lunes 25 de mayo de 2009

SER O NO SER, ESA ES LA CUESTIÓN...


“Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu permiso”

En algún lugar oí o leí esta frase y desde entonces me acompaña en muchos procesos de terapia.

¿Qué hace que otorguemos a alguien distinto a nosotros mismos, el poder de lo que somos o dejamos de ser?

¿Qué hace que las atribuciones que otros hagan de nosotros, suponga muchas veces, una sentencia que demos como válida?

¿Cuántos de los adjetivos que nos atribuimos, los hemos tomado prestados de lo que otros han dicho de nosotros? ¿Cuánto de esto hemos heredado sin cuestionarlo y nos lo hemos agenciado como propio hasta creérnoslo?

Recuerdo el caso de un adolescente al que de pequeño sus padres y familiares habían colgado el letrero de “tiene pocos amigos porque es muy arisco”, y creció convencido de que “él era así”. Cada vez que hacía un nuevo amigo, sus padres le vaticinaban un mal augurio “en cuanto se dé cuenta de cómo eres te dejará de hablar”. Cuando se peleaba en el cole con algún chaval (cosa extraña entre chavales como todo hijo de vecino sabe) sus padres le recordaban su culpabilidad “por ser tan arisco”. El chaval creció convencido de su “tara” y asumía como culpa incuestionable cualquier desencuentro amistoso o pequeña desavenencia. No había lugar a dudas: él era tan arisco...

Algunas personas son más vulnerables a este juego destructivo, porque llevan jugándolo toda la vida. ¿Quiénes le enseñaron? ¿Dónde aprendieron a poner orejas a los letreros que otros le colgaban? ¿Esos “otros” eran personas sin ningún vínculo afectivo o por el contrario personas muy significativas?


¿A quiénes prestamos atención y a quiénes ignoramos? ¿A quiénes nos importa contentar con nuestra imagen?


La Familia…tengamos la relación que tengamos con nuestra familia de origen, estamos ligados a ella por un hilo invisible.

“Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu permiso”

Otorgamos el poder al otro, cuando aceptamos su superioridad. Otorgamos el poder al otro cuando creemos que no somos suficientemente buenos, o inteligentes, o competentes o lo que sea que nos reprochan, como verdad absoluta e incuestionable, como sentencia culpatoria e inapelable. Otorgamos el poder al otro cuando le permitimos juzgarnos sin derecho a réplica. Cuando nos perdemos el respeto y la dignidad personal.

¿Quién es responsable, en la adultez, de seguir jugando a un juego como ese?

sábado 25 de abril de 2009

TE MIRO PERO NO TE VEO


“¡No lo soporto! Es un imbécil. ¡Maldito engreído de mierda! ¡Además está paranoico, piensa que todos hablan de él, se cree tan importante, el muy capullo…”

¿Suena familiar? Me refiero a la crítica corrosiva que solemos hacer con total impunidad. Arrasamos al enemigo, le cortamos el pescuezo de un solo tajo, o si nos lo permite el amigo oyente a quien vomitamos las pestes (cómplice en la escucha, pasivo receptor de nuestra saña verbal, o activo compañero de malas lenguas) nos recreamos en la carnicería sanguinaria del degüello, y despedazamos a nuestra víctima lentamente, marcando las heridas y hurgando en ellas, sin prisa alguna, recreándonos. Es un arte. Lo paradójico del asunto es que después del ejercicio dialéctico, de la convulsión y el vómito, lejos de liberarnos o de sentirnos aliviados, nos aflora cierto malestar. ¿Y eso por qué? ¡Si el imbécil se lo merece! (por imbécil)…¡No, si el capullo soy yo porque encima me siento mal por haberlo criticado! ¡Esto es el colmo! ¡Después de cornudo, apaleado! ¡Qué injusta es la vida! ¡Pues se va enterar el muy lerdo! ¡Esto no va a quedar así…que le den! ¡Ya se lo encontrará!¡El tiempo pone a cada cual en su lugar…! ¡A cada cerdo le llega su san Martín! ¡Y en abril aguas mil! (aquí es cuando uno ya empieza a desvariar…)

¡Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!!!! El enorme nubarrón negro le persigue a uno, enredado en un torbellino de pensamientos contradictorios y destructivos.

La pregunta es: ¿Qué ha hecho el susodicho mal nacido para herirme tanto?

Si nos paramos a pensar un poco, veremos cuanto de lo que hemos atribuido “al mal nacido”, no es al otro a quien le pertenece, sino a uno mismo. La imagen “del otro” como un espejo, nos devuelve, cegándonos, el destello de aspectos propios que detestamos. Proyectamos. Desplazamos. Juzgamos.

Percibimos a los demás, a través de nuestros ojos (¿ilusión óptica?¿miopía? ¿ceguera?) y de nuestros pensamientos (¿positivos? ¿negativos? ¿coherentes? ¿incoherentes?), de nuestras creencias (¿rígidas? ¿flexibles?) de nuestros prejuicios (¿incuestionables? y de nuestras experiencias (¿aprendizajes adecuados? ¿adaptativos? ¿disfuncionales?).

A la vista está: infinidad de posibilidades. Cada cual ve lo que está en condiciones de ver.

“¡Pues si yo lo veo así es que es así!”...Percepción…qué peligroso.

