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sábado, 15 de agosto de 2015

¿SE PUEDE AYUDAR AL EGOÍSTA CON BUENAS INTENCIONES?

Justificaba sus malos modos. Angelina parecía tolerarlo aun con desgana. Verás, me decía, es que él no se da cuenta, no obra de mala fe. Y con ese argumento, que en realidad no lo era, acababa todas las discusiones con quien quisiera iniciarlas.

Deduje que algo no andaba bien...

Angelina rondaba los cuarenta cuando la vi por primera vez. Llegó a consulta con una demanda tan errada como inútil “Que mi familia y amigos dejen de ver a Jaime como una mala persona”

Jaime no estaba presente ni pretendía estarlo. Obviamente el problema lo tenían los otros, y entre los otros se contaba su mujer, Angelina.

La familia de ella, al parecer, estaba harta de soportar los malos modos de Jaime, traducidos en desplantes, malas caras, contestaciones irrespetuosas y una actitud altamente soberbia. Las comidas familiares hace tiempo que dejaron de serlo gracias a él. Jaime reventaba las celebraciones con cualquier excusa, asegurándose que sus malas caras y peor lengua dejaran claro su postura impertinente.

Angelina nadaba entre dos aguas esperando salir a flote pero se ahogaba. Sufría viendo actuar así a su marido, pero lo disculpaba con un nada convincente “es que él es así”.

Además ocurría algo curioso: mientras más se esforzaba ella en defenderlo, más los cabreaba.

Angelina explotó el día que le oyó decir a su padre que Jaime era una mala persona.

¡Mala persona! En la conciencia de cualquiera, mala persona es quien mata o roba...Pero también quien hace daño intencionadamente a otro...¿no?

“Pero Jaime no es mala persona...es que él es así, tiene un carácter fuerte y es testarudo, pero no se da cuenta...” éste era el pobre argumento de Angelina.

Pues claro que Jaime se daba cuenta de las consecuencias de sus actos, no era idiota. Pero supongo que en la mente de cualquiera, para tildar de “mala persona” a alguien se necesita atribuirle una buena dosis de maldad, pero...¿la intención de herir a alguien para salir uno victorioso, es propio de buenas personas? ¿Sacrificar el bienestar de los demás por puro placer egoísta, es propio de buenas personas? ¿Crear sufrimiento en tu pareja a cambio de alimentar tu ego, es propio de buenas personas?

Mirad alrededor de este tipo de personas y veréis cadáveres, aunque estos sólo sean emocionales.

Me pregunto si sólo los delitos de sangre son delitos y si el egoísmo no es el cimiento de la maldad...





viernes, 12 de junio de 2015

JUGANDO A PERDER


  • ¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí? Preguntó Alicia.
  • Eso depende de a dónde quieras llegar- contestó el Gato.
  • A mí no me importa demasiado a dónde...explicó Alicia
  • En ese caso, da igual hacia a dónde vayas- interrumpió el Gato.
    (Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll)



Le había tocado la lotería. Por capricho del destino o designio del universo, quién sabe, un día cualquiera, un día no muy distinto a los varios miles de días anteriores a ése, la vida decidió que la suerte llevaría su número.

Cuando Alicia chequeó su boleto aquella mañana, no daba crédito. Imposible. Su deseo no podía hacerse realidad porque violaría las leyes de la probabilidad. Entre los millones de personas que habrían jugado ese día, ¿cómo era posible que le hubiera tocado a ella?

Los juegos de azar son bien curiosos: se apuesta para ganar pero si eso ocurre uno se repite “no puede ser” “debe haber un error” “es imposible”.

(El ser humano es misterioso...)

Después de revisar distintas páginas de prensa buscando el error, se dio por vencida, y no le quedó otra que reconocerse clara vencedora en la millonaria competición por el camino a la felicidad.

En ese instante se imaginó feliz y soñó. Se compraría una buena casa, con piscina, claro, porque es lo que todo el mundo desea ¿no? Y se compraría un cochazo, que aunque no le interesaban nada los vehículos, supuso le haría sentir bien. Y viajaría, aunque no sabía donde, porque nunca fue muy viajera. Y se iría a las mejores firmas de ropa y no repararía en gastos, a pesar de que gustaba de tejanos y aborrecía el mundo de la moda...

Su vida, por fin, cambiaría totalmente. Dejaría de vivir esa vida plana, aburrida, sin proyectos ilusionantes, ni motivaciones más allá de los pequeños placeres cotidianos, más arraigados en la costumbre que en el propio deleite.

Pero no fue así. Su vida gris no cambió de color. Sólo oscureció.

