Mucho sufrimiento debe encerrar un
destete, cuando hay madres que se resisten tanto, así el bebé
ronde ya los cuarenta. Hijos que sin haber llegado a adultos, ya
lucen canas y permanecen niños.
"No hay viento favorable para aquél que no sabe a qué puerto se dirige" BLOG DE PSICOLOGÍA que pretende invitar a la reflexión a través de pequeñas historias cotidianas.
lunes, 6 de junio de 2016
HIJOS A PERPETUIDAD
Mucho sufrimiento debe encerrar un
destete, cuando hay madres que se resisten tanto, así el bebé
ronde ya los cuarenta. Hijos que sin haber llegado a adultos, ya
lucen canas y permanecen niños.
martes, 12 de mayo de 2015
SALVADOR, SÁLVATE DE TI MISMO
viernes, 14 de febrero de 2014
EN MI NOMBRE
miércoles, 11 de enero de 2012
ESTA CULPA ES MÍA

No deja de sorprenderme lo escandalosamente “apegados” que estamos los hijos a nuestros padres. Intensamente. La mayor de las veces, de la peor manera.
Y la intensidad incluye también sufrimiento a grandes dosis y sobretodo, culpabilidad.
La mayoría de los padres no conocen a sus hijos. No tienen ni idea de qué piensan, sienten, desean o temen. Cuando son niños, porque sólo son niños y ya se sabe que no hay que tomárselos muy en serio, y cuando son adultos porque ya aprendieron a callarse. La historia es que en la adultez, los hijos se han convertido en extraños, en auténticos desconocidos para sus padres.
La cuestión, lo sorprendente, es que por alguna razón, los hijos se resisten a no ser conocidos por sus padres, y en especial por la madre, figura misteriosamente especial. Algunos se esfuerzan por brillar y ser el orgullo de mamá, otros matarían simplemente por ser visibles a sus ojos, por sentirse parte, por saberse válidos, que no valiosos, eso sería mucho soñar.
Pero hoy sólo quiero detenerme en la culpa. Me parece una sensación brutal, potentísima, que moviliza tanto como paraliza. Observo cuanto tiene que ver la culpa en la danza de acercamiento y alejamiento que los hijos adultos hacen hacia sus padres.
A menudo me cuentan con cierto fastidio, que el fin de semana toca “fichar” en casa de los padres “ya sabes, vamos a comer y así nos vemos, porque si no se quejan y para evitar enfados, bla bla bla…”
En realidad sospecho que lo que mueve a los hijos a visitar a los padres, no es la amenaza fantasma, sino la propia necesidad de cumplir como buen hijo para evitar la desagradable sensación de la propia culpa. Nos acercamos a ellos para evitar sentirnos culpables.
Pero a su vez, como una goma elástica, nos retrotraemos tan rápido como podemos de esos encuentros semanales. Se hacen visitas cortas, siempre habrá alguna excusa que permita la despedida y cierre del evento (que si el niño tiene que estudiar, que si tiene que venir el técnico, que si dicen que caerá un meteorito, que si parece que va a nevar…)
Alargar más de lo necesario esas citas obligadas (y deseadas) hace que nos sintamos mal. Cuando ya se ha comido y hablado del tiempo o del Gobierno, empiezan a aflorar las diferencias, o las carencias, o las hostilidades…Hemos rebasado el límite tolerado en sangre y ésta empieza a hervir; es el momento de poner pies en polvorosa, de agudizar el ingenio con la excusa más rocambolesca, de largarse a tomar viento tan rápido como se pueda, porque sino…Empezaremos a maldecir, o a no decir que es casi peor, y volveremos a sentirnos presos de la misma trampa: otra vez igual, es que mi padre/mi madre siempre dice(o no dice)…es que siempre hace(o no hace), y la queja se convertirá en tristeza, y ésta en rabia, y esta última en culpa, porque es de mal hijo pensar eso de tus padres, detestarlos, acusarlos…
Así que cuando la relación se intensifica nos sentimos atrapados y nos produce asfixia, claustrofobia…y necesitamos huir, escapar.
Curiosa paradoja: la culpa nos acerca, la culpa nos aleja.
lunes, 21 de marzo de 2011
HUÉRFANOS DE AMOR
Los hijos necesitan perdonar a sus padres para perdonarse a sí mismos. Esa es la historia.
Hijos sufrientes que lloran su culpa por sentir lo que sienten.
“No me gusta el padre que tengo. No puedo soportarlo. No a él, sino a mí, sabiendo lo que siento. Soy un monstruo. Ningún hijo debería sentir eso hacia su padre. Soy despreciable, malo.”
Esas palabras salieron de las entrañas de un hombre joven, atormentado por un querer y no poder sentir lo que se supone se debe sentir. Y ahí está el error, ahí radica el drama. Atrapado por sus propios sentimientos, tan legítimos y honestos, y sin embargo, rechazándolos de pleno, acusándose por sentirlos, ni siquiera por expresarlos. Javier necesitaba entender.
Entender que las emociones no son ni buenas ni malas. Son. Están ahí por alguna razón. Informan a su portador de que algo duele, algo se necesita o algo desagrada. Son de una utilidad asombrosa. Una ayuda inmejorable para saber dónde estamos y hacia donde queremos ir. Como un Gps. Fantásticas. Lástima que, a veces, no sepamos usarlas.
Javier no odiaba a su padre. Nada más lejos. Es sólo que no fue el padre que le hubiera gustado tener. Eso es todo. No pudo escoger. Su padre, un hombre duro, de vida difícil, nunca atendió a las necesidades de Javier como a él le hubiera gustado. De niño, echaba de menos algún gesto cariñoso, o al menos cercano, pero a pesar de sus denodados esfuerzos nunca llegó. Javier creció ideando múltiples formas de agradar a su padre, pero sin resultado.