Percibimos a la persona tal como la juzgamos, y el juicio lo hacemos a través de la imagen que construimos de ella, y que necesariamente no coincide con lo que la persona es. Interpretamos lo que vemos según los elementos de los que disponemos. Cabría preguntarse de vez en cuando: ¿esto es así o puede ser de otra manera? ¿Existen otras posibilidades?”

Quizás, entonces, descubramos que La Verdad no es tan verdadera…

viernes 27 de marzo de 2009

OBVIAMENTE, NO



“¿Pero cómo puede ser que él me pregunte eso? ¡Es tan obvia la respuesta!”

María estaba tan sorprendida como indignada. No daba crédito. “¡Es que es tan obvio!”…Insistía. “Todo el mundo sabe que eso es así. ¡No puede ser de otra manera!” Y en esas estábamos, batallando en la consulta.

“A menudo olvidamos que las obviedades, muchas veces, sólo lo son para nosotros”...le dije con cierta guasa, mientras recordaba una anécdota algo ridícula:

Y es que hace unas semanas acudí con un amigo y colega a una conferencia. Entre los asistentes, estaba una terapeuta familiar a la que yo respeto profundamente. Había sido mi profesora durante dos años, y como me alegró mucho verla, me acerqué a saludarla. No sólo le planté un par de besos con todo el cariño y respeto del que fui capaz, ¡Sino que también le regalé un cabreo monumental! (ten alumnas para esto, debió pensar la mujer)

Hace unos meses, en un Congreso, esta excelente terapeuta de familia, dio una conferencia maravillosa en la que explicaba a modo de metáforas las relaciones de pareja. Fascinó a todo el auditorio con la brillante sencillez de su exposición. Me pareció tan original y útil esa forma de explicarlo que no dudé en utilizarla en este blog. Por supuesto, con la debida referencia a su creadora, de quien hice una presentación respetuosa y cariñosa.

De modo, que al coincidir con ella en esta ocasión, aproveché para “rendirle merecido tributo” y le comenté que tan interesante me pareció su ponencia en aquel congreso, que la recogí en mi blog. Obviamente, esperaba que se alegrara. ¿Podéis imaginar mi cara con una sonrisa de izquierda a derecha? ¡Pues ahora imaginad la suya, tan intensa como la mía pero en la dirección contraria! Su rostro amable se transformó (ya sabéis, como en los cómics, cuando el superhéroe con aspecto gentil se va transformando lentamente en un monstruo grande y verde que emite gruñidos terroríficos) Oh-oh…Algo no iba bien…¿Qué estaba pasando? ¿No se suponía que tendría que sonreír y sentirse orgullosa? Al fin y al cabo hice difusión de un trabajo suyo (debidamente referenciado) con la idea de que pudiera ser útil para quienes lo leyeran (como lo fue para mí). Obviamente eso sólo podía ser entendido así…¿O no? Durante unos segundos estuve en fuera de juego….Toc-toc..¿Hay alguien ahí? ¿Hablamos el mismo idioma? Su tono se volvió áspero y reconoció estar hasta las narices de que “le hicieran eso” y balbuceó algo sobre los derechos de autor…Es obvio que su mala experiencia en asuntos similares (apropiación indebida del curro ajeno), no le permitió descifrar mi gesto como lo que era: un tributo (no lucrativo) desde el respeto y la admiración. Y por mi parte, es obvio que obvié. Craso error.

Obviamente, me disculpé por mi atrevimiento, y prometí retirar el post de mi blog. Así lo hice. Es obvio que a veces no acertamos con los regalos, sobre todo cuando los hacemos pensando en clave errónea “¡Pues a mí me gustaría!”

lunes 26 de enero de 2009

LO QUE TÚ DIGAS, CARIÑO


Carmen era una mujer joven, de treinta y pocos. Casada y con una criaturilla de apenas dos años. Su marido, un hombre serio, dominante y de poca conversación, trabajaba en un taller mecánico. Ella, aunque había cursado estudios universitarios y trabajaba como abogada en un bufete, decía no ser demasiado buena en su trabajo. No merezco estar en este bufete, porque no soy competente. No resuelvo las tareas de la forma más eficaz posible, y además, me falta empuje. No plantar cara”. Demasiados “noes”, pensé…

Carmen acudía a terapia por un “problemilla” de carácter sexual. Nada importante…sólo falta de deseo. “Mi marido dice que tengo un problema y por eso estoy aquí”.

Bueno…los problemas sexuales en la pareja, no suelen ser cosa de uno, sin embargo, es curiosa la frecuencia con la que uno se autoexcluye como parte del problema (y de la solución) ¡Ve tu y arréglalo! Cómo si de unas tuberías escacharradas se tratara…

En fin, nos pusimos manos a la obra, y al cabo de un par de sesiones reventó la tubería salpicando las pulcrísimas paredes de su casa ¡Vaya, con el problemilla! Demasiada obturación para un simple desatasque…

Carmen estaba casada con Mario, un buen hombre, aunque algo tosco.
Carmen lo eligió, de novio, porque le parecía “fuerte y protector”, con aquellos brazos gruesos que podían rodearla y apretarla fuerte hasta asfixiarla (de tanto amor…)
Mario la eligió para protegerla: pensaría por ella, hablaría por su boca y haría lo posible para que no le faltara de nada. La cuidaría como a una Reina.

