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viernes, 31 de julio de 2009

¡Y SE HIZO LA LUZ!


Tengo una sobrina que apunta maneras. Sólo ha vivido en este mundo 12 años y ya es capaz de hacer reflexiones sesudas, de esas que se te ocurren después de muchas conexiones neuronales, y largas cavilaciones…¡Estudiar tanto para darte cuenta que la sabiduría no está en los libros!

Una de las frases que más se me oye decir en terapia es “Si sigues haciendo más de lo mismo, sólo conseguirás más de lo mismo. Para salir de ese círculo vicioso, debes poder introducir algo diferente” (y más importante aún: “Hacer algo diferente no es hacer todo lo contrario”)

Las personas, como animales de costumbres que somos, tendemos a seguir ciertos patrones de repetición, o lo que es lo mismo, a hacer las cosas de la misma manera una y otra vez, ¡Y es de locos, porque insistimos en seguir haciéndolo, incluso cuando no nos funciona!


"LA LOCURA NO CONSISTE EN HACER COSAS ALOCADAS, SINO EN HACER SIEMPRE LO MISMO, ESPERANDO UN RESULTADO DIFERENTE"


Por ejemplo, hay quien aprende una mala estrategia en el manejo de las discusiones conyugales, y sin embargo, persiste en ella, como quien espera que milagrosamente, algún día, después de tanta insistencia, por fin, su estrategia funcione! y esto no es perseverancia, es estupidez humana.

“¿Cuántas veces más te has de dar cabezazos contra un muro para darte cuenta de que no puedes atravesarlo?”

Quizás, puedas observarlo desde otro ángulo, o retirarte unos metros, para ver con una visión más amplia, que cerca, tenías una puerta…

Siguiendo con el ejemplo anterior, es de gran ayuda preguntarse: Cuándo discuto con mi pareja, ¿Cómo lo hacemos? ¿Cuál es el patrón de repetición que nos arrastra a una discusión inútil y a un desgaste absurdo? Él/ella hace o dice algo que no comparto-y entonces yo le digo que no tiene razón-luego él/ella se rebota y me alza la voz, cosa que sabe que no soporto-entonces, yo la levanto más y le leo la cartilla-ella, entonces, saca vete tu a saber de donde, los trapos sucios de hace un siglo-entonces yo le recrimino que….(la secuencia que sigue, es probable que no augure nada dulce).

Bueno, pues, “hacer algo diferente” significa buscar el modo de introducir alguna variable nueva, por pequeña que sea, para poder romper esa secuencia repetitiva e inútil, y salir del embrollo hacia otra dirección…quien sabe si mejor (pero
no probar algo distinto, niega la posibilidad de descubrirlo).

Hacer algo diferente no significa hacer todo lo contrario, sólo significa hacer algo diferente, y en ocasiones, puede ser lo mismo, pero ejecutado de una forma distinta.

Podemos seguir enzarzándonos en discusiones estupendas con nuestras parejas, si así lo deseamos, pero de un modo distinto, resolviendo diferencias o aprendiendo a convivir de una forma más sana con ellas.

A lo que íbamos, mi sobrina, que es una persona inteligente, me dijo hace algún tiempo:

“Mira, Mayte, las mates no se me dan bien, y eso del Mínimo Común Múltiplo, no hay forma que lo entienda…¡Es un lío, un rollazo padre! Mi amiga, Marta, que es una empollona y saca dieces en mates, cuando me lo intenta explicar sigo sin entenderlo…¡Porque me lo explica igual que la profe!


Está claro que “el más de lo mismo, no resuelve”, y esa es una gran lección. Gracias Idoia.






lunes, 25 de mayo de 2009

SER O NO SER, ESA ES LA CUESTIÓN...


“Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu permiso”

En algún lugar oí o leí esta frase y desde entonces me acompaña en muchos procesos de terapia.

¿Qué hace que otorguemos a alguien distinto a nosotros mismos, el poder de lo que somos o dejamos de ser?

¿Qué hace que las atribuciones que otros hagan de nosotros, suponga muchas veces, una sentencia que demos como válida?

¿Cuántos de los adjetivos que nos atribuimos, los hemos tomado prestados de lo que otros han dicho de nosotros? ¿Cuánto de esto hemos heredado sin cuestionarlo y nos lo hemos agenciado como propio hasta creérnoslo?

