sábado, 10 de enero de 2015

LA TIRANÍA DEL POBRE DE MÍ

Le ocurría siempre lo mismo y no entendía porqué. El mundo era hostil con ella, sin duda.

Su historia de pareja no era para tirar cohetes, sino más bien, de traca. El marido, un hombre poco amable y de gran mezquindad, la trababa a patadas. No es que ella se quejara siempre, no, “pero es que, a veces, él se pasaba,” palabras textuales.

A menudo, Socorro, pedía auxilio. Pero lo hacía de una forma equivocada. Cuando uno ya no puede más (o decide no querer más) suele quejarse. Es un primer paso. Socorro lo sabía bien porque su vida transitaba entre este primer paso y la vuelta atrás.

Cuando Roberto, su marido, hacía algo que la disgustaba, Socorro acudía de inmediato a sus parientes y amigos, y les ponía al corriente de sus “fechorías”. Lo criticaba con saña y le atribuía toda la culpa de su mala vida. Ella, pobre infeliz, inconsciente de su responsabilidad en tolerar lo intolerable, vomitaba , sin saberlo, su propia hiel.

Y como ocurre con las indigestiones, una vez vomitas, te alivias y sigues tragando.

Socorro regresaba a su casa, aliviada, después de vomitar a parientes y amigos. Sentía la indignación de ellos como prueba de su verdad. Ellos estaban de su parte, y la cargaban de razón. Roberto era el malo, sin duda. 

La cosa se torcía cuando se reconciliaba con él. Ocurría que esos familiares y amigos, los mismos a los que acudía para señalar a Roberto como un dechado de virtudes cada vez que se le indigestaba, ya no estaban dispuestos a olvidar de nuevo. Y, entonces, Socorro se enfadaba. Pretendía que estuvieran a bien con el bendito de Roberto. Les exigía “borrón y cuenta nueva”, sin entender que ya eran muchos los borrones y demasiadas las cuentas.

“Ellos no me quieren bien, pobre de mi” se quejaba lastimera, intercalando críticas con soberano desprecio.

Y es que Socorro no pedía auxilio, exigía penitencia eterna.






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