Al principio, Carmen colaboró con el juego pactado: “Vale, lo que tu digas, cariño”. Pero al nacer el retoño, algo cambió. Carmen desviaba parte de su atención hacia el pequeño intruso, cosa que no fue muy bien recibida por Mario, quien había gozado de ese privilegio en exclusiva. Las discusiones por “¡Joder, Carmen, aún no está la comida en la mesa!”, “Ostias, Carmen, dile al crío que se calle de una puta vez”, cada vez eran más frecuentes.

Carmen protestaba, pero en silencio. No se atrevía a hacerlo en voz alta. Nunca lo había hecho. Ni de pequeñita. Había aprendido a callar y obedecer (sus padres colaboraron en eso). Sus pensamientos eran otra cosa, aunque se cuidó muy mucho de que no emergieran demasiado, ¡No fueran a salírsele! Pero su rabia interior le quemaba, y su tristeza también. Los desencuentros verbales con Mario iban en aumento, y la tensión los ahogaba. Carmen, por extraño que parezca, no ardía en deseos de entregarse a su marido en la cama. Al principio, fingió, pero luego se le hizo imposible. Ideó excusas para evitarlo, hasta que Mario la obligó a ir a terapia para que “se curara”. Al fin y al cabo, ¡el problema era de ella! ¿Quién estaba inapetente?

En apenas tres sesiones, Carmen empezó a permitir a la brigada de limpieza, que succionara esas tuberías, permitiendo aliviar tanta presión interna. No fue fácil (ni limpio), tuvo que ensuciarse las manos. No hay otra forma. Así se libera el atasco.
Pero, los cambios no siempre benefician a todo el mundo…O eso temen algunos. De modo, que cuando Carmen empezó a permitir que su voz se oyera, Mario se asustó mucho.


“¿Y qué será de mí si tu ya no me necesitas porque te vales por ti misma, mi Reina? “¿Dónde encajaré yo?”


Los cambios asustan, porque nos conducen a lugares diferentes…Quién sabe si mejores, pero…¡Dan tanto miedo!

Carmen no volvió a la sesión.

jueves 15 de enero de 2009

SÉ FIEL A TI MISMO Y...¡ NO CAMBIES NUNCA!






Sé fiel a ti mismo y…¡no cambies nunca!

En el manual para principiantes sobre “El Arte de amargarse la vida”, éste es un capítulo imprescindible.

Es fácil que uno reproche falta de cariño al cónyuge, que suponga malas intenciones al jefe y que acuse al mal tiempo de su resfriado, pero…¡llegarse a convertir en propio responsable de su desdicha…eso requiere años de empeño y duro trabajo en el arte de amargarse la vida! (no pretendan los iniciados, alcanzar tan alta meta, por de pronto).

Las puertas de acceso a la vida desdichada llevan unas indicaciones precisas: uno debe alcanzar la absoluta convicción de que no hay más que una opinión correcta: la propia. Es un objetivo difícil, pero cuando se llega, se saborea, ya que uno carga contra todo lo que huele a diferencia de pareceres…¡Cuánto sacrificio en pro de La Verdad!

Una vez enzarzado en esta dura batalla por imponer su criterio (cargado de razón, faltaría más), está usted preparado para enarbolar su bandera. Como capitán de navío, del que hasta las ratas han abandonado, navega usted solo, pero imperturbable, hacia la noche borrascosa…¿Acaso no son todas las victorias amargas? ¿Acaso no es viendo al rival, destripado y con las vísceras colgando cómo se aprecia la lucha? En el esfuerzo por permanecer fiel a sí mismo y demostrarlo orgullosamente, se convierte en un espíritu de contradicción. No contradecir ya sería traicionarse. El simple hecho de que los otros le sugieran algo, ya es motivo para que lo rechace, incluso cuando, mirado objetivamente, aceptarlo sería de su propio interés. Pero el auténtico genio, el verdadero opositor a vida desdichada, da un paso más, y en un acto heroico, hasta rechaza lo que a él mismo le parece la mejor elección (en esas recomendaciones internas y privadas que uno se hace a sí mismo).

Así, el pez no solo se muerde la cola…¡Sino que se devora del todo!

El resultado es un estado de amargura que no tiene rival. Es el climax. Pero desde luego, a los iniciados menos dotados para una vida amargada, esto sólo estará en sus fantasías, un ideal sublime, pero inalcanzable…Aunque con esmero, empeño y práctica…¡Seguro que también podrán lograrlo!

En estos tiempos de esperanza, ¿por qué no? ¡Yes, you can!!!!!!!!



Recomiendo encarecidamente a los opositores a vida desdichada, lean este libro.






El arte de amargarse la vida, de Paul Watzlawick

viernes 9 de enero de 2009

CUANDO LO MEJOR ES ENEMIGO DE LO BUENO


“Lo mejor es enemigo de lo bueno”

Lo admito. Ir conmigo de compras puede ser una experiencia irrepetible, porque no te quedarán ganas de repetir…

Me explico. Necesito unos zapatos y Odio ir de compras. Me aburre soberanamente. Sólo cuando me obliga la necesidad, voy. Pero, paradójicamente, cuando no me queda otra y tengo que lanzarme a las calles, en busca del ansiado objetivo, en lugar de llegar, ver y vencer, proloooooongo la agonía durante hooooooras (para mi desquicie y el de mi desafortunado acompañante, si lo hay).