Lo que empezó siendo tristeza, se convirtió en desánimo, luego en culpa, más tarde en rabia y finalmente en desesperación.
Javier no odiaba a su padre, sino todo lo contrario. Se odiaba a sí mismo por no haber encontrado la llave que abriera la puerta a ese tan esperado amor. Se culpaba a sí mismo por no ser el buen hijo que quizás hubiera anhelado su padre. Y nada duele más que creerse huérfano de cariño. Pero nuevamente, Javier se equivocaba. Que su padre no supiera quererlo como él lo hubiera necesitado , no significa que su padre no lo quisiera. Si Javier hubiera encontrado la manera de dejar de buscar, de dejar de empeñarse en encontrar…
sábado, 6 de noviembre de 2010
SOBRE CAFÉS Y MERENGUES
Hace unos días, quedé con un buen amigo. Andábamos charlando de cosas serias, ya sabéis, de si el café se disfruta más con crema o sin ella, de si el merengue con toque a anís estropea o no su peculiar sabor…En fin, de las cosas que de verdad importan. No me preguntéis cómo ocurrió, pero en algún momento debimos abandonar la compostura y sobriedad, porque acabamos charlando de auténticas trivialidades. Soy incapaz de recordar cómo llegamos a ese punto, pero allí estábamos, hablando de insulsas anécdotas sobre niños y psiquiatras. Nada serio.Debíamos andar ya por el tercer café (con crema, por supuesto) cuando mi amigo torció el morro, y su gesto se volvió burlón.
- ¿Nunca te he contado que a mí, de niño, me llevaron al psiquiatra?
- Pues no...(pero no me sorprende, pensé)- Tenía 7 años, y de una pedrada, le abrí la cabeza a un niño…Un chulito del barrio..¡17 puntos le tuvieron que dar! Se armó una buena…Los padres de la criatura querían denunciarme, y mi madre se cabreó muchísimo conmigo. Decía que “no era normal” que yo fuera tan violento con sólo siete años. Estaba muy preocupada y me llevó al psiquiatra.
(No hagamos un drama. Que conste que esto me lo cuenta con una sonrisilla pícara, de dulce venganza)
La historia que sigue sonará familiar a más de uno.
Mi amigo, en esa época, era blanco de burlas y tortazos del típico gamberrete de barrio. Ese niño abusón le llevaba por la calle de la amargura a mi pobre amigo, que cada día llegaba a casa llorándole a su madre:
- “Mamá, es que fulanito siempre me pega”
- “Pues si te pega, tú pégale más fuerte”
Mi amigo, que era un niño obediente, siguió al pie de la letra el sabio consejo de su madre, y un día, en plena batalla campal con el susodicho elemento, agarró un pedrusco de dimensiones considerables, y le atizó en toda la cabeza. La herida fue memorable, tuvieron que llevárselo a urgencias, sangre a borbotones, gritos, llantos…
Mi amigo, atónito, no entendía el revuelo y mucho menos, el castigo. Su madre le gritaba, reprochándole lo que había hecho. Se la veía aturdida y preocupada, y le recriminaba: ¿Pero qué has hecho? ¿Cómo se te ocurre? Este niño no es normal…tanta violencia…tanta agresividad…Te llevaré a un psiquiatra. Y cumplió con la amenaza.
Ya en la consulta del ilustre doctor, la pobre y angustiada madre, temerosa del veredicto, le preguntó:
- - Y bien, ¿cómo lo ve, doctor?
- - A su hijo estupendamente, pero a usted le convendría terapia.
La madre agarró al niño y se largó indignada y maldiciendo al loquero…¡Pero qué se habrá creído! (curioso el enfado, al fin y al cabo, el psiquiatra le da una buena noticia: su retoño está mentalmente sano)
Lástima que la frustración de la señora le impidiera entender. Podría haber aprendido que su hijo actuó exactamente como ella le ordenó: “Si ese niño te pega, pues tú le pegas más fuerte”. Imagino el cruce de cables de mi buen amigo: “Pero si he obedecido ¿por qué me regaña? “
¿Imagináis qué aprendizaje sacó para los años que siguieron?
jueves, 20 de marzo de 2008
¡quiero ser como papá!
En fin, mirad este video...
lunes, 28 de enero de 2008
ESOS PEQUEÑOS TIRANOS

Creo que resume con gran claridad la situación actual entre padres e hijos, y cómo el conflicto generacional que ha existido toda la vida (y que, por otro lado, es propio y natural) se ha convertido en motivo de Estado y de intervención judicial. Lo que antes era un simple “bofetón” ahora es una “agresión con violación de los derechos fundamentales del menor”, y en consecuencia, denunciable y sentenciable. De hecho, se han interpuesto denuncias por niños menores de 14 años contra sus progenitores ¡Por obligarlos a ducharse o por retirarles la paga semanal! Definitivamente, hemos perdido el norte. Como muy bien dice Emilio Calatayud tal vez este complejo de joven democracia (cuando ya llevamos más de 30 años en ella) sea la culpable de todo este desaguisado. Quizás nos dé miedo a volver al tortazo o al castigo de toda la vida, por miedo a que se nos tilde de ser unos padres anticuados, o lo que es peor, con tintes antidemocráticos…
¿Cuándo entenderemos que los padres no son los amigos de sus hijos? ¡Son sus padres, y eso es lo que necesitan los chavales! Como dice este juez, si se les niega ese derecho, se les deja huérfanos.
En fin, juzgad vosotros mismos.