
En algún lugar oí o leí esta frase y desde entonces me acompaña en muchos procesos de terapia.
¿Qué hace que otorguemos a alguien distinto a nosotros mismos, el poder de lo que somos o dejamos de ser?
¿Qué hace que las atribuciones que otros hagan de nosotros, suponga muchas veces, una sentencia que demos como válida?
¿Cuántos de los adjetivos que nos atribuimos, los hemos tomado prestados de lo que otros han dicho de nosotros? ¿Cuánto de esto hemos heredado sin cuestionarlo y nos lo hemos agenciado como propio hasta creérnoslo?
Recuerdo el caso de un adolescente al que de pequeño sus padres y familiares habían colgado el letrero de “tiene pocos amigos porque es muy arisco”, y creció convencido de que “él era así”. Cada vez que hacía un nuevo amigo, sus padres le vaticinaban un mal augurio “en cuanto se dé cuenta de cómo eres te dejará de hablar”. Cuando se peleaba en el cole con algún chaval (cosa extraña entre chavales como todo hijo de vecino sabe) sus padres le recordaban su culpabilidad “por ser tan arisco”. El chaval creció convencido de su “tara” y asumía como culpa incuestionable cualquier desencuentro amistoso o pequeña desavenencia. No había lugar a dudas: él era tan arisco...
Algunas personas son más vulnerables a este juego destructivo, porque llevan jugándolo toda la vida. ¿Quiénes le enseñaron? ¿Dónde aprendieron a poner orejas a los letreros que otros le colgaban? ¿Esos “otros” eran personas sin ningún vínculo afectivo o por el contrario personas muy significativas?
¿A quiénes prestamos atención y a quiénes ignoramos? ¿A quiénes nos importa contentar con nuestra imagen?
“Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu permiso”
Otorgamos el poder al otro, cuando aceptamos su superioridad. Otorgamos el poder al otro cuando creemos que no somos suficientemente buenos, o inteligentes, o competentes o lo que sea que nos reprochan, como verdad absoluta e incuestionable, como sentencia culpatoria e inapelable. Otorgamos el poder al otro cuando le permitimos juzgarnos sin derecho a réplica. Cuando nos perdemos el respeto y la dignidad personal.