Recuerdo el caso de un adolescente al que de pequeño sus padres y familiares habían colgado el letrero de “tiene pocos amigos porque es muy arisco”, y creció convencido de que “él era así”. Cada vez que hacía un nuevo amigo, sus padres le vaticinaban un mal augurio “en cuanto se dé cuenta de cómo eres te dejará de hablar”. Cuando se peleaba en el cole con algún chaval (cosa extraña entre chavales como todo hijo de vecino sabe) sus padres le recordaban su culpabilidad “por ser tan arisco”. El chaval creció convencido de su “tara” y asumía como culpa incuestionable cualquier desencuentro amistoso o pequeña desavenencia. No había lugar a dudas: él era tan arisco...

Algunas personas son más vulnerables a este juego destructivo, porque llevan jugándolo toda la vida. ¿Quiénes le enseñaron? ¿Dónde aprendieron a poner orejas a los letreros que otros le colgaban? ¿Esos “otros” eran personas sin ningún vínculo afectivo o por el contrario personas muy significativas?


¿A quiénes prestamos atención y a quiénes ignoramos? ¿A quiénes nos importa contentar con nuestra imagen?


La Familia…tengamos la relación que tengamos con nuestra familia de origen, estamos ligados a ella por un hilo invisible.

“Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu permiso”

Otorgamos el poder al otro, cuando aceptamos su superioridad. Otorgamos el poder al otro cuando creemos que no somos suficientemente buenos, o inteligentes, o competentes o lo que sea que nos reprochan, como verdad absoluta e incuestionable, como sentencia culpatoria e inapelable. Otorgamos el poder al otro cuando le permitimos juzgarnos sin derecho a réplica. Cuando nos perdemos el respeto y la dignidad personal.

¿Quién es responsable, en la adultez, de seguir jugando a un juego como ese?

jueves, 15 de enero de 2009

SÉ FIEL A TI MISMO Y...¡ NO CAMBIES NUNCA!






Sé fiel a ti mismo y…¡no cambies nunca!

En el manual para principiantes sobre “El Arte de amargarse la vida”, éste es un capítulo imprescindible.

Es fácil que uno reproche falta de cariño al cónyuge, que suponga malas intenciones al jefe y que acuse al mal tiempo de su resfriado, pero…¡llegarse a convertir en propio responsable de su desdicha…eso requiere años de empeño y duro trabajo en el arte de amargarse la vida! (no pretendan los iniciados, alcanzar tan alta meta, por de pronto).

Las puertas de acceso a la vida desdichada llevan unas indicaciones precisas: uno debe alcanzar la absoluta convicción de que no hay más que una opinión correcta: la propia. Es un objetivo difícil, pero cuando se llega, se saborea, ya que uno carga contra todo lo que huele a diferencia de pareceres…¡Cuánto sacrificio en pro de La Verdad!

Una vez enzarzado en esta dura batalla por imponer su criterio (cargado de razón, faltaría más), está usted preparado para enarbolar su bandera. Como capitán de navío, del que hasta las ratas han abandonado, navega usted solo, pero imperturbable, hacia la noche borrascosa…¿Acaso no son todas las victorias amargas? ¿Acaso no es viendo al rival, destripado y con las vísceras colgando cómo se aprecia la lucha? En el esfuerzo por permanecer fiel a sí mismo y demostrarlo orgullosamente, se convierte en un espíritu de contradicción. No contradecir ya sería traicionarse. El simple hecho de que los otros le sugieran algo, ya es motivo para que lo rechace, incluso cuando, mirado objetivamente, aceptarlo sería de su propio interés. Pero el auténtico genio, el verdadero opositor a vida desdichada, da un paso más, y en un acto heroico, hasta rechaza lo que a él mismo le parece la mejor elección (en esas recomendaciones internas y privadas que uno se hace a sí mismo).

Así, el pez no solo se muerde la cola…¡Sino que se devora del todo!

El resultado es un estado de amargura que no tiene rival. Es el climax. Pero desde luego, a los iniciados menos dotados para una vida amargada, esto sólo estará en sus fantasías, un ideal sublime, pero inalcanzable…Aunque con esmero, empeño y práctica…¡Seguro que también podrán lograrlo!

En estos tiempos de esperanza, ¿por qué no? ¡Yes, you can!!!!!!!!



Recomiendo encarecidamente a los opositores a vida desdichada, lean este libro.






