ellos.

Cuánto más reclamaba Marcelo, más se oponía Rosaura. Y así se enredaron en un baile de malos pasos. Él resentido con la suegra. Ella defensora de su madre. Y la madre-suegra sin entender cómo tan dulce parejita acabó así...

“Con lo bien que se les veía”, decía atónita.











martes, 12 de mayo de 2015

SALVADOR, SÁLVATE DE TI MISMO

Parecía un triunfador y se esforzaba en parecerlo, aunque su actitud extremadamente cordial lo delataba. Salvador era un tipo amistoso, de aquellos que gusta gustar. Necesitado de reconocimiento y valoración, su empeño iba dirigido a ese fin.

Era un personaje gracioso, de esos que divierten en las fiestas y agrada de su compañía. Siempre dispuesto a contar la anécdota más fascinante, envuelta en un halo de absoluta credibilidad. Esas historias delirantes pero fantásticas, narradas en primera persona, captaban admiración.


Cualquiera que le prestara demasiada atención a su eterna sonrisa, pudiera pensar que la vida no le había ido nada mal: un hombre resuelto, al parecer exitoso, popular en su barrio, admirado...igual que su padre.

Sin embargo, una mirada más observadora se sorprendería de que alguien tan sociable gozara de tan pocos amigos, apenas un par, si somos generosos. Acercarnos a su historia nos llevaría a entenderlo:

Hijo orgulloso de un padre  triunfador, adicto a aquellos éxitos que llevaran consigo un reconocimiento público. Salvador creció señalado como "El hijo de", tal fue su suerte, que vivió sintiéndose en deuda perpetua con semejante carga. Una condena que aceptaría sin fianzas.

Siendo el hijo de alguien aprendió a vivir la vida de nadie.

Y es que quien vive bajo la sombra alargada de un padre brillante está condenado a brillar, aunque su luz sea robada.

Salvador invirtió toda una vida en parecerse a él, y el precio fue renunciar a su persona, tan poderosa es la lealtad al apellido que uno hereda. Construyó poco a poco, con más renuncia que destreza, una imagen suya de cartón piedra, un reflejo vacío que el espejo no le devolvería. Un doloroso fraude, más para sí mismo que para el mundo, porque quien pretende ser, no es y la propia naturaleza acaba por descubrir el engaño.

Y llegó el día en que se descubrió agazapado, ocultándose para no ser descubierto, y entonces entendió.

Entendió que el reverso de la cara es la cruz, y que el coste de una vida vacía por falsa es demasiado alto hasta para los farsantes. Y añoró el sabor de lo auténtico que nunca conoció. Y soñó con poder contarle a alguien sus miedos, sus mentiras..y se sintió solo y asustado.

Y se refugió en el alcohol. La alternativa requería honestidad y valor...








viernes, 14 de febrero de 2014

EN MI NOMBRE

Me gusta jugar con las palabras. Darles la vuelta, unirlas de forma irreverente. En fin, disfrutar con la grandeza de las letras, un universo de posibilidades.

Me interesan los nombres de persona. Esos distintivos que señalan identidades, y aunque se les llama “propios”, pertenecen a muchos, y aún así, no los compartimos. Mi nombre es mío, pensamos...

Sin ellos no somos nadie.

Y me encantan los apellidos. Explican una historia hacia atrás, de la que se desconoce el principio.
Ignorantes de nuestra procedencia, seguimos viviendo, en tiempo presente, quien sabe si repitiendo patrones que se iniciaron décadas atrás. Si quisiéramos saber, si nos sobrara curiosidad, quizás descubriríamos secretos fascinantes que nos revelarían muchas cosas de nuestras familias actuales, de nuestro presente. Mitos que se transmiten generación tras generación, sin siquiera cuestionarse, como un legado inviolable, del que ni siquiera se es consciente.

Esa es la historia, ése es el drama y a su vez, la inquietante verdad. Somos quiénes hemos aprendido a ser a lo largo de los tiempos. Poca idiosincrasia, mucha repetición. De vez en cuando, despunta algún original que se desmarca y rompe moldes, aunque no siempre será bien recibido. La lealtad familiar tiene un precio.

Nombres y apellidos. Cómo nos llamamos nos marca, nos imprime una huella distintiva y nos arraiga, para bien o para mal.

Nos dice mucho con muy poco. Hay quien luce con orgullo su nombre y lo pasea entre collares y pulseras, o aún peor, sobre su piel, o aún más peor, sobre su propia piel el nombre de otro...

