viernes, 4 de febrero de 2011

NO TE CUELES QUE ÉL VA ANTES


Hace algunas semanas oí un comentario a Iñaki Anasagasti, acerca de la protección de las lenguas autonómicas, que me pareció muy familiar. El periodista le pregunta que opinión le merece la ley que permite el uso de otras lenguas distintas al español, como por ejemplo el catalán en el Senado, y éste responde:

“¿Cuál es la lengua más débil, el español o el catalán? El catalán, ¿no? Pues es al hermano enfermo al que hay que cuidar”

En una sola frase conjuga cuatro palabras, que a mi juicio, juntas son peligrosas: Débil, hermano, enfermo, cuidar ( y peor aún cuando a este verbo le precede un imperativo : hay que, que implica obligatoriedad)

Família. Fratría. Hermanos. Situémonos ahí.

Cuantas veces habremos oído de la boca de un padre o de una madre decir: “A mis hijos los quiero a todos por igual. Todos son hijos míos, como los dedos de una mano, todos necesarios, todos duelen”

Falso. No todos los dedos son iguales. Ni siquiera son igual de necesarios (o útiles) y sino, que se lo pregunten a quien le falte el pulgar...

Querer es también cuidar y proteger. Y en su desmesurado amor, hay padres que se pierden, descuidan y hieren.

“Al hermano (hijo) débil hay que cuidarlo”. Parece de una lógica aplastante, incuestionable. Sin embargo, no es en absoluto una creencia inofensiva. Puede ser mortalmente dañina.
A veces se señala a un hermano como “enfermo" aún no aquejándole ninguna enfermedad. Dolorosa manera de cuidar. Se le trata como a un inválido, como a un inepto, como a un débil incapaz, y con toda seguridad acabará desarrollando alguna ineptitud, como la incapacidad para vivir de una forma saludable una vida plena. Crecer con el sambenito de “frágil", no sólo hunde en la miseria a la persona objeto de cuidados, sino también a los hermanos, obligados penitentes, a soportar la cruz de un cuidado permanente. La balanza se equilibra de este modo: al débil se le cuida y al fuerte se le exige. Dos enfermos por el precio de uno. Mal negocio para cualquier familia.


¿Qué hay del hermano (del hijo) exigido hasta la extenuación, obligado a ser el protector del hermano débil? ¿Qué hay de este hijo invisible, cuya fortaleza fue su yugo, su castigo? Se espera de él que atienda con celeridad y sin quejas. Que actúe en nombre del deber y la lealtad a los suyos, y además con éxito. Acostumbrado, sin acostumbrarse, a vivir por y para los otros, para los suyos.

¿Y qué hay de él? ¿A éste quién lo cuida?

Vivir para los otros es renunciar a la propia vida, y eso tiene un elevado coste. El alto precio del “tengo que”, que subyuga y aniquila. Su incumplimiento atormenta. Crecer habiendo aprendido que el bienestar del otro es más importante que el de uno mismo, es lanzarse al abismo de la culpa: quiero recuperar mi vida, pero no puedo, no soy digno, no debo.

Rabia, ingratitud, renuncia, odio…amor. Demasiado explosivo para no explotar.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

En algunos casos, el débil no lo es, pero lo parece. En algunos casos nunca se explota y se sigue y sigue...

Anónimo dijo...

Si la entrada anterior era buena, ésta todavía es mejor. Tal vez un día, pienses en serio en escribir y no sólo en el blog. Magnífica entrada, Mayte.

Yoyo dijo...

sin duda, mensajes inherentes con los que crecemos y que difícilmente cuestionamos... hasta que nos quebramos y en los mejores casos nos preguntamos, ¿pero qué está pasando? brillante reflexión Mayte.