La cosa funciona así: Necesito los dichosos zapatos, y como detesto ir de compras, quiero concentrar mis esfuerzos en encontrar aquellos maravillosos zapatos que no sólo me saquen del apuro, sino que además combinen milagrosamente, con toda y cada una de mi extensa colección de prendas de vestir (o sea, con el tejano oscuro, con el tejano menos oscuro, con el menos-menos-oscuro…) ¡Y claro, es difícil encontrar exactamente ESOS zapatos! Porque Ellos, Los Únicos, Los Soñados, Los más-mejores…que cubran absolutamente todas mis expectativas… ¡Por supuesto NO EXISTEN!

De modo que regreso a casa frustrada, con el tiempo consumido inútilmente y con la compañía cabreada…

Buscar lo mejor puede hacer que no veamos lo bueno, y nos perdamos en una búsqueda infructuosa, como quien está en viaje permanente y pone sumo cuidado en no llegar nunca.

Recuerdo el caso de una persona que vino a terapia, cuya angustia vital la consumía. Su amargura era tal que se pasaba las horas llorando y lamentándose por no encontrar lo que buscaba: relaciones afectivas de una intensidad y vinculación casi fusional. Sólo concebía la amistad si implicaba un desnudo emocional absoluto y permamente, y si esto no se cumplía, las deshechaba.

No es difícil imaginarla sola. Nadie era suficientemente bueno para merecerla. Nadie estaba a su altura. Todos la decepcionaban porque no se entregaban a su amistad en cuerpo y alma, veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año.

Prisionera de su búsqueda, jamás encontraría lo que no existe, y en el camino perdería muchas oportunidades de conocer a gente estupenda, y seguramente, verdaderas amistades…Paradójico, ¿no?

Una vez más, lo mejor, enemigo de lo bueno…¡qué cosas!


lunes 10 de noviembre de 2008

UNA LLAVE PARA UNA CERRADURA


“La boda con Dunia era para él sencillamente indispensable y no concebía tener que renunciar a ella. Desde hacía años, y muy en secreto, pensaba con deleite en una muchacha virtuosa y pobre. Muy jovencita, muy linda, digna y educada, muy encogida, que hubiera pasado muchos sinsabores, desamparada ante él, una mujer que le tuviese toda la vida por su salvador, que estuviera pendiente de él, que fuera sumisa y le admirase a él y sólo a él. ¡Cuántas escenas, cuantos dulces episodios había forjado en su imaginación sobre este tema sugestivo…! (…)

Una criatura con tales cualidades había de agradecer humildemente, durante toda la vida, su hazaña (la de salvarla), alienando fervorosamente su personalidad ante él, mientras él ejercería su dominio ilimitado y absoluto.”

Fiódor Dostoievski, describía así, hace más de 120 años, a uno de sus personajes, el maquiavélico y despótico Piotr Petróvich, en su obra sublime “Crimen y castigo”.

Fantástico relato y excepcional descripción de lo que supone la búsqueda de pareja.

Y es que la búsqueda y elección de pareja no es azarosa, como bien ilustra el texto.

Eso explica porqué no nos enamoramos de cualquiera…No todos nos sirven. Seleccionamos, sin saberlo, al candidato/a idóneo/a que encaje con nuestras necesidades y pueda satisfacerlas. Como una llave a una cerradura, buscamos encajar. Sin llegar a la perversión manipuladora y consciente de nuestro amigo Peróvich, pero el proceso es idéntico: buscamos en el otro cierta utilidad, bien sea sentirnos protegidos o proteger, ser salvados o salvar, ser sacrificados o sacrificar…y por supuesto, también hay quien busca la equidad, dar y recibir, ofrecer y aceptar.

En el caso que nos ocupa, la necesidad del Sr. Petróvich pasaba por sentirse grande, poderoso, superior, importante; y sabía que eso sería posible emparejándose con alguien débil, encogido, inferior y vulnerable, a quien poder recordar día tras día su penosa condición. De manera que selecciona cuidadosamente a la candidata que se preste y lo haga posible.

Cada cual buscamos en el otro aquello que proporcione sentido a nuestra propia existencia. Hay personas que sólo se sienten atraídas por parejas “difíciles” que requieren mucho esfuerzo y sacrificio, y desprecian cualquier amor apacible y sereno, porque sienten la necesidad de proclamarse mártires, y con ello, recibir el amor, la valoración y el reconocimiento tan merecido… aunque nunca llegue.

viernes 24 de octubre de 2008

¿Y TÚ QUÉ ERES?

Hace algunos días estuve relajándome en mi lugar favorito: los Pirineos.
Soy una mujer de montaña, no cabe duda. Huyo de la ciudad cada vez que puedo y me escapo hacia mundos verdes donde el tiempo se saborea y no se te atraganta.
Allí estaba yo, disfrutando de los manjares culinarios de la alta montaña (tremenda bandeja de carnes varias, colección de chorizos, morcillas y finezas sólo aptas para paladares exquisitos…)
Pues eso, que ahí andaba yo batallando con mis mandíbulas, cuando algo llamó mi atención. Unas mesas más allá, dos parejas de unos cuarenta y poco, charlaban animosas. Bueno…para ser exactos, tres de los cuatro lo hacían, mientras que el cuarto, (una de las mujeres), lo hacía en exclusiva con su hijita de unos 4 años. La mujer, ajena a toda conversación adulta, dirigía su mirada atenta y palabras cariñosas, a esa pequeña individua, que a su vez, le regalaba enormes sonrisas.