El arte de amargarse la vida, de Paul Watzlawick

viernes, 9 de enero de 2009

CUANDO LO MEJOR ES ENEMIGO DE LO BUENO


“Lo mejor es enemigo de lo bueno”

Lo admito. Ir conmigo de compras puede ser una experiencia irrepetible, porque no te quedarán ganas de repetir…

Me explico. Necesito unos zapatos y Odio ir de compras. Me aburre soberanamente. Sólo cuando me obliga la necesidad, voy. Pero, paradójicamente, cuando no me queda otra y tengo que lanzarme a las calles, en busca del ansiado objetivo, en lugar de llegar, ver y vencer, proloooooongo la agonía durante hooooooras (para mi desquicie y el de mi desafortunado acompañante, si lo hay).

La cosa funciona así: Necesito los dichosos zapatos, y como detesto ir de compras, quiero concentrar mis esfuerzos en encontrar aquellos maravillosos zapatos que no sólo me saquen del apuro, sino que además combinen milagrosamente, con toda y cada una de mi extensa colección de prendas de vestir (o sea, con el tejano oscuro, con el tejano menos oscuro, con el menos-menos-oscuro…) ¡Y claro, es difícil encontrar exactamente ESOS zapatos! Porque Ellos, Los Únicos, Los Soñados, Los más-mejores…que cubran absolutamente todas mis expectativas… ¡Por supuesto NO EXISTEN!

De modo que regreso a casa frustrada, con el tiempo consumido inútilmente y con la compañía cabreada…

Buscar lo mejor puede hacer que no veamos lo bueno, y nos perdamos en una búsqueda infructuosa, como quien está en viaje permanente y pone sumo cuidado en no llegar nunca.

Recuerdo el caso de una persona que vino a terapia, cuya angustia vital la consumía. Su amargura era tal que se pasaba las horas llorando y lamentándose por no encontrar lo que buscaba: relaciones afectivas de una intensidad y vinculación casi fusional. Sólo concebía la amistad si implicaba un desnudo emocional absoluto y permamente, y si esto no se cumplía, las deshechaba.

No es difícil imaginarla sola. Nadie era suficientemente bueno para merecerla. Nadie estaba a su altura. Todos la decepcionaban porque no se entregaban a su amistad en cuerpo y alma, veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año.

Prisionera de su búsqueda, jamás encontraría lo que no existe, y en el camino perdería muchas oportunidades de conocer a gente estupenda, y seguramente, verdaderas amistades…Paradójico, ¿no?

Una vez más, lo mejor, enemigo de lo bueno…¡qué cosas!


lunes, 1 de septiembre de 2008

HERENCIA FAMILIAR


No hace mucho oí una frase que me pareció curiosa: “Comenzamos caminando por la vida como copias, para acabar como originales”

Pues sí. Empezamos nuestras andanzas copiando a nuestros padres, como si fuéramos copias diminutas de su reflejo. De pequeños, observamos como exploradores curiosos. Nos quedamos con todo: copiamos gestos, caras, palabras, expresiones…Sin cuestionarnos nada: Ellos lo hacen y nosotros también. Crecemos así, sin darnos cuenta, y haciendo nuestras las costumbres, creencias, normas y rituales de “La Familia”. Que se cene a las 10h, con la tele puesta y sin hablarse, puede ser una “norma de la casa”. Nadie la escribió, pero todos la cumplen a diario. Tampoco está escrito en ningún lado, que no se pueda hablar de sexo abiertamente y sin tapujos, pero nadie lo hace. O que a la tortilla de patatas se la cubra con una espesa capa de mayonesa, sin embargo, en esa casa no se le ocurriría a nadie servirla de otra forma. Son maneras de hacer o de pensar que acabamos compartiendo con los nuestros, sin cuestionarnos siquiera, que existen otras maneras, otras posibilidades. De eso nos daremos cuenta, cuando escojamos pareja y decidamos volar a otro nido. Entonces nos damos de narices con nuestra herencia. ¿Qué le echas mayonesa a la tortilla de patata, so loca???? Te dice con la cara desencajada tu pareja. ¿Qué me quitas la tele para cenar y me pones musiquita de fondo, so cursi??? ¿Pero dónde se ha visto eso? Despertamos de nuestra fantasía de única realidad posible, y aprendemos que “el otro” también trae consigo su equipaje…Su aprendizaje, su familia, sus costumbres (que nosotros llamaremos “manías”, por supuesto), su mayonesa, su musiquilla… Y entonces, aunque soñamos con tener todo el armario ropero exclusivamente para nuestros vestidos y atuendos, al mirar de reojo (no sin cierto remilgo) a nuestro partenaire, entendemos que debemos hacerle sitio, para que éste pueda también dejar sus trastos ahí.

Y chocamos hasta negociar un territorio compartido donde convivan ambas herencias familiares, creando otra nueva y genuina. Pasamos de la copia al original.