Los hay que los regalan a sus hijos para inmortalizarlo (o inmortalizarse), los hay que lo esconden bajo “pilas”, los hay avergonzados de por vida y los que más, resignados.

¿Qué sabemos acerca de la historia de nuestros padres? ¿Quién eligió nuestro nombre? ¿Papá? ¿Mamá? ¿Los abuelos...? ¿Los maternos...o paternos? ¿Lo consensuaron nuestros padres? ¿Fue una elección meditada? ¿Fácil? ¿Difícil? ¿Hubo desencuentros? ¿Por parte de quién?

¿Tenía algún sentido especial el nombre escogido? ¿Perteneció antes a algún miembro de la familia, quizás fallecido? ¿Qué lugar ocupaba esta persona en la historia familiar? ¿Mitos? ¿Leyendas?
¿Honrar a los difuntos? ¿Para quién era importante?

Lo que la verdad esconde, a veces, no está oculto. Sólo hay que saber buscarlo.


Como véis, nuestro nombre, en verdad no nos pertenece, pertenece a la historia de nuestros padres. Ni siquiera a ellos... Y sin embargo, lo hacemos nuestro.





miércoles, 11 de enero de 2012

ESTA CULPA ES MÍA


No deja de sorprenderme lo escandalosamente “apegados” que estamos los hijos a nuestros padres. Intensamente. La mayor de las veces, de la peor manera.

Y la intensidad incluye también sufrimiento a grandes dosis y sobretodo, culpabilidad.
La mayoría de los padres no conocen a sus hijos. No tienen ni idea de qué piensan, sienten, desean o temen. Cuando son niños, porque sólo son niños y ya se sabe que no hay que tomárselos muy en serio, y cuando son adultos porque ya aprendieron a callarse. La historia es que en la adultez, los hijos se han convertido en extraños, en auténticos desconocidos para sus padres.

La cuestión, lo sorprendente, es que por alguna razón, los hijos se resisten a no ser conocidos por sus padres, y en especial por la madre, figura misteriosamente especial. Algunos se esfuerzan por brillar y ser el orgullo de mamá, otros matarían simplemente por ser visibles a sus ojos, por sentirse parte, por saberse válidos, que no valiosos, eso sería mucho soñar.

Pero hoy sólo quiero detenerme en la culpa. Me parece una sensación brutal, potentísima, que moviliza tanto como paraliza. Observo cuanto tiene que ver la culpa en la danza de acercamiento y alejamiento que los hijos adultos hacen hacia sus padres.

A menudo me cuentan con cierto fastidio, que el fin de semana toca “fichar” en casa de los padres “ya sabes, vamos a comer y así nos vemos, porque si no se quejan y para evitar enfados, bla bla bla…”
En realidad sospecho que lo que mueve a los hijos a visitar a los padres, no es la amenaza fantasma, sino la propia necesidad de cumplir como buen hijo para evitar la desagradable sensación de la propia culpa. Nos acercamos a ellos para evitar sentirnos culpables.

Pero a su vez, como una goma elástica, nos retrotraemos tan rápido como podemos de esos encuentros semanales. Se hacen visitas cortas, siempre habrá alguna excusa que permita la despedida y cierre del evento (que si el niño tiene que estudiar, que si tiene que venir el técnico, que si dicen que caerá un meteorito, que si parece que va a nevar…)

Alargar más de lo necesario esas citas obligadas (y deseadas) hace que nos sintamos mal. Cuando ya se ha comido y hablado del tiempo o del Gobierno, empiezan a aflorar las diferencias, o las carencias, o las hostilidades…Hemos rebasado el límite tolerado en sangre y ésta empieza a hervir; es el momento de poner pies en polvorosa, de agudizar el ingenio con la excusa más rocambolesca, de largarse a tomar viento tan rápido como se pueda, porque sino…Empezaremos a maldecir, o a no decir que es casi peor, y volveremos a sentirnos presos de la misma trampa: otra vez igual, es que mi padre/mi madre siempre dice(o no dice)…es que siempre hace(o no hace), y la queja se convertirá en tristeza, y ésta en rabia, y esta última en culpa, porque es de mal hijo pensar eso de tus padres, detestarlos, acusarlos…

Así que cuando la relación se intensifica nos sentimos atrapados y nos produce asfixia, claustrofobia…y necesitamos huir, escapar.