“En algún momento se dará cuenta de que comparte mesa con alguien más…”pensé yo. Pero ella seguía embelesada en su pequeño retoño, única fuente de atención y placer.

De hecho, tan pequeño y estrecho era el universo entre ambas, que casi se percibía la línea divisoria que las separaba del mundo.

El marido y la otra pareja, mantenían su charla, respetando la ausencia psíquica (y física) de la mujer. El esposo, un hombretón grandote con aspecto triste, y cara de amargura prematura, lanzaba, de vez en cuando, a su “antes mujer y ahora sólo madre”, una mirada de consabida resignación. Aunque la cuestión es: ¿fue su mujer alguna vez esposa, o él ya eligió como pareja a una madre? Y de ser esto así, ¿una madre para sus hijos… o para sí mismo? Estas absurdeces me venían a la cabeza, al ver a ese esposo solitario con cara de niño grande.

El marido me despertaba cierta curiosidad, y no acertaba a entender porqué… Lo anduve observando un rato y entonces entendí: ¡Cuando estaba con su hija, parecía más su hermanito que su padre! Se relacionaba con la pequeña de una forma un tanto peculiar: en lugar de “regañarla” cuando la criaturita hacía algo indebido, le hacía un gesto morrudo, de aquellos que hacen los niños cuando entre ellos se enfadan, al estilo de “¡pues ya no te estoy, ala!”. Curioso…pensé.

Volvamos a la “madre”. Aprecié que tenía el vientre visiblemente abultado…Un nuevo embarazo. La mujer se validaba a sí misma en lo que mejor sabía hacer: ser madre.

Pero, ¿Acaso sólo somos madres, o sólo esposas, o sólo hijas, o sólo hermanas…?

A veces ocurre que practicamos con tanta dedicación un solo rol, que acabamos olvidando la existencia necesaria del resto de roles que conforman nuestra identidad como personas.

Entonces, ¿qué ocurre cuando renunciamos a nuestra identidad, matando de un plumazo a nuestros otros roles? ¿Acaso esperamos que no tenga consecuencias? ¿Y por qué elegimos el rol que elegimos? ¿Nos sentimos más seguros y cómodos en ese rol que en cualquier otro? ¿Y eso por qué?¿De quien lo aprendimos?¿Qué nos condujo a él? Qué pasaría si lo abandonáramos?

Muchas preguntas CON respuesta. Porque todo tiene una razón de ser…

lunes 6 de octubre de 2008

MALDITOS CANALLAS

Hace unos días, estaba en el andén de una estación de metro. Esperando. A mi lado, un señor, ya entrado en años, con aspecto cuidado y elegante. De pronto, un grupo de unas diez o doce personas de origen africano, accedieron a la estación sin previo pago. Llevaban grandes y pesados bultos a sus espaldas. Imagino que son vendedores ambulantes del “top manta”. El señor menea la cabeza desaprobando la escena. Farfulla unas palabras que no alcanzo a entender. Lo miro y me mira. Esta vez me dice en voz más alta y clara “¡Se han colado!¡Es que se han colado!”


La realidad de cada cual, de cada cual es. Cada uno de nosotros vivimos en nuestro universo personal, a veces perdiendo de vista el mundo que nos rodea. La cotidianeidad dibuja nuestro micro-espacio individual, convirtiéndolo, muchas veces, en algo absurdo y marciano. Así de desconectados estamos. Nos dejamos llevar por nuestras inercias, por nuestras rutinas, por nuestro pensamiento, a menudo poco revisado y aún menos cuestionado. Como el señor del andén, cuya única preocupación en aquel momento, era reivindicar su enfado por tamaña atrocidad: aquellos individuos se habían colado; Los muy sinvergüenzas…El señor elegante miraba a los allí presentes, respetables ciudadanos, como diciendo ¿Es que no lo véis? ¿Tan ciegos estáis? ¿Es que puede haber alguien que no comparta conmigo semejante indignación? Donde vamos a llegar…


¿Acaso los allí presentes no estaban observando la misma escena reprochable, que el señor elegante y cabreado?


Pues no. Por extraño y marciano que al señor elegante pudiera parecerle, muchos de los allí presentes, no vimos a unos negros caraduras colándose en el metro. Vimos a unos cuantos hombres jóvenes, cuya historia de vida imaginamos tan pesada como sus pesadas cargas. Unos chicos asustados, que apresuraban el paso, con expresión de miedo y cansancio en sus caras. Unos hombres cuya preocupación diaria probablemente no incluye el pago de un billete a ninguna parte.


Si nos permitiéramos dudar un instante de nuestras opiniones o creencias, abriríamos la mente a otras posibilidades. ¿Qué nos lo impide…?

sábado 20 de septiembre de 2008

UNA MUJER VA AL MÉDICO


Acabo de leer un libro que aún estoy digiriendo: “Una mujer va al médico”, de Ray Kluun. Es duro. Muy duro. Me alegro de haberlo leído. He visto el mundo a través de otros ojos. Un mundo que también es el mío, y sin embargo, que yo veo muy distinto. Aprendo sobre mis prejuicios y me doy un baño de tolerancia para no olvidarme de que existen otras realidades tan legítimas como la mía.