Se suponía que la felicidad había llamado a su puerta pero no la estaba sintiendo. ¿Cómo era posible?¡Por Dios, le había tocado la lotería! ¡Eso era más dinero del que jamás podría pulirse, ni ella ni sus generaciones venideras, si las hubiera! Podía tenerlo todo...Pero lo único que tenía era dinero. Apostar tu felicidad a un número, es arriesgar demasiado.

Así fue como la euforia de sus expectativas fue cayendo en picado con el paso de los meses.

Alicia no vivió nunca en el país de las maravillas, de modo que no supo ver la madriguera cuando la tuvo delante. Se quedó en la puerta, esperando que la diosa fortuna la rescatara de su prisión. Hizo lo que sabía hacer: esperar que alguien o algo llenara su vacío. Pero el vacío de cada cual, a cada cual pertenece. Y más tarde que temprano uno descubre su trampa.

Alicia esperó que la maravillaran en lugar de escoger ella cómo maravillarse. Cedió el poder de su bienestar y descubrió, que las jaulas, jaulas son, aunque de oro sean.

Probablemente, si Alicia hubiera escogido vivir una vida razonablemente buena, llenándola de personas, cosas y experiencias agradables, nutriéndose de ilusiones y proyectos más o menos motivantes, el día que hubiera tentado a la suerte en la lotería y ésta le hubiera respondido, quizás, entonces, ya llena de mucho, hubiera esperado menos de tanta fortuna, y quizás entonces, el dinero
se convertiría en una bendición. Parece bastante probable...¿no?

¿Nos la jugamos?



miércoles, 2 de marzo de 2011

BLANCO Y EN BOTELLA...


Caminaba por la calle, cuando un coche patrulla se paró ante mí. Saludé gentilmente al señor policía, que además es amigo mío, invitándole a iniciar el chiste o broma habitual, típico en este tipo de encuentros; sin embargo, él, en un gesto que yo intuí muy serio, se limitó a preguntarme por una calle cercana. Mi sonrisa se volvió compostura, y respondí sin vacilar. Deduje que no era momento de juegos, y que algo “feo”debía haber ocurrido en la mencionada calle. El coche patrulla se puso en marcha y se dirigió al lugar de los hechos…

Me quedé pensando que algo gordo debía de haber pasado. Mi amigo, el policía, parecía preocupado, serio. No hizo bromas, como acostumbra. Estaba realmente serio. Inusual en él. Empecé a imaginar qué situación pudiera estar requiriendo los servicios policiales. ¿Qué habría pasado? ¿Una pelea? ¿Un incendio? ¿Un robo? La verdad es que últimamente se han producido robos por la zona…Sí, es muy probable que haya sido eso…¿o no?

Iba yo dándole a la cabeza, y dirigiéndome hacia el lugar (vivo en una calle cercana), cuando de repente, una ambulancia pasó a gran velocidad en esa misma dirección. La evidencia decía que algo más serio pudiera estar pasando…Desde luego, alguien ha requerido los servicios de emergencia (policía y ambulancia), y esto empieza a tomar tintes siniestros, pensé. Alguien enfermo o herido, con toda seguridad.

Llegué a mi casa y me olvidé del asunto. Vivo en un pueblo. No tardaría en enterarme de lo ocurrido.


Al cabo de unas horas, volví a encontrarme con el coche patrulla, y mi amigo seguía de guardia. Esta vez, y como suele suceder, hizo aquello a lo que me tiene acostumbrada: me sonríe graciosamente y me suelta un comentario chistoso. Como soy buena descifrando códigos, deduzco nuevamente, que su distensión facial y verbo jocoso indica luz verde para responder en el mismo idioma, y me acerco alegremente (pero con solemnidad) a preguntar: Cuéntame, ¿qué ha pasado en la calle X, esta mañana? Y con la extrañeza de quien no entiende un idioma extranjero me dice: ¡Ah! Nada. Patrullando con un novato y enseñándole la zona.

“Pe…pe…pero…Calle X-Policía-Ambulancia…Blanco y en botella …¿Horchata????”


Me llevó unos minutos desbaratar la información que yo, tan hábilmente, había entretejido. Había“escogido” selectivamente aquellos elementos de aquí y de allá, que encajaban en mi “lógica visión de los hechos”, y los había ”unido” en perfecto collage, en una narrativa impecable. Como un puzzle, las piezas, cada cual en su lugar. O eso creía...

¿Cuántas veces habremos hecho eso, en situaciones más arriesgadas? ¿cuántas veces eludimos cuestionar nuestra “lógica visión de los hechos”? ¿cuántas veces habremos tejido historias que nunca tuvieron lugar? Peor aún, ¿cuántas de esas historias siguen siendo las que se cuentan, sin siquiera haber sucedido nunca?


Construimos la realidad a nuestra medida, pero no medimos la realidad que construimos. Mala cosa esa.