En realidad les protegemos protegiéndonos nosotros de unos “malos pensamientos” que nos hieren más que a ellos…

Curiosa paradoja: la culpa nos acerca, la culpa nos aleja.



lunes, 21 de marzo de 2011

HUÉRFANOS DE AMOR


Los hijos necesitan perdonar a sus padres para perdonarse a sí mismos. Esa es la historia.

Hijos sufrientes que lloran su culpa por sentir lo que sienten.

“No me gusta el padre que tengo. No puedo soportarlo. No a él, sino a mí, sabiendo lo que siento. Soy un monstruo. Ningún hijo debería sentir eso hacia su padre. Soy despreciable, malo.”

Esas palabras salieron de las entrañas de un hombre joven, atormentado por un querer y no poder sentir lo que se supone se debe sentir. Y ahí está el error, ahí radica el drama. Atrapado por sus propios sentimientos, tan legítimos y honestos, y sin embargo, rechazándolos de pleno, acusándose por sentirlos, ni siquiera por expresarlos. Javier necesitaba entender.

Entender que las emociones no son ni buenas ni malas. Son. Están ahí por alguna razón. Informan a su portador de que algo duele, algo se necesita o algo desagrada. Son de una utilidad asombrosa. Una ayuda inmejorable para saber dónde estamos y hacia donde queremos ir. Como un Gps. Fantásticas. Lástima que, a veces, no sepamos usarlas.

Javier no odiaba a su padre. Nada más lejos. Es sólo que no fue el padre que le hubiera gustado tener. Eso es todo. No pudo escoger. Su padre, un hombre duro, de vida difícil, nunca atendió a las necesidades de Javier como a él le hubiera gustado. De niño, echaba de menos algún gesto cariñoso, o al menos cercano, pero a pesar de sus denodados esfuerzos nunca llegó. Javier creció ideando múltiples formas de agradar a su padre, pero sin resultado.

Lo que empezó siendo tristeza, se convirtió en desánimo, luego en culpa, más tarde en rabia y finalmente en desesperación.

Javier no odiaba a su padre, sino todo lo contrario. Se odiaba a sí mismo por no haber encontrado la llave que abriera la puerta a ese tan esperado amor. Se culpaba a sí mismo por no ser el buen hijo que quizás hubiera anhelado su padre. Y nada duele más que creerse huérfano de cariño. Pero nuevamente, Javier se equivocaba. Que su padre no supiera quererlo como él lo hubiera necesitado , no significa que su padre no lo quisiera. Si Javier hubiera encontrado la manera de dejar de buscar, de dejar de empeñarse en encontrar…

sábado, 6 de noviembre de 2010

SOBRE CAFÉS Y MERENGUES

Hace unos días, quedé con un buen amigo. Andábamos charlando de cosas serias, ya sabéis, de si el café se disfruta más con crema o sin ella, de si el merengue con toque a anís estropea o no su peculiar sabor…En fin, de las cosas que de verdad importan. No me preguntéis cómo ocurrió, pero en algún momento debimos abandonar la compostura y sobriedad, porque acabamos charlando de auténticas trivialidades. Soy incapaz de recordar cómo llegamos a ese punto, pero allí estábamos, hablando de insulsas anécdotas sobre niños y psiquiatras. Nada serio.

Debíamos andar ya por el tercer café (con crema, por supuesto) cuando mi amigo torció el morro, y su gesto se volvió burlón.

- ¿Nunca te he contado que a mí, de niño, me llevaron al psiquiatra?

- Pues no...(pero no me sorprende, pensé)

- Tenía 7 años, y de una pedrada, le abrí la cabeza a un niño…Un chulito del barrio..¡17 puntos le tuvieron que dar! Se armó una buena…Los padres de la criatura querían denunciarme, y mi madre se cabreó muchísimo conmigo. Decía que “no era normal” que yo fuera tan violento con sólo siete años. Estaba muy preocupada y me llevó al psiquiatra.

(No hagamos un drama. Que conste que esto me lo cuenta con una sonrisilla pícara, de dulce venganza)

La historia que sigue sonará familiar a más de uno.