Una mujer va al médico, le detectan un cáncer de mama, y después de una sufrida lucha, muere. Esta podría ser la historia, pero no lo es. Al menos, no es sólo eso. Es una historia de vida más que de muerte. La historia contada por el superviviente: la del marido joven, rico, exitoso, sexy, adúltero, fiestero y derrochador de placeres (más propios que ajenos), que ve como el maldito cáncer irrumpe en su decorada y glamurosa vida recordándole que también él (el cáncer) se cuela en los hogares “Vip’s”. Es una historia de fastidio, de adulterio, de sexo, de miedos, de huidas, de idas y de venidas, de enfados, de reconciliaciones, de amigos, de derroche, de excesos, de placeres y de sufrimiento. En definitiva, una dulce historia de amor…

Sin tapujos, sin rodeos, sin censurar los pensamientos, ni las emociones, que van aflorando durante el proceso de enfermedad, el marido, el autor, los expresa con una claridad insultante, de esas que duelen, cabrean y con toda seguridad, escandalizan. ¿Pero cómo ese cabrón egoísta puede largarse de fiesta loca mientras su mujer agonizante, se queda vomitando hasta los higadillos? ¡Por Diossss! ¡Que le cooooooorten la cabeza!!!! ….Si en la lectura, uno es capaz de cruzar su propia barrera personal enjuiciadora y prejuiciosa, es probable que llegue a entender a este buen hombre. Mucho era lo que tenía y mucho fue lo que perdió…

Aviso a navegantes: Este libro es un buen ejercicio de apertura de miras. Aunque nunca mirar a través de otros ojos, pudo ser tan difícil…

lunes 1 de septiembre de 2008

HERENCIA FAMILIAR


No hace mucho oí una frase que me pareció curiosa: “Comenzamos caminando por la vida como copias, para acabar como originales”

Pues sí. Empezamos nuestras andanzas copiando a nuestros padres, como si fuéramos copias diminutas de su reflejo. De pequeños, observamos como exploradores curiosos. Nos quedamos con todo: copiamos gestos, caras, palabras, expresiones…Sin cuestionarnos nada: Ellos lo hacen y nosotros también. Crecemos así, sin darnos cuenta, y haciendo nuestras las costumbres, creencias, normas y rituales de “La Familia”. Que se cene a las 10h, con la tele puesta y sin hablarse, puede ser una “norma de la casa”. Nadie la escribió, pero todos la cumplen a diario. Tampoco está escrito en ningún lado, que no se pueda hablar de sexo abiertamente y sin tapujos, pero nadie lo hace. O que a la tortilla de patatas se la cubra con una espesa capa de mayonesa, sin embargo, en esa casa no se le ocurriría a nadie servirla de otra forma. Son maneras de hacer o de pensar que acabamos compartiendo con los nuestros, sin cuestionarnos siquiera, que existen otras maneras, otras posibilidades. De eso nos daremos cuenta, cuando escojamos pareja y decidamos volar a otro nido. Entonces nos damos de narices con nuestra herencia. ¿Qué le echas mayonesa a la tortilla de patata, so loca???? Te dice con la cara desencajada tu pareja. ¿Qué me quitas la tele para cenar y me pones musiquita de fondo, so cursi??? ¿Pero dónde se ha visto eso? Despertamos de nuestra fantasía de única realidad posible, y aprendemos que “el otro” también trae consigo su equipaje…Su aprendizaje, su familia, sus costumbres (que nosotros llamaremos “manías”, por supuesto), su mayonesa, su musiquilla… Y entonces, aunque soñamos con tener todo el armario ropero exclusivamente para nuestros vestidos y atuendos, al mirar de reojo (no sin cierto remilgo) a nuestro partenaire, entendemos que debemos hacerle sitio, para que éste pueda también dejar sus trastos ahí.

Y chocamos hasta negociar un territorio compartido donde convivan ambas herencias familiares, creando otra nueva y genuina. Pasamos de la copia al original.

martes 19 de agosto de 2008

ABUELITA DIME TU



Soy una habitual de RENFE, mal que me pese. Hace unos días, en el tren, presencié una escena que me encogió el alma. A ojos de muchos pudiera ser una escena trivial...


Compartí trayecto y asiento con unos abuelos que rondarían los sesenta, un nieto varón de unos 7 años y su hermanita de unos 5. Por la inquietud de los niños y sus prontas peleas, deduje de inicio que aquello prometía...

La abuela, de escasísima paciencia y de nula delicadeza, no tardó en propinar un bocinazo al nieto mayor. Éste no hacía otra cosa que mecer sus piernecillas alegremente sin molestar a nadie, pero se llevó la bronca. Su hermanita, una criaturilla chillona e insufrible, aprovechó la regañina al hermano para coger impulso, y encarársele haciéndole burla. El niño aguantó estoico sin inmutarse, hasta que la mocosa le arreó un guantazo que lo puso mirando al Este. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Debió pensar el santo varón, harto de los abusos caprichosos de la princesita; de modo que la empujó delicadamente. Faltó tiempo para que aquella abuela, furiosa como si la hubieran poseído, se lanzara contra el chaval y aplaudiéndole la cara le soltara una fineza como esta “Eres malo, siempre andas molestando a tu hermana, pobrecita, y nos tienes hartos. Menos mal que ahora te llevamos con tus madre. El abuelo y yo nos quedamos con tu hermana. Le hemos comprado una piscina enorme para que pueda jugar...y tu no”. La abuela usaba un tono hiriente y poco adecuado para un niño de esa edad. El abuelo, ni caso, sólo atento a su nietecita, ante los ojos suplicantes del chaval, a quien parecía no ver.


