lunes, 25 de febrero de 2008

titulitis doctoril



- Señor psicólogo, es que tengo Depresión.

- Estupendo, ¿podría usted enseñármela?



En estos tiempos que corren, vemos como una necesidad incuestionable poner nombre a todo. Creemos que todo es perfectamente clasificable, que todo merece una etiqueta que lo reconozca como tal y así poder guardarlo en su cajón correspondiente, en su portafolios correspondiente, bajo su rótulo correspondiente. ¿Qué nos ha enfermado tanto como para creer necesario controlarlo todo? ¿Es que la estupidez humana no tiene límites? ¿O acaso temerosos de no poder cuadrar el círculo inventamos sofisticados procedimientos para empujarlo y aprisionarlo en él, creyéndonos victoriosos por semejante hazaña?

Sin más rodeos, estoy hablando de los etiquetajes médicos. Andamos locos por ver síntomas donde no los hay, o poner nombre a cualquier “cuadro” que dé visos de parecer un nuevo trastorno…¡Al que habrá que bautizar, como no! ¡Pero que suerte tenemos! Y es que son como los champiñones, no dejan de aparecer (quiénes nos dedicamos a la salud mental tenemos trabajo garantizado). Cuando no es una depresión es una ansiedad, o una fibromialgia o un trastorno psicosomático como la copa un pino, ¡o vaya usted a saber!

No digo que no sea necesario encuadrar ciertos síntomas o trastornos para entender de qué estamos hablando, y poder intervenir eficazmente. Me quejo (y me rio más que me quejo) de todos esos grandes profesionales, doctores en su mayoría, cuyos discursos ininteligibles sólo contienen una retahíla de extraños términos que a oídos profanos en la materia suenan bien feo…como a algo muy muy enfermo.

A veces las cosas son más sencillas, ¿por qué ese afán por complicarlo todo? ¿la erótica del poder (de las farmacéuticas)? ¿Qué necesidad hay de devolver a la persona que expresa un malestar emocional, un tecnicismo patológico que lo encasille y cronifique? ¡Si es que uno entra en la consulta, triste, porque acaba de sufrir una ruptura de pareja y sale de allí con un rótulo luminoso en la cabeza que pone “Depresión Mayor”. Y el susodicho, convencido de que su malestar ya tiene razón de ser (la enfermedad médica de reconocido prestigio y no su ruptura matrimonial) se va a casa, igualmente triste, pero eso sí, con un buen recetario farmacológico bajo el brazo, como mandan los cánones del buen enfermo.

¡Por dios, que saquen a los locos para que entremos nosotros!
(Al respecto aconsejo leer la última entrada de
www.saberloquebusco.blogspot.com

1 comentario:

Eva Aguilar Moreno dijo...

Hola

Creo que muchos de los problemas que tenemos es a causa de buscar la economía del lenguaje. Ya no tan solo en el ámbito médico sino en la comunicación de las familias, de la calles… Sin pensar en las posibles consecuencias emocionales que ello conlleva.

Una etiqueta es económica, ya que es más rápido decir “es introvertido”, donde tú cuando lo oyes automáticamente le añades el significado que crees. Que decir “Marta cuando está con Rosa no habla tanto, y le cuesta explicarle…” (Supone más tiempo y más explicaciones). Es imprescindible el ahorro en la comunicación, pero a la vez nos recorta libertad y nos añade más posibles malos entendidos.

El verbo “ser” lo utilizamos con una facilidad impresionante, sin ser concientes del poder que tiene. No suena igual decir “está triste” que “es triste”. “hoy estás patoso” que “eres patoso” …

Una etiqueta no te da mucha posibilidad de cambio, te encasillas. Si las “positivas “afectan, mucho más las de nota “negativa”.

Esto es lo que me ha hecho pensar tu artículo.

Y felicidades por aportar una nota de reflexión con tu blog

Un saludo