miércoles, 30 de julio de 2008

¿QUIÉN DIJO QUE LAS PALABRAS SE LAS LLEVA EL VIENTO?


El poder de las palabras. Cualquiera que me conozca sabe de qué hablo. Insisto mucho en ello. Somos dueños de las palabras que lanzamos por la boca, mal que nos pese. No basta con un “lo siento” o “lo dije porque estaba furioso”. Se escupieron e hicieron blanco. Ya está. Nuestra es la responsabilidad.

Más dramático es el caso de los padres que repiten con insistencia a su hijo, que es un “inútil”, o “que no hace nada bien”. O el cónyuge que grita al otro “eres un miserable y no vales para nada”. Cuando este mensaje se oye a menudo, se corre el peligro de ser escuchado de verdad, y darlo por cierto. Aprendemos a creer en ellos y por tanto, actuamos como se espera de nosotros, como inútiles o estúpidos. Los insultos que se interiorizan tienen la virtud de convertirse en profecías que se cumplen.

Las palabras son muy poderosas. No somos conscientes de cuanto, y las utilizamos sin pensar en los efectos que pueden tener. En terapia, suelo sugerir que la persona “se escuche” cuando habla. Eso es, que se preste atención a cómo utiliza las palabras, y que repercusión tienen. Hacer visible lo invisible o consciente lo inconsciente, como más guste. Sorprende como personas que utilizan a modo de coletilla al inicio de cada frase un tímido “No sé…”, no lo perciben hasta que se escuchan. Esto que puede parecer inofensivo (total, sólo es un modo de hablar…), no es en absoluto inofensivo. Si alguien que se siente inseguro y poco capaz, cuya mayor preocupación es “no poder, no saber” empieza cada frase con un “no sé”, se refuerza a sí mismo en su incompetencia, incluso antes de intentarlo.

Si del mismo modo, alguien empieza las frases con un “Es que…”, suena a oídos ajenos como excusa, y pone en alerta desconfiada a su interlocutor.

¿Y qué hay del “No es por criticar, pero...bla bla bla”? Con esas palabras advertimos a quien nos escucha, de que precisamente es eso lo que nos disponemos a hacer…

Luego se da el caso curioso de quien encabeza los diálogos, con un “No” que no viene a cuento y que va inquietando extrañamente a quien lo recibe…Parece que lo esté desafiando o contradiciendo…pero en realidad no. Es un “no” extraviado, vacío, carente de sentido. Es de esos que irritan a quien los oye porque le hacen sentir desautorizado, negado, ignorado.


- Hola, Fran, ¿vas al gimnasio?

- No, me voy un rato al gimnasio

- Ah, ¿nos vemos después para tomar algo?

- No, ya cuando salga te pego un toque y vamos a tomar algo.

- Pues nada, chico, que sudes la camiseta en el gimnasio.

- No! ¡Ahora en cuanto llegue me pongo a sudar como un bestia!

Este es el ejemplo más tonto que se me ha ocurrido. Para situaciones serias con trascendentes consecuencias, que cada cual imagine, seguro que salen unas cuantas…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno. En el fondo no dejamos de ser lo que decimos...

Patrick Bateman

Eva Aguilar Moreno dijo...

Hola

Yo me creo totalmente la frase "cuidado con lo que te dices porque te lo puedes creer"

Los dialogos de bar, de terapia , entre amigos están llenos de estos.

frases como :
"estoy bien pero podría estar mejor" (el "pero" es una palabra que quita valor a lo que se ha dicho antes.

O utilizar como muletilla despues de cada frase "¿me entiendes?" (es una frase inocente, sin reflexionar, pero que mensaje se puede leer: "yo me estoy explicando , si no se entiende depende de ti". ¿No suena diferente utilizar la muletilla de "me explico"?

O antes de decir una frase empezar diciendo "es una tonteria, pero me gustò mucho" (yo creo que si te gustó mucho no pudes clasificarlo como tonteria...)


El lenguaje tiene un gran poder, y escucharse a sí mismo y como hablan los demàs puede hacer que uno pueda controlar un poco más su estado emocional y su autoestima. Ya que si lo que te dices te lo puedes creer, qué bueno sería que te dijeras mensajes positivos.

Esto es lo que me ha hecho pensar tu texto.
Gracias por invitarme a pensar.

un saludo