¡El niño era invisible para el abuelo y visiblemente “dañino” a ojos de la abuela! Una mezcla explosiva de muy mal pronóstico, ¿no?


La niña endiosada bajo la protección de ambos abuelos, se crecía, gritando, burlando y provocando a su hermano, que aunque se sabía sin aliados (y por lo tanto, perdedor) luchaba imperiosamente para rascar algo de atención. La abuela, una cizañera incansable, atormentaba al chiquillo, ignorándolo en sus reclamos y mirándolo de reojo, avivaba sus celos, acariciando a la hermana, y comiéndosela a besos. La abuela sonreía sabiendo como escuece eso, (quizás lo aprendiera en su propia carne hace ya muchas décadas). El niño, nervioso, se debatía entre sacarle los ojos a la princesita, o lanzarse a los brazos de su abuela mendigando un “¡yo también quiero!”. Qué triste escena. El niño, finalmente optó por lo que más anhelaba, y se avalanzó hacia su abuela, que lo recibió con un desaire devolviéndolo a su asiento. Lo que viene a continuación es impactante: la abuela lo amenaza con retorcerle el brazo y darle un pellizo, y el niño, con una expresión seria pero suplicante, le entrega el brazo y grita: “¡Hazlo, hazlo, hazme daño, pellízcame, pégame!”


En realidad, ese mensaje, bien podía estar diciendo: “Aunque sea haciéndome daño, hazme caso, por favor...¡Estoy aquí!¡yo también existo!”


No debe haber peor sensación para un niño que la de sentirse ignorado, porque ¿cómo se lucha contra la invisibilidad? ¿Llamando la atención aunque sea “haciendo algo malo”? Extraños caminos en busca de amor...

martes 5 de agosto de 2008

¿Y NO ME VAS A PREGUNTAR?

Hace un par de días, paseando por mi pueblo, encontré una parada ambulante, de compra-venta de viejas películas, discos de vinilo y otras delicatessen…Anduve trasteando por ahí, mirando pelis, fisgoneando por puro vicio, y entre todo aquel maremagno de tiros, puñetazos y amoríos locos, di con una que por estar donde no debía, llamó mi atención: Conversaciones con mamá, una producción argentina. Reconocí al actor de la carátula, Eduardo Blanco (el amigo de Ricardo Darín, en El hijo de la novia). Me dejé convencer por él y la compré.

Me alegro de haberlo hecho. Es una pequeña joya. Siempre me sorprende ese estilo argentino de inyectar humor a situaciones dramáticas. No sé como lo hacen pero uno se queda atrapado en esos diálogos, imposibles, a veces.

Hubo una escena que me pareció fantástica. Sólo es un detalle, que puede parecer anecdótico, pero le da un sentido crucial a toda la historia.

La madre del protagonista, una señora de avanzada edad, conversa con su hijo. Es una charla curiosa porque a cada cosa que ella le va a explicar, se detiene antes de hacerlo y mirando atónita a su hijo, le recrimina: “¿y no me vas a preguntar?”.

Se supone que cuando alguien dice “¡Hoy me pasó algo gracioso!”, inmediatamente va a explicarlo, sin necesidad de que su interlocutor pregunte “¿y qué fue?”
De modo que sonaba rara la exigencia de la anciana, que también desconcertaba al hijo, a la vez que lo irritaba“¡Claro, que quiero saber, mamá, pero es obvio que vas a contármelo!”

Al final de la historia, ese pequeño vicio de la madre cobra sentido: ella, siendo muy joven, al poco de casarse, sorprende a su marido, besándose con una vecina. La infidelidad la situó en una posición difícil. Si descubría a su marido y le preguntaba si ya había dejado de quererla, y él respondía que sí, se vería deshonrada, y corrían tiempos difíciles para una chica en esa situación. Pero si no le preguntaba, nunca sabría si aquello fue una affair pasajero, una estupidez de juventud, o por el contrario, algo serio. Pensó en abandonarlo. En alguna ocasión, incluso preparó la maleta, pero al final, siempre se echaba atrás. Era una situación incómoda de resolver.

No hizo ni lo uno ni lo otro. Ni le preguntó ni lo abandonó. De modo que vivió el resto de su vida con él, reprochándole en silencio, y despreciándolo.

Necesitó toda una vida de amargura para aprender la lección: no resolver no resuelve, sino que perpetúa.

Su hijo, un exitoso ejecutivo, de la noche a la mañana se ve atrapado en una nueva situación vital: en el paro, sin poder hacer frente al elevado nivel de vida, y con una esposa amante del dinero.

La madre, que ve en el atolladero que anda su hijo, le anima a hacer algo bien sencillo: “Si alguna cosa deseas saber, pregunta”.Y eso será lo que le salve la vida…

Esto me recuerda a
un post que hace tiempo leí. Cuando se busca en el lugar equivocado, sólo porque resulta más cómodo…

miércoles 30 de julio de 2008

¿QUIÉN DIJO QUE LAS PALABRAS SE LAS LLEVA EL VIENTO?