Mi amigo, en esa época, era blanco de burlas y tortazos del típico gamberrete de barrio. Ese niño abusón le llevaba por la calle de la amargura a mi pobre amigo, que cada día llegaba a casa llorándole a su madre:

- “Mamá, es que fulanito siempre me pega”

- “Pues si te pega, tú pégale más fuerte”

Mi amigo, que era un niño obediente, siguió al pie de la letra el sabio consejo de su madre, y un día, en plena batalla campal con el susodicho elemento, agarró un pedrusco de dimensiones considerables, y le atizó en toda la cabeza. La herida fue memorable, tuvieron que llevárselo a urgencias, sangre a borbotones, gritos, llantos…

Mi amigo, atónito, no entendía el revuelo y mucho menos, el castigo. Su madre le gritaba, reprochándole lo que había hecho. Se la veía aturdida y preocupada, y le recriminaba: ¿Pero qué has hecho? ¿Cómo se te ocurre? Este niño no es normal…tanta violencia…tanta agresividad…Te llevaré a un psiquiatra. Y cumplió con la amenaza.

Ya en la consulta del ilustre doctor, la pobre y angustiada madre, temerosa del veredicto, le preguntó:

- - Y bien, ¿cómo lo ve, doctor?

- - A su hijo estupendamente, pero a usted le convendría terapia.

La madre agarró al niño y se largó indignada y maldiciendo al loquero…¡Pero qué se habrá creído! (curioso el enfado, al fin y al cabo, el psiquiatra le da una buena noticia: su retoño está mentalmente sano)

Lástima que la frustración de la señora le impidiera entender. Podría haber aprendido que su hijo actuó exactamente como ella le ordenó: “Si ese niño te pega, pues tú le pegas más fuerte”. Imagino el cruce de cables de mi buen amigo: “Pero si he obedecido ¿por qué me regaña? “

¿Imagináis qué aprendizaje sacó para los años que siguieron?

jueves, 20 de marzo de 2008

¡quiero ser como papá!

Los hermanos mayores crecen a la sombra de los pequeños de la casa, hartos de oír en boca de sus padres, que tengan cuidadito con las palabras o gestos que emplean, porque sirven de modelo a sus hermanitos, que se empeñarán en imitar lo que en ellos vean. ¡Curioso fenómeno éste, el de “pelotas fuera”! ¿Y qué hay de lo que ven de sus propios padres? ¡Esos adultos aniñados y caprichosos, maleducados, incívicos e inconscientes! ¿Olvidamos que son el verdadero espejo en el que se miran sus hijos? Se aprende de lo que se observa. Los niños buscan el cariño a través del reconocimiento, y eso se consigue haciendo lo que al otro se supone que le gusta y por eso hace, de manera que se imita, esperando ser recompensado. ¿Y qué niño no ha deseado parecerse a papá o mamá o recibir su aprobación o cariño?

En fin, mirad este video...


lunes, 28 de enero de 2008

ESOS PEQUEÑOS TIRANOS


Hace unos días me pasaron este video. Para verlo clickar aquí. Merece la pena, aunque os advierto que dura 20 minutos. Es la ponencia de un juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, en la V Tertulia del Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid y que tiene como título Familia y Escuela ante la Prevención de Conductas de Riesgo.

Este juez es archiconocido por su particular forma de aplicar la justicia con estos chavales en riesgo de exclusión social, como sentenciarlos a sacarse la ESO, o a iniciar algún proyecto ilusionante con vistas a un futuro más prometedor que delinquir.

Creo que resume con gran claridad la situación actual entre padres e hijos, y cómo el conflicto generacional que ha existido toda la vida (y que, por otro lado, es propio y natural) se ha convertido en motivo de Estado y de intervención judicial. Lo que antes era un simple “bofetón” ahora es una “agresión con violación de los derechos fundamentales del menor”, y en consecuencia, denunciable y sentenciable. De hecho, se han interpuesto denuncias por niños menores de 14 años contra sus progenitores ¡Por obligarlos a ducharse o por retirarles la paga semanal! Definitivamente, hemos perdido el norte. Como muy bien dice Emilio Calatayud tal vez este complejo de joven democracia (cuando ya llevamos más de 30 años en ella) sea la culpable de todo este desaguisado. Quizás nos dé miedo a volver al tortazo o al castigo de toda la vida, por miedo a que se nos tilde de ser unos padres anticuados, o lo que es peor, con tintes antidemocráticos…

¿Cuándo entenderemos que los padres no son los amigos de sus hijos? ¡Son sus padres, y eso es lo que necesitan los chavales! Como dice este juez, si se les niega ese derecho, se les deja huérfanos.

En fin, juzgad vosotros mismos.