El poder de las palabras. Cualquiera que me conozca sabe de qué hablo. Insisto mucho en ello. Somos dueños de las palabras que lanzamos por la boca, mal que nos pese. No basta con un “lo siento” o “lo dije porque estaba furioso”. Se escupieron e hicieron blanco. Ya está. Nuestra es la responsabilidad.

Más dramático es el caso de los padres que repiten con insistencia a su hijo, que es un “inútil”, o “que no hace nada bien”. O el cónyuge que grita al otro “eres un miserable y no vales para nada”. Cuando este mensaje se oye a menudo, se corre el peligro de ser escuchado de verdad, y darlo por cierto. Aprendemos a creer en ellos y por tanto, actuamos como se espera de nosotros, como inútiles o estúpidos. Los insultos que se interiorizan tienen la virtud de convertirse en profecías que se cumplen.

Las palabras son muy poderosas. No somos conscientes de cuanto, y las utilizamos sin pensar en los efectos que pueden tener. En terapia, suelo sugerir que la persona “se escuche” cuando habla. Eso es, que se preste atención a cómo utiliza las palabras, y que repercusión tienen. Hacer visible lo invisible o consciente lo inconsciente, como más guste. Sorprende como personas que utilizan a modo de coletilla al inicio de cada frase un tímido “No sé…”, no lo perciben hasta que se escuchan. Esto que puede parecer inofensivo (total, sólo es un modo de hablar…), no es en absoluto inofensivo. Si alguien que se siente inseguro y poco capaz, cuya mayor preocupación es “no poder, no saber” empieza cada frase con un “no sé”, se refuerza a sí mismo en su incompetencia, incluso antes de intentarlo.

Si del mismo modo, alguien empieza las frases con un “Es que…”, suena a oídos ajenos como excusa, y pone en alerta desconfiada a su interlocutor.

¿Y qué hay del “No es por criticar, pero...bla bla bla”? Con esas palabras advertimos a quien nos escucha, de que precisamente es eso lo que nos disponemos a hacer…

Luego se da el caso curioso de quien encabeza los diálogos, con un “No” que no viene a cuento y que va inquietando extrañamente a quien lo recibe…Parece que lo esté desafiando o contradiciendo…pero en realidad no. Es un “no” extraviado, vacío, carente de sentido. Es de esos que irritan a quien los oye porque le hacen sentir desautorizado, negado, ignorado.


- Hola, Fran, ¿vas al gimnasio?

- No, me voy un rato al gimnasio

- Ah, ¿nos vemos después para tomar algo?

- No, ya cuando salga te pego un toque y vamos a tomar algo.

- Pues nada, chico, que sudes la camiseta en el gimnasio.

- No! ¡Ahora en cuanto llegue me pongo a sudar como un bestia!

Este es el ejemplo más tonto que se me ha ocurrido. Para situaciones serias con trascendentes consecuencias, que cada cual imagine, seguro que salen unas cuantas…

miércoles 23 de julio de 2008

OJOS QUE NO VEN...



Lo reconozco. Estoy enganchada a una serie. El fenómeno no es extraño aunque la serie sí, la verdad. “A dos metros bajo tierra” es la historia de una familia propietaria de una funeraria. Los entresijos familiares son el hilo conductor. Para los curiosos, sugiero visitar el blog de Hernán Casciari: http://blogs.elpais.com/espoiler/

En uno de los capítulos, aparece fugazmente un personaje, Amanda, una embalsamadora de gran pericia. Una mujer que sorprende a todos por su capacidad de llamar a las cosas por su nombre, sin rodeos ni tapujos. Con un estilo claro, directo y falto de decoro, consigue zarandear el principio más sólido de esta familia: “No hablar de lo que realmente importa”. “Lo que no se dice en voz alta, no existe”, aunque sea un secreto a gritos que todos conocen.

Piensan, equivocadamente, que la ocultación del cadáver impedirá que huela…

Como era de esperar, la familia pronto se deshace de Amanda, esa intrusa descarada e irreverente que amenaza el delicado equilibrio familiar.

La joven, que en un descuido, rompe una copa de cristal de la vajilla familiar, decide “ocultar el hecho”, colocando las piezas rotas cuidadosamente “como si nada hubiera ocurrido”. En la última escena, se encuentra con la madre de esta familia, y le dice entre sollozos:

“Debería haberle dicho que había roto la copa. No sé por qué no se lo dije. Normalmente digo todo lo que se me pasa por la cabeza, pero…Cuando vi la copa rota, tuve la abrumadora sensación de que lo mejor que podía hacer era ignorarlo…Imaginar que no había sucedido. Todos ustedes me producen ese tipo de sensaciones. Son todos tan frágiles y susceptibles a todo, que cualquier cosa…No sé, sólo porque intenté enrollar a David con un tipo…¡Creía que iba a matarme! No sé…nunca he conocido a nadie que lleve tan mal lo de ser gay!”

¡Y se desveló el secreto larga y penosamente guardado por la familia: El chico es gay! La madre lo sabía, como todos los demás, pero la ocultación del secreto le permitía creer que tal vez, si no se sabe…si no se dice…si no se nombra...quizás no sea.


Ojos que no ven…